Historiadora y politóloga formada en la Sorbona y doctora por King’s College London, Christabelle Roca-Rey se permite un giro hacia un territorio más libre con La cuchara perdida de Gabriel, su primer libro infantil ilustrado por Olivier Chien y publicado por Planeta este mes. La chispa fue doméstica y mínima: “A mi hijo se le perdió una cuchara en el colegio”, cuenta, y ese extravío abrió un juego narrativo sobre esos objetos insólitos que los niños vuelven tesoros invaluables. Roca-Rey buscaba moverse “hacia un espacio donde se pudiera jugar más con el tema de la imaginación, del juego y el humor”, sin perder el eje de su oficio, que radica en la relación entre imagen y texto. “La historia avanza por esos dos elementos”, dice, y ahí encuentra el puente entre su faceta académica y la literatura infantil. El relato construye complicidad con el lector, porque este ve todo lo que está sucediendo con la cuchara mientras el protagonista no celebra la pérdida. Y deja, en segundo plano, una conversación sobre el reencuentro. Como en su infancia, cuando se le perdió un peluche en el mar de Pucusana. Aquí, en cambio, la pregunta es otra: ¿hasta dónde puede viajar algo pequeño antes de encontrar su vuelta a casa?
La ola fue de 21,5 metros, pero Salazar prefiere empezar por otra parte. No por la postal ni por el récord ni por la euforia. Empieza por la logística: el filtro, las motos de rescate, el piloto y sobre todo la preparación mental. Es por todo eso que casi nunca entra en la foto y que, en Nazaré, define quién puede meterse y quién no. En olas de 20 a 30 metros, el talento solo no alcanza. “Pones en riesgo al equipo, las motos de agua y a ti mismo”, dice, para explicar por qué ahí nadie entra solo por ganas o por curiosidad.
El filtro antes del mar
Ignacio Salazar, también conocido como Tato o Spud para sus amigos del circuito, viajó a Nazaré el 13 de diciembre y se quedó 40 días con la meta de coger la ola más grande de su vida y, si se abría la ventana, ir por más. Para eso tuvo que pasar un filtro que en la escena de olas grandes se resume en historial, entrenamiento, cabeza fría y reputación. Salazar habla desde una comunidad chica, donde “todos saben quién es quién”, y desde una trayectoria de más de dos décadas que lo puso a remar con nombres pesados del circuito.


No fue solo bajarla
El día de la corrida esperó hasta el final. Primero tomó una de unos 15 metros. Después vino la de 21,5. La describe como una “monstruosidad” que ya se veía venir desde antes del arranque. Paulo Imbica, su piloto brasileño, lo puso en posición. “¿Estás listo?”. “Sí, vamos”. Salazar soltó la soga antes del pico y cruzó la ola de derecha a izquierda hasta que se cerró. Ahí está una de las claves de su relato y también de su logro. No fue a bajarla solo para la foto, sino que la corrió completa. En Nazaré, esa diferencia pesa.
Lo que vino después explica mejor que cualquier adjetivo qué clase de trabajo hace. Se tiró cuando la ola cerró, lo revolcó entre 15 y 20 segundos, jaló el chaleco inflable, salió a superficie y vio otra ola de veintitantos metros reventarle cerca. Desinfló el chaleco para hundirse y amortiguar el impacto, volvió a quedar bajo el agua, y recién después llegó el rescate. Salieron de la zona de impacto y recuperaron la tabla. Recién ahí, con el cuerpo entero, la corrida empezó a parecer histórica.

Años de mar
Salazar tiene 44 años y una biografía que ayuda a entender por qué habla con esa mezcla de calma y obsesión. Es tercera generación de una familia surfista, creció en Punta Hermosa, empezó a surfear a los cinco y tuvo su primera sesión de ola grande en Pico Alto a los 14. Desde entonces encadenó Australia, Mavericks, Jaws, Hawái, Fiji, Chile, México. No hay improvisación en esa ruta. Hay tiempo acumulado.
También hay disciplina de atleta, no de aventurero de fin de semana. Entrena seis días por semana, dos o tres veces por día. Suma apnea en piscina, meditación, dieta y una rutina austera que él mismo cuenta. Sus hábitos hablan por sí mismos. Duerme temprano, no toma, casi no sale.


