A más de 12 000 kilómetros de Lima, Israel enfrentó durante décadas un problema familiar para el Perú: la escasez de agua potable. Sin embargo, lo que parecía una limitación estructural se convirtió en una oportunidad estratégica. Hoy, Israel no solo ha resuelto su déficit hídrico, sino que ha alcanzado excedentes, exporta agua y se ha posicionado como referente mundial en gestión del agua.
La pregunta es inevitable: ¿qué hicieron distinto? Israel apostó por la desalinización como política de Estado. Plantas desalinizadoras como Ashkelon, Hadera y Sorek marcaron un punto de inflexión. A través de tecnología de ósmosis inversa, lograron convertir el agua del mar en agua potable a gran escala, con eficiencia y costos competitivos.
El impacto es contundente: el costo promedio para el ciudadano israelí ronda los 0,58 dólares por metro cúbico y a la baja. No se trata solo de acceso, sino de previsibilidad, calidad y sostenibilidad.
En contraste, en Lima el costo del agua puede alcanzar 2,80 dólares por metro cúbico en uso comercial y en promedio 0,80 dólares por la misma cantidad en uso doméstico, y va en aumento, como sabemos. Pero la situación más crítica la enfrentan quienes no cuentan con conexión domiciliaria: familias que dependen de camiones cisterna y pagan hasta seis veces más por agua de menor calidad sanitaria, factor directo de deterioro en la salud pública, especialmente en niños.
Mientras tanto, las ciudades costares del Perú, con más de 2000 km de litoral desértico, siguen dependiendo de trasvases de agua desde los Andes, infraestructura costosa y poco sostenible. Aunque es muy rentable para los que la construyen, estas fuentes se agotan y generan tensiones sociales sobre el uso y propiedad del agua.
Un ejemplo inspirador peruano es la planta desalinizadora PROVISUR, que abastece con agua potable a 100 000 personas en los balnearios del sur de Lima. Este proyecto hecho realidad demuestra que sí se puede. ¿Por qué no se replica?
La falta de agua es el principal problema que enfrenta el desarrollo de vivienda. El agua es fundamental para transformar el suelo eriazo en suelo urbano para el desarrollo inmobiliario ordenado. Con plantas desaladoras multiplicaríamos el desarrollo de vivienda formal que tanto necesitamos, y esto es clave para reducir la pobreza multidimensional.
Israel recicla el 85 % de su agua desalada. Nosotros aún debatimos si desalinizar es viable. Desde el 2023 hay una ley que promueve la construcción de desaladoras. Que no se quede en el papel, sino apliquémosla.
El problema no es la falta de agua, sino de decisión política. Sin agua no hay vida.
Escribe: Alfredo Lozada































