Antes de Sheeran, Christian Meier se encargó de abrir la noche y preparar el terreno. Su presencia fue bien recibida por el público, que lo acompañó con cercanía antes del despliegue del británico.
La fábrica abierta
Pasados algunos minutos, una pantalla lanzó una especie de advertencia amable, casi un manual de instrucciones para los menos iniciados: toda la música sería hecha en vivo. Única, irrepetible y humana. El video explicaba qué era un loop, cómo funcionaba y por qué lo que estaba por ocurrir no dependía de una maquinaria invisible, sino de capas construidas al instante. Era una forma elegante de decirle al Estadio Nacional que mirara con atención. La noche trataba de ver cómo se fabricaba la canción.
Luego apareció él desde el escenario más cercano a la gente. Pelirrojo, cordial, mostrando sus característicos tatuajes coloridos, con el cabello más pegado, la barba ligeramente crecida y ese look fresh de ropa oversized acorde a su vibra. Ed Sheeran tiene algo raro para una estrella capaz de llenar estadios: no se comporta como una estrella. No entra como si el mundo le debiera silencio o gritos. No infla el pecho. Más bien parece un muchacho británico que aterrizó en medio de miles de personas y, por alguna razón, sabe exactamente qué hacer con ellas para conquistarlas.
El Loop Tour llegó a Lima después de Play, el álbum con el que Sheeran abrió una nueva etapa tras cerrar la era matemática de sus discos. Por eso la noche no funcionaba únicamente como un repaso de hits, sino también como la presentación de un nuevo dispositivo: canciones recientes, loops expuestos y una puesta donde el mecanismo importaba casi tanto como el repertorio.
El show empezó con “You Need Me, I Don’t Need You”, primero desde esa zona próxima al público y luego ya en el escenario principal. Un rasgueo tosco marcó la pauta. La elección tenía sentido. Sheeran no arrancó desde la cima, sino desde el contacto. Después vinieron “Sapphire”, “Castle on the Hill”, “The A Team”, “Shivers” y “Don’t”, un primer bloque que confirmaba algo incómodo para quienes dicen no escucharlo demasiado: probablemente conocen más canciones suyas de las que estarían dispuestos a admitir. Su música tiene esa forma de infiltración pop. Uno cree tener tres temas en la cabeza, pero de pronto aparece un coro, una frase, una melodía guardada en alguna habitación poco vigilada de la memoria.
El público, sin embargo, no fue una criatura desatada. Durante buena parte de la noche no bailaba exactamente. Se movía. Se mecía. Hacía saltitos de vez en cuando. Parejas, grupos de amigos, asistentes solos, gente de distintas edades, incluyendo una curiosa cantidad de niños, acompañaban al pelirrojo carismático con una suavidad extraña, como medusas en trance bajo la luz de los celulares. No había frialdad, pero tampoco incendio. Todos bailaban a lo seguro y siguiendo la cadencia de los acordes.
Sheeran tampoco parecía exigirle demasiado. Su estrategia escénica es curiosa porque no busca aplastar al público, sino llevarlo de a pocos. Una guitarra, una pedalera, la voz, el pie marcando la ruta. En tiempos donde el pop suele competir por ver quién levanta la pirámide más luminosa, él insiste en el truco del artesano. No es que falte producción. Hubo pantallas, luces, pirotecnia y momentos de gran espectáculo. Pero el centro seguía siendo un hombre que se grababa, pisaba pedales, se duplicaba y se perseguía a sí mismo.
En el B-Stage, con “Eyes Closed”, “Afire Love”, “Tenerife Sea”, “Happier” y “Give Me Love”, el estadio bajó de escala. La gracia de ese tramo estuvo en su falsa intimidad: canciones pequeñas rodeadas por miles de personas. “Afire Love”, “Tenerife Sea” y “Happier” llegaron, además, como pedidos de los fans peruanos, un gesto que le dio al bloque un valor menos predecible dentro de una noche cruzada por canciones enormes. Ahí Sheeran se mueve con comodidad. Puede estar en medio de una estructura inmensa y seguir pareciendo cercano, casi doméstico.
Pero el loop, visto de cerca, también muestra sus costuras. Cuando Sheeran marcaba el pulso golpeando la guitarra con la mano, el sonido no tenía la redondez perfecta de un kick de estudio ni la contundencia pulida de una batería procesada. Era más seco, más artesanal, incluso algo tosco por momentos. Esa rusticidad se notaba. Y, sin embargo, no destruía la experiencia. La explicaba. El concierto no prometía una copia impecable de las versiones de estudio, sino el placer de ver una canción antes de quedar terminada. La fábrica abierta al público.