Contra viento y marea
Y luego está el dinero, que en el surf de olas gigantes suele quedar fuera de cuadro. Ir a Nazaré, cuenta, le costó alrededor de 8 000 euros “con las justas” para un par de corridas, muy lejos de los presupuestos de temporada que manejan otros equipos. Hubo marcas que lo apoyaron y el resto salió de su bolsillo. Ese dato completa la foto. El logro no fue solo deportivo. También fue una apuesta personal, económica, hecha al límite.
Ahora quiere que ese episodio no quede enmarcado como souvenir de sala. Habla de los campeonatos que organiza en Pico Alto, campamentos de big wave surf, un circuito peruano más sólido y una serie documental llamada Vertex. En su versión, no quiere que esta hazaña en Nazaré quede como un simple logro de repisa, sino como una referencia subrayada en el mapa: el punto exacto donde una obsesión personal empieza a parecer, por fin, un proyecto de país. Y, por qué no, seguir buscando más en una disciplina en la que el margen de error casi no existe. (Marce Rosales)

Roxana Salazar viene trabajando su primer álbum de estudio tras sacar dos EP en 2018 y 2023, aunque todavía ajusta arreglos, letras y posibles colaboraciones. Su reciente single “Crisálida” funciona como puerta de entrada: “Este single es como el brillantito, el más pop”, dice, pensado para llegar a más gente sin abandonar el pulso alternativo que la define. Este proyecto se titula REM y está directamente vinculado a lo que quiere transmitir. “Quiero ser algo más ritual tanto en el sonido como en lo que se ve en el disco”, explica sobre este trabajo conceptual que toma la fase de sueño más vívida como metáfora. Habrá canciones “más brillantes” para el lado luminoso y otras “más densas con más guitarras” para la zona de pesadillas: autosabotaje y síndrome del impostor. “En mi música soy supervulnerable”, admite. Con Gonzalo Landázuri en la producción y con fuerte influencia del sonido alternativo de los 90 y post-2000, Roxie apunta a un disco que acompañe. Su deseo es que la gente lo reciba “bonito” y que, al escucharlo, sienta que tener esos pensamientos oscuros “es normal” y también se pueden cantar.
Escribe: Luis E. lama
Omar Zevallos es uno de nuestros caricaturistas políticos más importantes. Continúa una larga tradición arequipeña que se remonta a comienzos del siglo pasado con, nada menos que Málaga Grenet, para seguir con Vinatea Reynoso y una larga lista de talentosos artistas que van de Núñez Ureta hasta el contemporáneo Heduardo.
Zevallos organiza una exposición de Alberto Vargas (Arequipa, 1896), hijo del legendario fotógrafo Max T. Vargas, quien se convertiría en el artista peruano que más contribuyó a la cultura popular en la primera mitad del siglo XX.
Vargas fue el creador de las pin up: esas mujeres imposibles que sirvieron para estimular las noches húmedas de los soldados de la Segunda Guerra Mundial. Eran obras hechas por un hombre que amaba a las mujeres, dirigidas a otros hombres, que las colocaban en sus cabeceras, con chinches, para acompañarlos en sus noches de vigilia. Se estima que no había barracas militares sin una chica en cada camarote.

Muchos de esos cuerpos eran inventados, pero su exuberancia no hubiera sido verosímil sin una rigurosa formación artística. Vargas estudió en Zúrich y en París, donde adquirió, de la manera más clásica, conocimientos de dibujo, anatomía y pintura, que luego aplicó a la ilustración moderna. Pero no todo lo aprendió en Europa. Las fotografías de su padre ya lo habían entrenado en las formas de ver. En sus piezas más tempranas, hay abundante material que permite trazar un paralelo con el aporte paterno a pesar de las diferencias de tiempo y de contexto.
En 1916, avizorando la proximidad de la Primera Guerra Mundial, el joven Alberto decidió marchar a Estados Unidos. Allí logró sobrevivir diseñando afiches, escenografías y retratos para cine y teatro. En medio de ese ambiente, alejado de las represiones de la época, fue desarrollando una ilustración cada vez más audaz, que muchos conservadores consideraron pornográfica a pesar de que solo exaltaba el erotismo del entorno en el cual se desempeñaba.
Memories of Olive, de 1920, es un magnífico ejemplo de su producción de esta década, en la que se dedicó a trabajar para las Ziegfeld Follies o a pintar mujeres desnudas, a las que añadía unas cuantas líneas sobre el cuerpo para evadir la censura. En los años siguientes realizaría su trabajo más reconocido: el muy audaz afiche de la película El pecado de Nora Moran. Esta es la época que me resulta más fascinante, porque es la de mayor ruptura con el establishment de su tiempo.
A partir de 1940 comienza a consolidar su prestigio, cuando ingresa a trabajar en la revista Esquire, donde crea las famosísimas Vargas Girls. Estas se convirtieron rápidamente en íconos culturales y fueron reproducidas por todas partes, incluso en las narices de los aviones de guerra norteamericanos.
La revolución sexual de los años sesenta terminó con los tabúes y Playboy contrató a Vargas. Se produce entonces la liberación dentro del sistema: dibujos cada vez más audaces y un erotismo desenfadado. El primer desnudo integral lo publicaron en la tarjeta de Navidad de 1972, que se distribuyó gratuitamente entre quienes compraban una edición de la revista.



