Escribe: Dominique Aguirre
"Salió entre broma y broma: ¿y por qué no formamos nuestra propia comparsa? Vamos puros jóvenes porque todos son mayores". Flor sonríe mientras recuerda aquella conversación. Han pasado diez años desde entonces. Lo que empezó como una ocurrencia entre amigos y familiares terminó convirtiéndose en Wayris de Wichaypampa, que significa ‘hacia arriba del norte’ en quechua, una comparsa de la nación Anta: una de las 8 naciones peregrinas.
Desde entonces, han participado en nueve peregrinaciones a una de las celebraciones religiosas más importantes de los Andes. En una época marcada por las redes sociales, la inmediatez y los cambios constantes, la existencia de Wichaypampa plantea una pregunta inevitable: ¿qué impulsa a los jóvenes a mantener viva una tradición heredada de sus abuelos y bisabuelos?
Flor está sentada sobre una roca. A su lado, una olla enorme hierve sobre un fogón alimentado con leña. Con un cuchillo que parece tener voluntad propia —a veces corta con facilidad y otras obliga a repetir el movimiento una y otra vez— pela papas para el almuerzo. En poco más de una hora habrá cordero con papas para los integrantes de la comparsa y para los invitados que siguen llegando después de una caminata de 24 horas.
A unos metros, Adara, su hija de tres años, corre entre los arbustos. A veces juega sola; otras, alguna de las mujeres la carga por unos minutos antes de volver a sus tareas. Ana regresa con baldes de agua. Frente al fogón, Daenerys acomoda la leña, como si siguiera el ritmo de un reloj invisible, siempre a tiempo para que el fuego no se apague.

Las conversaciones se mezclan con el humo y el olor de la comida. Alguien pregunta cuánto falta para almorzar. Flor responde sin dejar de trabajar; no da órdenes, solo señala lo que hace falta. Los demás continúan con sus labores. Después de años compartiendo peregrinaciones, cada uno conoce su lugar dentro de aquel pequeño mundo. Ese pequeño mundo se levanta a más de 4600 metros sobre el nivel del mar, en las faldas del nevado Sinakara.
Cada año, cerca de 90000 peregrinos llegan hasta el santuario del Señor de Qoyllurit’i. Aquí el aire escasea, el cansancio se instala en los huesos y el soroche no perdona a nadie. Lo que el domingo parece un paisaje casi vacío, con apenas unas cuantas carpas dispersas sobre la pampa, se transforma en cuestión de horas en una ciudad efímera.
Tiendas, fogones, comparsas y peregrinos ocupan cada espacio disponible hasta donde alcanza la vista. Todo sucede con un mismo propósito: llegar hasta el santuario, bailar frente a la imagen sagrada y rendir homenaje a los apus que custodian la montaña.
A los 22 años, Flor decidió formar una comparsa junto con su pareja, Paul, entonces primer capitán de la nación Anta; su hermano Josué, un ukuku (protector del Señor de Qoyllurit’i); su amigo Elio, también ukuku; y Michael, quien era un qoya (danzante y peregrino de la nación Quispicanchi).
La idea nació de una incomodidad compartida. En Qoyllurit’i, como en gran parte del mundo andino, la antigüedad otorga prestigio y autoridad. “Mientras más viejo eres, más respeto mereces”, explica Flor. Para los jóvenes, eso significaba tener poco espacio para asumir responsabilidades.
"La comparsa funciona como una familia: todos aportan para que la tradición continúe", cuenta Flor.

Entonces apareció la pregunta: ¿y si hacían algo propio? Entre conversaciones y planes improvisados surgió la idea de crear una comparsa. Pero había otro detalle. “Hay muchas qoyas, hay muchos pablos y en la nación Anta no había wayri”, recuerda Flor. Por eso eligieron convertirse en wayris. La decisión no era menor. Los wayris son una de las danzas más llamativas de la peregrinación. Sus coronas de plumas y sus rituales les otorgan una presencia difícil de ignorar. Pero, como explica Flor, “no es solo bailar”.
Cada cruz recibe ofrendas de coca, dulces y agua florida. La danza está atravesada por prácticas de respeto, reciprocidad y devoción que conectan a los participantes con la naturaleza y con la montaña sagrada, los apus. Al principio eran apenas cinco. “Después empezamos a llamar a nuestros amigos”, recuerda Flor. Más que aumentar el número de integrantes, buscaban mantener la confianza y el ambiente familiar que había dado origen al grupo. Así se sumaron los hermanos de Paul y otros amigos cercanos. Con el tiempo, la comparsa alcanzó entre diez y doce integrantes, una cantidad habitual entre los wayris.
Hoy ninguno supera los treinta años. Flor y Paul, mama wayri y arariwa de la comparsa, son los mayores del grupo. Sin embargo, no todos están dispuestos a convertirse en wayris porque “asusta a la gente”, dice Flor. Parte del temor proviene del halo de misticismo que rodea a la danza. La otra parte tiene una explicación más terrenal: el dinero. Las coronas, los adornos y las plumas representan una inversión considerable. “Una corona de plumas de guacamayo cuesta aproximadamente mil soles”, explica Daenerys. Mantener viva la tradición requiere fe, compromiso y también recursos económicos.
"Por la cultura y por la historia del Cusco sigo aquí; siempre quiero aprender algo más", dice Cristian Cusipuma.

La mayoría de los integrantes de Wichaypampa comparten otra característica: su relación con Qoyllurit’i comenzó mucho antes de que existiera la comparsa. Cristian Cusipuma, estudiante de Derecho de veinte años, lo recuerda bien. "Yo bailaba desde pequeño, desde los cinco o seis años. Cuando veía que se iban siempre me ponía a llorar, me revolcaba, hacía pataleos para que me puedan llevar", cuenta entre risas.
Sus padres consideraban que todavía era muy pequeño para afrontar el viaje. Cuando finalmente lo dejaron peregrinar, la experiencia lo marcó. "Ese año que fui sentí esa devoción, esa aura que te da el peregrinaje hacia el Viejo". Desde entonces no ha dejado de regresar. Su primera participación fue como danzante.
Pero para Cristian la peregrinación no se reduce a la devoción. También es una forma de acercarse a la historia de su tierra. "Es por la cultura, por la historia misma de acá, de Cusco", dice. Mientras habla, menciona símbolos incas, chancas y chimús que ha descubierto a lo largo de los años dentro de la festividad. Cada danza, cada traje y cada ritual le han despertado nuevas preguntas sobre el pasado. Lo que comenzó como una tradición familiar terminó convirtiéndose en una búsqueda personal por comprender mejor la herencia cultural que lo rodea.
Sus integrantes heredaron la tradición de sus familias, pero no se conformaron con recibirla. La hicieron suya. Entre coronas de plumas, caminatas de 24 horas y fogones encendidos en medio de la montaña, estos jóvenes encontraron una manera de dialogar con el pasado sin quedarse atrapados en él. Mientras miles de peregrinos avanzan hacia el Señor de Qoyllurit’i, ellos siguen caminando detrás de sus coronas de plumas, igual que hace diez años, cuando todo comenzó como una broma entre amigos.




