De jornalero migrante a señor del fentanilo. La historia de Nemesio Oseguera Cervantes, alias el “Mencho”, es también la crónica de cómo el Cártel Jalisco Nueva Generación pasó, en poco más de dos décadas, de ser una escisión marginal a convertirse en una multinacional del crimen. Su muerte, el domingo 22 de febrero, no cerró el ciclo del cártel: dejó al descubierto una arquitectura criminal que sobrevive a los capos y opera con lógica empresarial a escala continental. Mientras México entraba en estado de shock, las investigaciones antidrogas confirmaban un dato incómodo para Sudamérica: la cocaína producida en el VRAEM y el Huallaga fue durante años combustible clave de las rutas del CJNG por el Pacífico. El Perú no fue territorio conquistado, sino engranaje funcional: proveedor, punto de partida y nudo logístico de una red que mezcló violencia, eficiencia y negocio.
La caída del “Mencho” no fue un golpe quirúrgico. Fue una detonación. En cuestión de horas se dieron narcobloqueos, carreteras incendiadas y ciudades paralizadas que se extendieron por más de veinte estados mexicanos. El mensaje fue inequívoco: si el jefe caía, el país debía sentirlo.
La operación que lo abatió —de alta intensidad y con apoyo de capacidades estadounidenses— puso fin a una cacería de años, pero activó el reflejo más conocido del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG): responder con caos. No fue improvisación. Fue doctrina.
Bajo el mando de Oseguera, el cártel consolidó una firma reconocible: violencia ejemplar, propaganda constante y una obsesión sistemática por borrar evidencias. No eran excesos; era método. El terror como mensaje y el mensaje como control. Esa lógica se aplicó tanto en territorios disputados como en rutas internacionales. Mucho antes de la muerte de su cabecilla, el CJNG ya había cruzado fronteras con la misma disciplina con la que dominaba plazas.
EL RASTRO BORRADO
Uno de los sellos más temidos del CJNG fue su capacidad para hacer desaparecer a sus víctimas. En los últimos años, investigaciones judiciales y testimonios de exintegrantes revelaron el uso sistemático de sustancias químicas para disolver cuerpos y eliminar rastros.
En algunos casos, se empleaban grandes volúmenes de ácido industrial para acelerar el proceso y evitar hallazgos forenses. De esa manera, miles de personas fueron literalmente borradas: sin cuerpos, sin escenas del crimen, sin duelo.
No se trató de episodios aislados, sino de una práctica repetida que convirtió la desaparición en una herramienta central del control territorial y del terror.
COCAÍNA Y EL MERCURIO AMAZÓNICO
Siete días antes del abatimiento en México, el Pacífico peruano ya había dado señales. En la madrugada del 13 de febrero, a casi 190 millas frente a Talara y Máncora, una operación conjunta de la DIRANDRO y la Marina interceptó una narcolancha con 2,4 toneladas de clorhidrato de cocaína.
La información provino de fuente humana. El cerco fue preciso. El decomiso incluyó teléfonos satelitales, celulares y motores fuera de borda de alta potencia. Los tripulantes, de nacionalidad ecuatoriana, tenían vínculos con redes internacionales.
El patrón de embalaje y la ruta confirmaron lo esperado: no era un envío aislado, sino parte de un corredor marítimo activo que seguía operando incluso mientras el capo más buscado del continente era abatido.
Un engranaje menos visible, pero igual de devastador, conectó al CJNG con la minería ilegal amazónica. A diferencia de la cocaína, el mercurio opera en silencio. No genera balaceras ni titulares diarios, pero contamina ríos, envenena comunidades indígenas y deja daños irreversibles.
Desde al menos 2019, redes criminales asociadas al narcotráfico comenzaron a mover este metal desde México hacia Sudamérica como insumo clave para la extracción ilegal de oro. El negocio cerró un círculo perfecto: droga que financia rutas, minería ilegal que multiplica ganancias y lavado de dinero que blanquea ambos flujos.
Investigaciones internacionales revelaron que entre 2019 y 2025 el CJNG traficó alrededor de 200 toneladas de mercurio hacia Bolivia, Colombia y Perú, facilitando una producción de oro ilegal valorizada en miles de millones de dólares. En ese mismo periodo, autoridades peruanas incautaron cargamentos de mercurio ocultos para evadir controles. El mando cayó, pero el circuito tóxico sigue activo.
FENTANILO GLOBAL Y VIGENCIA
El golpe estratégico del “Mencho” fue apostar por las drogas sintéticas. El fentanilo —barato, potente y de producción constante— inundó las calles de Estados Unidos y desató una crisis sanitaria sin precedentes. Decenas de miles de muertes por sobredosis convirtieron al CJNG en prioridad absoluta para Washington.
La recompensa por la captura de Oseguera llegó a 15 millones de dólares, una de las más altas ofrecidas por un capo latinoamericano. No era solo un narcotraficante: era el arquitecto de una amenaza transnacional.
El CJNG nació de una ruptura, pero creció como franquicia criminal. Jerarquías claras, disciplina interna y una brutalidad diseñada para intimidar. Oseguera no buscó discreción: buscó imponer orden. Derribó un helicóptero militar, atacó convoyes y convirtió la propaganda en arma.
Su muerte cerró un sangriento periodo, pero no el modelo. En el narcotráfico, cuando cae un capo, la violencia no termina: se reacomoda. El hombre murió. El sistema sigue vivo. (Edgar Mandujano)



