Dos años después, su esposa, Anna Mae, murió y él decidió abandonarlo todo. Su retiro solo fue interrumpido por la publicación de sus memorias, en 1978. Solo accedió a dos encargos finales: las carátulas de los discos de The Cars (Candy-O, 1978) y de Bernadette Peters (Now Playing, 1981). Murió al año siguiente, dejando un inmenso legado, parte del cual se conserva en el Museo de la Universidad de Kansas.
No hay un museo peruano que posea piezas suyas, quizá porque las ilustraciones eróticas se consideraron un arte menor. Es un gravísimo error. Basta recordar que The Beatles quisieron hacer de la carátula de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) un manifiesto visual del siglo XX. Su diseñador, Peter Blake, incluyó, entre varias personalidades emblemáticas —Oscar Wilde, Dylan Thomas, Marilyn Monroe, Marlon Brando, Bob Dylan, Sigmund Freud et al.— una pin up.
Vargas solo regresó a su región en 1958 gracias a la invitación de Emilio Delboy, dejando una acuarela como testimonio de su amistad, que hoy se exhibe en el Centro Cultural Peruano Norteamericano (CCPNA) gracias a la acuciosa investigación de Omar Zevallos. La muestra es resultado de su búsqueda en el Smithsonian Institution, en Washington, y en la galería de arte de Louis K. Meisel, en Manhattan, quien posee una notable colección y le prestó varias fotografías para su reproducción y exhibición.
Vargas influyó en la cultura popular como muy pocos lo han hecho, y su obra es un testimonio de los gustos de cada época: de cómo el cuerpo femenino ha ido variando de la opulencia a la anorexia y, sobre todo, de cómo los apetitos masculinos han cambiado desde la excitación de antaño hasta la indiferencia de hoy, cuando los estímulos eróticos ya no demandan soñar. Internet aniquiló la imaginación.
El lector más entendido aducirá que hoy algunos se refugian en OnlyFans y otros en Pornhub; sin embargo, lo esencial es admitir que recordar a Vargas puede ser, más que un ejercicio de nostalgia erótica, la evocación de un tiempo en el que el deseo necesitaba de la fantasía para existir.

