Por: Kate Juárez
El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) vuelve a estar en el centro de una discusión que no empezó ahora. ¿Quién decide cómo se cuenta la violencia política que atravesó al Perú entre 1980 y 2000? El debate cobra fuerza tras la llegada de Keiko Fujimori y los cuestionamientos previos de sectores políticos al contenido del museo.
En septiembre de 2024, la congresista Martha Moyano, de Fuerza Popular, hizo un pedido particular: solicitar al Ministerio de Cultura modificar el guion museográfico del LUM por considerar que ofrecía una visión “sesgada”. Además, porque consideraba que la muestra no incorporaba suficientemente a quienes, según sostuvo, “lucharon por la paz”. El pedido formal fue dirigido al entonces ministro de Cultura, Fabricio Valencia.
Dos años después, la flamante senadora fujimorista Marta Chávez volvió a cuestionar la pertinencia del espacio del museo y comparó su existencia con la posibilidad de financiar un homenaje a Adolf Hitler en Alemania. “¿Podría yo ganar mil dólares para que le prendan una vela a Hitler en Alemania? Sería una afrenta”, sostuvo.

Las declaraciones volvían a criticar la narrativa del museo, culpándolo de retratar políticamente un período de violencia que vivió el país. Aunque el sector con Alberto Beingolea a la cabeza ha descartado su cierre, aún permanece abierta la discusión sobre los posibles cambios que podrían hacerse.
¿Qué historia cuenta realmente el museo?
El LUM nació a partir de la necesidad de preservar la memoria del periodo de violencia durante los años 1980-2000 y de las víctimas que dejó. Su relato recoge testimonios, fotografías, documentos y distintos episodios ocurridos durante esos años. La controversia, por ello, no gira solamente en torno a qué hechos aparecen en sus salas, sino a cómo están contados.
Para el historiador José Godoy, la acusación de que el LUM romantice al terrorismo o presente una “visión sesgada” no se sostiene. A su juicio, el museo deja claro desde el inicio que Sendero Luminoso y el MRTA protagonizaron una violencia que no debe repetirse.
David Flores Sora, historiador del arte y excoordinador de Museografía del LUM, afirma que el relato general del museo no se sostiene en base a posiciones ambiguas. La exposición permanente surge fruto de un proceso participativo, una recomendación expresa de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el planteamiento de un guion museográfico basado en casos con sentencias firmes o juzgados, información documentada y el informe de la CVR.
El museo, por tanto, no nació de una sola voz. “Pero tampoco pretende ser un museo militar ni un relato de victoria” declara Godoy. Su objeto es otro: colocar frente al visitante las experiencias de quienes vivieron la violencia y las consecuencias de las decisiones tomadas durante ese periodo. Además, rechaza la ausencia de voces de las Fuerzas Armadas y la Policía.
Sin embargo, para el historiador Carlos Contreras el relato del LUM podría incorporar más voces. Afirma que las últimas gestiones del LUM habrían intentado compensar un sesgo que afectó la representación de la figura militar, lo que a sus ojos se denomina “anti Fuerzas Armadas”. Es así como sugiere que el relato del museo podría añadir experiencias de militares, policías, sus familias, estudiantes urbanos y habitantes de distintas regiones para obtener una representación polifacética.
Modificaciones
Uno de los puntos más sensibles es el tratamiento del gobierno de Alberto Fujimori. Godoy considera que las condenas por Barrios Altos y La Cantuta forman parte de hechos que no pueden desaparecer del relato.
“Lo que no puede ocurrir es la tergiversación de la historia”, sostuvo. “Tú no puedes quitar cosas del tipo ‘Fujimori fue condenado por violar derechos humanos’. No puedes eliminar la historia”, añade.
Contreras coincide en que casos como Barrios Altos y La Cantuta deben permanecer en la exposición. “Lo que pasó, pasó y hay que contarlo”, afirma.
La discusión adquiere una dimensión que va más allá de una eventual modificación de salas. Como el cierre del LUM ha sido descartado, la pregunta es qué puede cambiar. Puede ser su gestión, el personal, el presupuesto, las exposiciones temporales o incluso el peso que se otorga a determinados episodios.
Para David Flores Sora, parte del problema está precisamente en la capacidad actual del museo para investigar y renovar sus contenidos. Durante su gestión, explicó, las exposiciones temporales permitían complementar la muestra permanente con nuevos casos y perspectivas. También advirtió sobre la reducción de personal en algunas áreas y la falta de un museógrafo de planta. CARETAS consultó al ministro de Cultura, Alberto Beingolea, sobre los eventuales cambios al museo, pero no respondió las consultas excusándose por estar de viaje.
¿La memoria de quién?
La escritora y activista pro derechos humanos, Diana Miloslavich, advierte sobre los riesgos de que la memoria se convierta en un campo de disputa política y que los cambios de gobierno terminen determinando qué experiencias merecen ser recordadas y cuáles quedan fuera.
“Cerrarla o cambiarla de acuerdo a lo que piensa hoy el gobierno es un riesgo muy grande para la historia y la memoria de nuestro país”, declara.
El Lugar de la Memoria nació para preservar la historia que pertenece a dos bandos. Allí están las víctimas de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), pero también quienes sufrieron abusos de agentes del Estado, los militares y policías que combatieron a los grupos subversivos y las comunidades que cargaron con buena parte de la violencia. Lo que está en discusión no es únicamente qué piezas permanecen en sus salas, sino qué parte de esa experiencia colectiva podrá reconocer el Perú dentro de algunos años.
Pero sobre todo el debate también alcanza a las generaciones que no vivieron los años de violencia y que conocerán ese periodo a través de los espacios, documentos y testimonios que hoy se decida conservar.








