En setiembre, hace exactamente cien años, apareció Amauta, la más importante revista peruana de política y cultura del siglo XX y una de las más notables de América Latina en general. Creada y dirigida por el gran ideólogo, forjador político y ensayista (con méritos no desdeñables como cuentista y novelista) José Carlos Mariátegui, sigue enseñoreándose como una maestra (amauta, en quechua) de lo que debería ser una revista: abierta y plural, con colaboradores nacionales y extranjeros de fuste.
Aunque Mariátegui enarboló claramente su filiación marxista, su apuesta a favor del socialismo, lo hizo sin dogmatismo ni sujeción a las consignas partidarias. Y no solo mientras aceptó formar parte del frente antimperialista que fue el Apra inicial (creada en 1924); sino también cuando se apartó de ella (por sus discrepancias con Víctor Raúl Haya de la Torre) y fundó en 1928 el Partido Socialista del Perú. La construcción del socialismo en el Perú, según él, no debía ser “calco ni copia” de otras realidades; sino “creación heroica”, teniendo como cimiento el comunitarismo andino (de ahí su conexión con el indigenismo, enfatizado por el título prehispánico de la revista: Amauta, con su emblemático logotipo dibujado por el indigenista José Sabogal) y una asimilación crítica y transculturadora de la “escena contemporánea” mundial, ahí las corrientes artísticas y literarias denominadas vanguardistas, los nuevos horizontes científicos (su interés por Freud lo aparta de los marxistas sectarios) y las lecciones de los procesos sociales y políticos internacionales.
Lo sintetiza certeramente Alberto Flores Galindo: “Mariátegui acabó elaborando una manera específica –peruana, indoamericana, andina– de pensar a Marx y, como siempre, precisamente por ser más peruano se convirtió en universal; de manera que consiguió proponer un marxismo tan diferente como el de Gramsci y el de Lukács, y tan valioso como ambos, gracias a lo cual, el Perú recién comenzó a figurar en la geografía del socialismo” (La agonía de Mariátegui, p. 23). Por su parte, Antonio Melis destaca que los aportes mariateguianos a un enfoque marxista de la problemática cultural (apertura a las posiciones más diversas, reivindicación del rol de la imaginación y vínculo de la ideología con la organización social) convierten a Amauta en “un acontecimiento único en la experiencia revolucionaria latinoamericana y, tal vez, no solamente latinoamericana” (Mariátegui y la literatura, p. 125).
Simultáneamente, abordó con tal hondura el horizonte artístico y cultural del vanguardismo que Jorge Schwartz, en su fundamental panorama de las vanguardias latinoamericanas, conceptúa que Mariátegui fue el latinoamericano que más y mejor entendió el anhelo vanguardista.
Todo ello, realizado con un espíritu formativo, educativo (propio de los amautas) en todo el sentido de la palabra, que invite a la reflexión y el análisis esclarecedor, porque a Mariátegui no le interesaba ni la maniobra política ni el sensacionalismo cultural de corto alcance, sino una tarea cívico-política de largo alcance: forjar la conciencia nacional y las organizaciones de la clase trabajadora, a la vez que el desarrollo de las condiciones “objetivas” (económicas, sociales y políticas) para un cambio cabalmente revolucionario del Perú.
Junto con ello, supo congregar valiosos colaboradores de las diversas regiones del Perú, junto con grandes firmas de América (por ejemplo, Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Germán Arciniegas) y Europa (Sigmund Freud, André Breton, Henri Barbusse, Jean Cocteau, Miguel de Unamuno, etc.). Y, también, tendió una admirable red de distribución en todo el país, y de irradiación internacional sin parangón entre nuestras revistas peruanas.






