Por: Ricardo González Vigil
Leo y releo E-mails con Roberto Bolaño (Seix Barral, 254 pp.) cada vez más convencido de que no solo es el mejor cuentario de 2025, sino de los últimos años, cincelado en estado de gracia por J. J. Maldonado (Lima, 1989).
Desde el 2020, ha venido publicando una novela, un ensayo, un estudio y un primer libro de cuentos, sobresaliendo entre los escritores de la presente década por su dominio verbal y absorción aluviónica de obras literarias, animes, discos, películas, videojuegos y toda la “galaxia pop”.
Aunque, en el caso específico de su novela y su primer volumen de cuentos, privilegiaba el realismo sucio y conductista, enriqueciéndolo —es cierto— por su designio (legado de Faulkner, y García Márquez, más su devoción por el faulkneriano Pierre Michon) de recrear como un microcosmos a Ñaña: “Yo había vivido casi toda mi infancia en Ñaña, un pueblito campestre y ganadero ubicado a las afueras de Lima”, conforme le cuenta al “doble” de Michon en E-mails con Roberto Bolaño (p. 215).
Y ahora, gratísima sorpresa, su segundo libro de cuentos lo sitúa entre las voces hispanoamericanas que mejor mezclan lo metaliterario con lo autobiográfico, en la senda de Bolaño y Alejandro Zambra (p. 35). Con su propio nombre, J. J. Maldonado asume el rol protagónico en las narraciones dedicadas a Enrique Vila-Matas, Zambra, Antonio Cisneros (el único poeta de este elenco de famosos al que admira, porque el estudiante Maldonado, al igual que el joven Bolaño, anheló ser un gran poeta, hasta que sintió “que la mejor poesía de la última mitad del siglo XX, de pronto, estaba escrita en prosa”, p. 91) y el citado Michon, además de ser coprotagonista del texto sobre Han Kang contado por otro escritor peruano.
De esos textos, los más hondos y perturbadores resultan los que reelaboran el tópico del “doble”: Maldonado descubre que es un doble de Zambra y se hace pasar por el escritor chileno deseoso de saborear la fama y no sentirse un autor fracasado.
En lo concerniente a Michon, se aferra a creer —con ilusión libresca de resonancia cervantina— que un sosias físico del francés es su venerado Michon (el “más grande escritor francés vivo”, p. 217), remitiendo memorablemente a un cuento de Bolaño sobre los “encuentros de un adolescente y un anciano” (p. 218). Y en lo tocante a Kang, plantea un “doble textual” (antes que La lección de griego de Kang, Maldonado habría tejido la misma obra con el título de La lección de quechua, un inédito rechazado por los editores), entreviendo una multiplicidad “cuántica” de los libros prevista por Borges.
Se trata de tres obras maestras a las que cabe sumar dos más; “¿A quién mira Vila-Matas?” y “Misión Fernanda Melchor”, este contado por un sicario mexicano que leyendo a Melchor se vuelve un letraherido, ahí Maldonado retoma el realismo sucio (entrelazado con lo metaliterario), pero con un vuelo verbal (mediante recreación estupenda del habla hamponesca mexicana), una complejidad psíquica y ética mucho mayor que en su novela y primer libro de cuentos.
Los cuentos restantes no dejan de ser notables, excepción hecha de los artificiosos sobre Cisneros y Vargas Llosa, con burdos finales realmaravillosos, acaso mermados artísticamente por la escasa distancia personal ante los más famosos de la poesía y la novela peruana durante su formación literaria.
Ingenio y humor a raudales, en registro variadísimo: sutil, grotesco, irreverente, maniático, conmovedor. Arrastran al lector hasta sus desenlaces tanáticos y/o delirantes, con sabor a asesinato físico o psíquico, real o simbólico. También solvencia para identificarse con narradores femeninos en los asedios a Vargas Llosa, Mariana Enríquez y Bolaño. Junto con ello, capacidad para ambientar sus páginas en Lima, España, México, Argentina, Venezuela y Francia. En fin, la literatura como juego y fuego, como copia del mundo y copia de sí misma.
Por: RUBÉN QUIROZ ÁVILA
Toda familia tiene sus grados de singularidad, especialmente cuando se trata de tres hermanas totalmente diferentes e incluso antagónicas. La comedia pone en juego la visión individual de cada una, su compleja relación con la figura materna y el deseo de manipular los hechos a favor, incluso a través de sortilegios. Esta puesta, pertinente para tiempos tan oscuros en el país, desata con gracia e ironía un contrapunto actoral y de mentalidades contrapuestas en la pequeña sala miraflorina.
La tesis es la factibilidad de cambiar el pasado. Y más aún con atajos, tretas incontrolables, la argucia al servicio de la distorsión. En este caso, a través de píldoras capaces de “resetear” los sucesos y reiniciar todo. La denuncia es, obviamente, a la industria de la autoayuda y a los gurús que predican que todo está en la mente, la felicidad al alcance de algún placebo industrializado. En ese juego de modificaciones temporales, todo se altera de forma encadenada y las consecuencias son siempre inciertas, imprevisibles y por lo general desastrosas. Estas inconsistencias existenciales se convierten en disparadores divertidísimos: la confusión que genera el anhelo de modificar lo sucedido para que, además, se amolde exitosamente a nuestros deseos. El fraseo sarcástico del dramaturgo español Estaire es preciso para una época que urge de aires frescos en historias que cuestionen las burbujas sociales.

