Muchos recuerdan a Forrest Gump correr sin saber exactamente cuándo detenerse. Corría porque algo dentro de él le decía que siguiera avanzando mientras el camino aparecía frente a sus ojos. En Perú, dos corredores acaban de hacer algo parecido. No necesitaron una película, una multitud siguiendo sus pasos ni una explicación. Solo necesitaron 42 kilómetros y 195 metros para recordarnos que algunas historias también se escriben corriendo.
Primero fue Cristhian Pacheco. En Ciudad de México, el peruano tomó la salida junto a algunos de los mejores fondistas del continente y de África. El recorrido era largo, la altura exigente y la meta parecía todavía lejana cuando comenzó la carrera. Pero Pacheco conocía ese territorio. Sabía que una maratón no se gana en los primeros kilómetros, sino cuando las piernas empiezan a reclamar lo que la cabeza todavía está dispuesta a entregar.
Cuando cruzó la meta en el Zócalo, el reloj marcaba 2 h 10 min 03 s. Había ganado la edición 43 de la Maratón de Ciudad de México y había vuelto a poner a Perú en lo más alto de una carrera que no veía a un compatriota campeón desde 2014. Aquel último peruano había sido Raúl Pacheco, su hermano y también su entrenador. La historia parecía escrita para que el apellido volviera a aparecer. Esta vez, junto al nombre de Cristhian.
Pacheco no necesitó un arsenal tecnológico para hacerlo. Mientras otros corredores recurren a relojes capaces de medir cada segundo, cada pulsación y cada metro recorrido, él completó la carrera utilizando un sencillo Casio. Sin GPS. Sin monitor cardíaco. Sin las herramientas que hoy parecen imprescindibles para competir al máximo nivel. Y mientras Pacheco celebraba en México, otra bandera peruana esperaba su turno en Colombia.
Deysi Castro Huamán conocía bien lo que significaba correr sin que todos miraran. La atleta huancavelicana había aprendido a avanzar cuando las condiciones no eran ideales. En 2024, después de conseguir un destacado resultado en la Maratón de Lima, vivió la parte menos amable del deporte: no fue reconocida oficialmente en el podio nacional, debido a una cuestión administrativa relacionada con su pertenencia a una liga. Pudo haberse quedado allí. No lo hizo. Siguió corriendo.
En 2025 se consagró campeona sudamericana de maratón en Asunción, Paraguay, con 2 h 43 min 39 s. A comienzos de 2026 subió nuevamente al podio en la Maratón CAF de Caracas. Y el domingo 6 de septiembre llegó a Medellín con una historia que ya no necesitaba presentación.
Los 42,195 kilómetros volvieron a ponerla a prueba. Al final, Deysi Castro Huamán cruzó la meta en 2 h 38 min 09 s y se convirtió en campeona de la Maratón de Medellín. Esta vez no hubo discusión sobre su lugar. El primer puesto era suyo. La bandera peruana también.
Dos victorias separadas por miles de kilómetros, pero unidas por algo mucho más grande que una competencia. Pacheco y Castro representan dos caminos distintos hacia el mismo lugar. Él, un atleta olímpico que ya conoce los grandes escenarios y que volvió a demostrar que sigue perteneciendo a la élite. Ella, una corredora que tuvo que abrirse camino desde Huancavelica y que aprendió a convertir los obstáculos en combustible para seguir avanzando.
Puedes tener entrenador, preparación, zapatillas, estrategia y una multitud alentándote, pero llega un momento en que solo quedan tus piernas y tu voluntad. El cuerpo pide detenerse. La cabeza negocia. El camino parece interminable. Y entonces aparece esa última reserva de fuerza que no sabías que todavía tenías. Pacheco la encontró en Ciudad de México. Castro la encontró en Medellín. Y ambos cruzaron la meta con el Perú detrás.
No corrieron únicamente por una medalla. Corrieron por las mañanas de entrenamiento, por los kilómetros recorridos cuando nadie los estaba mirando, por las veces que tuvieron que empezar de nuevo y por todos aquellos atletas que algún día soñaron con llegar tan lejos. Forrest Gump siguió corriendo hasta que decidió detenerse. Nuestros corredores todavía tienen un camino por delante. Así que corramos con ellos.




