Cabe destacar que todas las participantes pertenecen a las MAV (Mujeres en las Artes Visuales). Son 50 artistas que otorgan al conjunto un carácter que oscila entre la sumisión a los orígenes del cuento y lo claramente reivindicativo. En esta revisión, los roles debieron invertirse: el lobo debió dejar de ser la figura temible y la niña, la acosada. La venganza demandaba que ella no solo se comiera las frutas de la canasta, sino que también devorara al depredador.
Las mejores piezas coinciden en cuestionar los mandatos de la narración —no te desvíes, no preguntes, no desees— y el castigo implícito que los sostiene. Allí radica lo más logrado: un intento por quebrar la tradición, invertir posiciones y desmontar el sistema original. Caperucita aparece empoderada; el lobo, domesticado.
En los trabajos de corte más ideológico —Ana de Orbegoso, Cynthia Capriata o Denise Mulanovich— no hay ilustración del relato, sino una fricción directa con la memoria infantil que les tocó habitar. Otras propuestas, en cambio, se mantienen fieles a la historia. Y, como suele ocurrir, los resultados son dispares.
Por ello, resulta necesario insistir en la presencia, al interior de las MAV, de un curador. La exposición habría ganado con unas diez obras menos y una dosis mayor de insolencia, capaz de tensar con más fuerza la relación entre tradición y contemporaneidad. Después de todo, se trataba de una revancha, y esta se percibe en pocas obras, lo que evidencia cierta imprecisión en la convocatoria.
Muchas propuestas son acertadas. Sin embargo, cabe preguntarse si no ha llegado el momento de que estas miradas, tan aguerridas, dejen de centrarse exclusivamente en sí mismas y se abran a las nuevas masculinidades y a su relación con ellas. Hoy, la confrontación entre géneros no es tan radical: entre esos polos se despliega una compleja gama de grises. Un lobo frágil, al borde de la castración, habría podido ser un símbolo de ello.
La otra alternativa de interés (Rocío Rodrigo, Alicia Cabieses, Vera Castro, et al.) fue internarse en el campo simbólico para traducir esas tensiones en puntos y líneas sobre el plano o el espacio, a la manera de Kandinsky, dejando que la geometría encarne, de forma abstracta, las amenazas que el relato propone. Son piezas que se alejan del guiño y demandan la reflexión del espectador.
Esta convocatoria no es un logro menor. Esta exposición alza vuelo, gracias a un grupo considerable de artistas que quiebran las convenciones y buscan otras vías para representar miedos antiguos con lenguajes contemporáneos.


Un fantasma británico
Lamento referirme a la decadencia del Cultural Británico, porque no es posible permanecer indiferentes ante la pérdida de uno de los mejores espacios de exhibición que ha tenido la ciudad y que hoy parece resignado a la irrelevancia. Desde sus inicios, este centro acaparó la atención al alternar grandes exposiciones con brillantes obras teatrales.
Sin embargo, a partir de 2019, todo ha cambiado por responsabilidad de sus directivos. Con la llegada de Clemencia Ferreyros se privilegió el teatro, y a partir de la pandemia la institución dejó de invertir lo suficiente en arte contemporáneo con la seriedad que exige un centro de su categoría.
El Cultural tiene una gran infraestructura para exhibiciones. Cuenta con personal capacitado y, sin embargo, hay un manifiesto desinterés por las artes visuales. Esta es una decisión política que corresponde a las prioridades del directorio que obviamente ha dejado de lado su principal obligación: la difusión cultural.
El ejemplo más claro se aprecia en el actual concurso de dibujo, dividido en dos categorías, asumo que por razones de índole económica. La primera está dedicada a los “consagrados”, una clasificación arbitraria que agrupa a los mayores de 36 años, ignorando que también a esa edad se puede iniciar una carrera.
La otra categoría suele ser más estimulante: reúne a participantes jóvenes, audaces, innovadores y arriesgados. Por eso resulta extraño que este año se hayan presentado dos exposiciones separadas en lugar de propiciar un diálogo entre ambas generaciones.
El resultado es el aburrimiento: una muestra paupérrima en la que la mitad de las obras habría sido prescindible. El error es lamentable y, aun así, consideramos que este es el único concurso aceptable de la institución. El mayor indicio del declive británico se encuentra en su jefatura. Desde que Ferreyros renunció el año pasado, no se ha nombrado a un reemplazo. De manera interina han designado a Alonso Bedoya, quien mantiene paralelamente el cargo de gerente de Desarrollo Institucional.
Señores del Británico, ustedes, que en sus orígenes estaban a la altura del ICPNA, hoy han perdido todo lo que antaño se cultivó arduamente. Están obligados a comprender que deben ser coherentes con su identidad cultural y con su compromiso con la sociedad que los alberga.
ALBERTO GUZMÁN EN EL MUSEO DEL GRABADO DEL ICPNA
El Museo del Grabado del ICPNA ha adquirido, en los últimos años, una relevancia sin precedentes dentro de la escena artística local.
Actualmente, presenta una muestra antológica dedicada a Alberto Guzmán (1927-2017), figura central de nuestra modernidad. Su faceta más reconocida es la escultura, campo en el que desarrolló una obra de notable rigor formal.
Guzmán es también autor de una de las intervenciones públicas más emblemáticas del país: la pieza en acero quirúrgico concebida para la fachada del antiguo Banco Continental en el Paseo de la República. Hoy, sin embargo, esta obra permanece en paradero incierto tras haber sido retirada de su ubicación original.
Curada por Luis Eduardo Wuffarden, la exposición trasciende el ámbito del grabado para incorporar dibujos y esculturas, ofreciendo así una visión más amplia y articulada de su trayectoria. Este recorrido permite valorar con mayor precisión el trabajo de un artista que, pese a haber ocupado un lugar protagónico en la segunda mitad del siglo XX, resulta aún poco conocido para las nuevas generaciones.
La visita es indispensable.

