El elenco femenino ofrece una actuación ensamblada y coherente con las aspiraciones de un público ávido de divertimento. Con su permanente compromiso por el espectador y con momentos de catarsis inevitables, mantienen en sus propios cuerpos todo lo sintomático de la tensión. La mano de Piaggio, un brillante joven director, se nota en el manejo de un tono agridulce del desarrollo escénico, apelando a que el entrenamiento actoral salga a flote para servir a la explosión de la obra. Y ello se logra con exactitud en las escenas sobre el fracaso de todo intento por cambiar el presente. Esa es la principal lección para quienes asumen que es factible cambiar la realidad mediante la manipulación del pasado. Cualquier modificación genera un sismo de giros vitales descontrolados. Cada acción que tomamos, como un árbol infinito que se bifurca, toma rumbos inesperados.
Cualquier regreso perturba para siempre los acontecimientos. La vuelta atrás, aun cuando sea para la enmienda, solo trastorna las cosas, las descompone en irreconocibles actos. Las decisiones ya fueron tomadas, los resultados ya fueron dados. El inmenso riesgo de reajustar los hechos radica en que el presente se desdibuja a niveles irreconocibles e irreparables, volviendo impensable cualquier futuro.

Por: Cristina Dreifuss
Decana de la Facultad de Arquitectura y Diseño - UPN
Todos los fines de semana, sin falta, un grupo de personas mayores llegaba al parque con sus zapatos de baile y sus ganas. No pedían permiso ni plata. Solo ponían la música y bailaban. Y el parque, de pronto, se volvía otro: más vivo, más humano, más de todos.
El alcalde de Miraflores cerró ese espacio. Arbitrariamente. Sin explicación que se sostenga, sin diálogo, sin considerar por un segundo lo que estaba destruyendo. La opinión pública fue tajante y, poco tiempo después, la municipalidad tuvo que rectificar y volver a abrir el espacio.
Lo que ocurre ahí no es un espectáculo ni un evento municipal. Es algo mucho más valioso: una reunión espontánea, construida desde abajo, sostenida por el puro deseo de estar juntos. Para muchos de esos adultos mayores, ese rato de baile no era un hobby. Era su red social, su ejercicio, su razón para salir de casa el fin de semana. La evidencia científica es contundente: el aislamiento social en la tercera edad deteriora la salud física y mental con una velocidad brutal. Quitarles ese espacio no es un inconveniente menor. Es un daño real.
Pero el daño de anular ese espacio no se hubiera limitado solo a quienes bailaban. Los que pasan por el parque Kennedy y se encuentran con esas parejas bailando saben exactamente de qué hablamos: esa imagen te cambia el día. Te recuerda que la vida puede ser alegre, que la vejez no es solo declive, que el espacio público puede ser hermoso cuando la gente lo habita con libertad. Por unos días parecía que eso también se iba a perder.
Una administración consciente no cierra lo que la gente construyó sola o trata de regularlo en su provecho. Una buena alcaldía identifica estos usos espontáneos y ricos del espacio, empodera a quienes los generan, les ofrece bienestar real a sus ciudadanos.
La crisis de gobernabilidad, el avance de la corrupción y la falta de liderazgo de los funcionarios públicos que llevan las riendas del Perú han sumido a los ciudadanos en la desconfianza, el pesimismo y el hartazgo. Por esa razón se hace vital un golpe de timón urgente que nos guíe a una transformación real, pronta y duradera. Este giro solo es posible con un cambio de paradigma que solo el conocimiento, la ética y la experiencia pueden ofrecer.
Es aquí donde hace su aparición la Maestría en Gestión Pública de la UCV, que ofrece una formación estratégica y orientada al impacto. Está diseñada para quienes lideran o desean liderar el cambio dentro del Estado, con una visión ética, innovadora y enfocada a servir al ciudadano.
Según el Dr. Heraclio Campana, vicerrector académico de la UCV, “la gestión pública enfrenta déficit de profesionales capacitados para enfrentar los requerimientos de la sociedad, especialmente en sectores claves como salud, educación y seguridad ciudadana. En ese sentido, es necesario preparar de forma permanente al funcionario público actual y a los futuros para una adecuada toma de decisiones y ejercer un óptimo desempeño de sus funciones en favor de una sociedad más justa y democrática”.
Transformación total
La Maestría en Gestión Pública de la UCV cuenta con un gran pilar, que es la formación en gobernabilidad, que le permite al especialista gestionar asuntos públicos con eficiencia, transparencia y con la participación de los ciudadanos, desde la planificación, diseño e implementación de políticas públicas. Todo esto desde una visión estratégica constante.
“Es necesario contar con funcionarios públicos comprometidos con servir al país con visión estratégica y digital, que solucionen los problemas que aquejan a la sociedad a través de un servicio eficiente y de calidad. En este sentido, podemos señalar que la academia juega un rol importante en el proceso de reducción de estas brechas”, explica Campana.
En ese sentido, la Maestría en Gestión Pública de la UCV puede transferir conocimientos a los gobiernos, producto de las investigaciones que desarrollan, contribuyendo a la formulación de políticas públicas basadas en evidencias concretas. Por otro lado, ofrece competencias que permiten al funcionario público dominar el funcionamiento de las instituciones públicas con ética. Por último, contribuye a que los actuales y futuros funcionarios dominen las nuevas tecnologías, incluyendo la inteligencia artificial, para reducir la brecha tecnológica y digital que existe actualmente.

