¿Qué significa pertenecer cuando se crece entre dos lenguas, dos memorias y dos formas de mirar el mundo?
Fue la pregunta inicial de Diego Steinhöfel. En País picante, esa búsqueda toma cuerpo en Óscar, hijo de madre peruana y padre alemán, que vuelve al país de su familia persiguiendo una herencia concreta —una huerta— y una respuesta menos tangible.

El hallazgo del libro está en la imagen que organiza todo. El ají como planta migrante, nacida en los Andes y llevada por pájaros, peces, colonos y cocinas hasta alterar sabores en todo el mundo. “Me di cuenta de que es una planta migrante”, dice el autor, y desde ahí construye un paralelo fértil con las identidades partidas, móviles, nunca del todo resueltas. Steinhöfel, nacido y criado en Alemania, reconoce que ese desajuste también le pertenece: “Uno escribe sobre los temas que a uno mismo lo conmueven”.
Sin subrayados innecesarios, la novela explora el retorno como roce, ilusión y extrañeza. Más que un territorio fijo, sugiere, el arraigo puede estar en los vínculos. “Más importante que un pedazo de tierra es la gente que vive en ella”.