Por eso el error no arruinó nada. En un momento, Sheeran se equivocó, detuvo la canción, pidió perdón y volvió a empezar. Lo asumió como parte del asunto. Si todo está ocurriendo en vivo, todo puede fallar en vivo. Y ahí apareció su frescura, una de sus virtudes más destacadas. Nunca se le vio nervioso. No intentó cubrir la falla con ego. La convirtió en una confirmación del sistema. El video inicial no había mentido.
Cuando el estadio despertó
El concierto cambió de temperatura cuando llamó a su banda. Con Beoga, “Galway Girl” encendió uno de los momentos más saltados de la noche. Hubo fuegos, movimiento, una alegría menos contenida. Después llegaron “Nancy Mulligan”, “Peru”, “I Don’t Care”, “Old Phone”, “Repeat It”, “Camera” y “Celestial”. La presencia de la banda no traicionó la lógica del loop, la amplió sin dejar el dulce toque rústico y acústico. Sheeran podía armarse solo, pero también sabía cuándo la noche necesitaba otros cuerpos, más aire, más fiesta.
En “Camera”, pidió al público prender los flashes. La escena era previsible, claro. Miles de celulares levantados, luces blancas intentando fabricar una constelación portátil. Pero hay cursilerías que en un estadio funcionan porque nadie las mira demasiado de cerca. Durante unos minutos, el Nacional pareció menos un recinto deportivo que una postal emocional diseñada para Instagram. Sheeran entiende bien ese lenguaje.
Después, “Photograph” terminó en el B-Stage y abrió un tramo donde las canciones dejaron de pertenecerle por completo al artista para pasar al archivo sentimental del público. El medley de “Eastside / 2002 / Cold Water / Little Things / Love Yourself” reforzó esa sensación algo melancólica. Luego llegaron “Thinking Out Loud”, “Perfect” e “I See Fire”, canciones que el público reconoció con ternura, celulares en alto y coros no siempre tan fuertes como el momento parecía pedir. No hubo rugido constante de gente cantando con el alma. Hubo una especie de cariño moderado. Presente, pero no desbordado.
De regreso al escenario principal, “I’m a Mess”, “Bloodstream” y “Afterglow” sostuvieron el tramo final antes del encore. Sheeran seguía en control sin teatralizar el control. Ese es otro punto raro de su figura. No parece dominar, pero domina. No parece empujar, pero conduce. No parece enorme, pero llena. Un carisma discreto, pero presente.
Cuando volvió para el encore, lo hizo con una camiseta del Loop Tour intervenida con un diseño cercano a la bandera peruana. Sheeran tiene suficiente candidez escénica para que ese tipo de guiño no parezca una obligación turística. Entonces llegaron “Shape of You”, “Azizam” y “Bad Habits”. Recién con la última canción el ánimo terminó de levantarse. Tarde, pero se levantó.
Afuera, dos chicas fumaban un cigarro mientras se acercaban a la avenida Arequipa. “Creo que el público no fue del todo justo con Ed”, dijo una mientras recordó que algunas personas no corearon sus canciones. La frase quedó mejor que muchas reseñas posibles. Tal vez tenían razón. Lima lo acompañó, pero no terminó de desbordarse. Le dio cariño, reconocimiento, flashes, coros a medias, saltos moderados. Pero por momentos Sheeran parecía entregar más de lo que recibía. Quizá porque su música no convoca la violencia emocional del fanatismo, sino una clase más suave de pertenencia. Uno no necesariamente idolatra a Ed Sheeran. Simplemente descubre que sus canciones ya estaban ahí.
Ese fue el triunfo raro de la noche. Sheeran no convierte escépticos en fanáticos. Hace algo más incómodo: les quita argumentos. Su música puede ser demasiado amable como él, incluso demasiado segura. Su loop puede sonar rústico. Su puesta puede depender de gestos conocidos. Pero hay una inteligencia clara detrás de todo. En una época en que el pop suele esconder sus mecanismos bajo toneladas de brillo, Sheeran decide mostrarlos modestamente. Se equivoca, reinicia, golpea la guitarra, arma el ritmo, rasguea con personalidad, se multiplica y sigue.
En Lima no tuvo siempre al público más encendido o eufórico, pero sostuvo la idea difícil de llenar un estadio sin dejar de parecer un hombre haciendo canciones con las manos.