Ni los avances tecnológicos que hacen del mundo un lugar más pequeño y accesible ni la enorme oferta de entretenimiento que hoy existe han podido destronar al turismo como una de las actividades más recurrentes y rentables de la actualidad. Sin embargo, el turismo también se está viendo afectado por la crisis climática, que es cada vez más seria y preocupante debido, por ejemplo, a la alteración de destinos tradicionales, la desaparición de playas y costas, la pérdida de la biodiversidad e, incluso, el aumento de fenómenos naturales catastróficos.
Aunque suene paradójico, el movimiento turístico no es ajeno a las causas de esta situación. Según algunos estudios, es precisamente el turismo una de las actividades más contaminantes y se le atribuye entre el 8 % y el 10 % de la emisión de gases de efecto invernadero cada año debido, por ejemplo, al transporte, en especial el aéreo; el consumo energético en los alojamientos; o la construcción de infraestructura turística como aeropuertos, carreteras, hoteles, entre otros.
Visitas conscientes
En este contexto nace el concepto de turismo sostenible, una serie de estrategias y acciones que buscan reducir el impacto negativo de esta actividad en el medio ambiente, aunque va mucho más allá. Así lo explica Gonzalo Calderón, CEO de Aranwa Hotels Resorts & Spas: “Para nosotros, el turismo sostenible es un modelo de gestión que integra hospitalidad de alto nivel con un respeto profundo por el entorno natural, cultural y social en los destinos que operamos. No se trata únicamente de minimizar impactos, sino de generar valor compartido: preservar el destino, impulsar a las comunidades y ofrecer experiencias transformadoras”.
El desafío principal es la articulación entre actores y la planificación de largo plazo. En el caso del Perú, por ejemplo, el desafío está en gestionar el crecimiento turístico sin comprometer activos tan importantes como su biodiversidad extraordinaria y su patrimonio cultural único. Esto hace necesario que la infraestructura esté preparada y una exhaustiva orientación y capacitación, tanto para el visitante como para el operador.
En este sentido, el viajero es un aliado estratégico. Cuando elige hoteles comprometidos con prácticas responsables, respeta las normas de los destinos y valora la cultura local, se convierte en parte activa del ecosistema sostenible.
“Nosotros diseñamos experiencias que conectan al huésped con la historia, la gastronomía y la identidad de cada lugar. En el Valle Sagrado, por ejemplo, nuestro hotel se ubica en una antigua hacienda colonial restaurada. Hoy Aranwa Valle Sagrado es un espacio donde preservamos su valor histórico integrando bienestar y naturaleza”, explica Calderón.
Al respecto, Lati Naimi, director general del hotel Meliá Lima, asegura que “el compromiso del turismo puede ser uno de los grandes aliados de cuidado del medioambiente para alinearnos con las decisiones que se toman para cumplir con los objetivos climático mundiales. Los traslados, los hoteles, la logística, todo suma. Si el sector empieza a tomar decisiones más inteligentes, el efecto es real y significativo. No hace falta esperar a grandes acuerdos internacionales: las decisiones cotidianas de los hoteles y los operadores ya marcan una diferencia”.

Viajeros del futuro
Más allá de la responsabilidad del Estado de crear condiciones favorables al medioambiente, son los propios turistas los que con ciertas acciones estratégicas pueden contribuir de manera exitosa a la sostenibilidad del turismo. Para empezar, el turista debe tomar decisiones responsables con respecto, por ejemplo, a la elección de destinos que gestionen bien el turismo; decidirse por las temporadas bajas para programar esos viajes; preferir estancias largas en un mismo destino para disminuir los vuelos innecesarios; y, en especial, elegir operadores turísticos y alojamientos que promuevan la sostenibilidad.
“El viajero es un aliado estratégico. Cuando elige hoteles comprometidos con prácticas responsables, respeta las normas de los destinos y valora la cultura local, se convierte en parte activa del ecosistema sostenible, asegura Calderón.
Ya en el destino, los turistas deben demostrar respeto por el entorno natural del lugar que visitan con acciones tan obvias como saludables, como la recolección de sus propios residuos, disminución del uso de plástico, el respeto de las indicaciones con respecto al tratamiento de la flora y fauna local y el mantenimiento de comportamientos respetuosos con la cultura que se está visitando. Este punto es clave, porque la sostenibilidad no solo se refiere al cuidado del medioambiente, sino también al respeto de la cultura y las costumbres de los locales. En este sentido, también se recomienda apoyar a los comercios y emprendimientos locales, como los artesanías, espectáculos culturales y recorridos con guías locales.
Otras de las obligaciones morales de los turistas con los destinos a los que llegan a disfrutar están relacionadas con la reducción de su propia huella ambiental personal con acciones como el uso de transporte público o de bicicleta, el ahorro de agua y energía en el alojamiento, y el consumo responsable de alimentos.
“Los viajeros juegan un papel central en lo que a turismo sostenible se trata, aunque muchos no lo saben. Cuando un viajero elige conscientemente dónde se hospeda, qué operador contrata, si consume en negocios locales o en cadenas externas, está influyendo directamente en el modelo turístico del destino. El problema es que esa información no siempre está disponible ni es fácil de interpretar. Hay que hacer más por educar al viajero, sin que se sienta juzgado”, concluye Naimi.

Misión hotelera
Como mencionamos al inicio, la oferta hotelera está en el centro de la discusión sobre la importancia de crear condiciones para que los destinos mantengan su integridad social, cultural y medioambiental. Pero aquí viene la complejidad: ¿cómo es posible compatibilizar los desafíos de la sostenibilidad cuando las exigencias de comodidad y bienestar de los viajeros son cada vez mayores? Ya se han ensayo en el mundo algunas acciones respecto a esto.
Los hoteles son actores clave para el éxito del turismo sostenible, pues concentran aspectos fundamentales como consumo de agua, energía y alimentos, y además la generación y el tratamiento de basura y residuos en general. En términos de la gestión eficiente de recursos, los hoteles sostenibles deben priorizar el uso de energías renovables y realizar un constante monitoreo del consumo energético para evitar fugas o gastos innecesarios. Además, deben priorizar los sistemas de ahorro de agua, como duchas eficientes y reutilización de toallas, y preferir la iluminación LED y sensores de energía. Estas acciones no solo reducen su huella ambiental, sino que les permiten reducir los costos.
Sobre el tema, Calderón asegura que “reducir la huella de carbono exige una gestión integral que combine eficiencia operativa y compromiso ambiental. Entre las principales estrategias destacan la implementación de tecnologías de ahorro energético, sistemas eficientes de climatización e iluminación, optimización del consumo de agua y una gestión responsable de residuos”.
Y añade: “En Aranwa, priorizamos, además, el abastecimiento local en nuestros destinos, lo que fortalece las economías regionales y reduce las emisiones asociadas al transporte. La digitalización de procesos y la sensibilización del huésped también forman parte de este esfuerzo compartido. La sostenibilidad no es una acción aislada, sino una suma constante de decisiones responsables en toda la operación”.
Por su parte, Naimi concluye diciendo que “las estrategias más efectivas son las más concretas: eficiencia energética en los edificios, gestión responsable del agua, compra de productos locales para reducir transporte, formación del personal, entre otras. En hotelería hay un margen enorme de mejora en consumo energético que muchas veces no se aprovecha simplemente por falta de datos o de voluntad. Las compensaciones de carbono tienen su lugar, pero no pueden ser el único argumento ni un sustituto de los cambios reales”.
Como en todos los ámbitos de la vida, las nuevas tecnologías, especialmente la inteligencia artificial (IA) y el análisis de big data, hacen ya su contribución al turismo sostenible. Por ejemplo, permiten predecir la cantidad de turistas que visitarán un destino y posibilitan reducir el uso innecesario de recursos y energía; dan la oportunidad de gestionar destinos y rutas sostenibles en beneficio de los emprendimientos locales; y ayudan al monitoreo de áreas protegidas para evitar las actividades ilegales que tanto daño hacen al turismo.


En medio de la creciente presión urbana y del desborde que vive cada fin de semana, un grupo de personas del histórico balneario de Ancón ha dado un paso decisivo: la conformación de un patronato que busca integrar a veraneantes, anconeros residentes, pescadores artesanales, sombrilleros, comerciantes formales, vendedores ambulantes y demás actores vinculados a la vida económica y social de la bahía.
Con más de un centenar de asociados fundadores y una inscripción en Registros Públicos, el Patronato de Ancón se plantea como un foro permanente de diálogo y gestión ante las autoridades locales y metropolitanas. Su propósito central es recuperar el orden, la seguridad y la tranquilidad sin excluir a quienes viven y trabajan en el balneario. La apuesta es articular intereses diversos en torno a una visión común: preservar y proyectar Ancón hacia el futuro.
Los impulsores de esta iniciativa señalan que “el patronato no nace para enfrentar sectores, sino para tender puentes”, asegura César Villarán. En los últimos meses, él ha sostenido reuniones con asociaciones de pescadores, agrupaciones vecinales, operadores turísticos y hasta con el cura de la parroquia local. El diagnóstico compartido es claro: sin planificación, el crecimiento puede terminar por desbordar la capacidad de la bahía.

10 000 años de historia
La preocupación no es solo coyuntural. Ancón no es una playa más del litoral limeño. “Es un enclave con más de 10 000 años de ocupación humana continua y uno de los espacios arqueológicos más relevantes del país”, dice el arquitecto Manuel de Rivero. En su territorio se ubica la célebre necrópolis excavada en el siglo XIX, así como vestigios prehispánicos asociados a antiguas rutas y asentamientos costeros. A ello se suma su patrimonio republicano: fue escenario de episodios clave de la independencia y sede de la firma del Tratado de Ancón tras la guerra del Pacífico.
Sin embargo, parte de ese legado enfrenta abandono, invasiones y deterioro progresivo. Para los miembros del patronato, proteger el patrimonio cultural y paisajístico es una responsabilidad generacional. La bahía, sostienen, no puede entenderse solo como espacio recreativo, sino como territorio histórico que requiere gestión especializada.


Plan maestro frente al crecimiento acelerado
El eje de la iniciativa es la elaboración de un plan maestro urbano y costero que ordene el desarrollo del balneario en un contexto de fuerte expansión en el norte de Lima. A pocos kilómetros se proyecta el Parque Industrial de Ancón: un megaproyecto de 1200 millones de dólares que implicará un mayor flujo vehicular, demanda de servicios y presión demográfica.
Uno de los puntos centrales será definir la capacidad de carga de las playas: cuántas personas pueden recibir en condiciones adecuadas, cuántos servicios sanitarios y estacionamientos se requieren, y cómo distribuir los flujos hacia zonas menos saturadas. La experiencia de otras playas limeñas cerradas por sobreaforo funciona como advertencia de lo que podría ocurrir sin previsión.



Orden con inclusión
“No se trata de expulsar a nadie, sino de establecer reglas claras y consensuadas”, señala Carlos Zamorano, presidente del Patronato de Ancón. Formalización del comercio, mejora de la limpieza pública, recuperación de espacios históricos y coordinación con la municipalidad forman parte de la agenda inicial.
El plan maestro —que será trabajado con especialistas en urbanismo, patrimonio y medioambiente— busca convertirse en un documento técnico de referencia para las futuras gestiones municipales, más allá de los cambios políticos. En un verano marcado por la masificación y el caos vehicular, Ancón intenta así recuperar su identidad: la de un balneario con historia, comunidad y memoria que aspira a crecer sin perder su equilibrio.
