Lo que perturba

Sobre Patricia Bueno y el videoarte en nuestros días.

por Luis Lama
La mujer, el poder, el bosque y los fantasmas que pueblan los videos de Patricia Bueno. Foto: composición Caretas

Escribe: Luis E. Lama.

Durante más de un siglo aprendimos a mirar las imágenes como si estuvieran obligadas a contar una historia. No importaba que fueran fotografías, cine o televisión. Lo importante era saber qué ocurriría después. Las plataformas de streaming han llevado esa forma de mirar a un extremo: cada episodio parece existir únicamente para mecernos al siguiente.

Patricia Bueno comprendió muy pronto que una imagen podía dejar de depender de una historia. Toda su trayectoria nace de esa convicción. Desde hace más de veinte años explora las posibilidades de una imagen que habla por sí sola, desarrollando una de las trayectorias más coherentes del videoarte peruano. Allí reside la importancia de una obra que siempre antepuso la exploración al reconocimiento inmediato.

En realidad, esa apuesta formaba parte de una transformación mucho más amplia que modificó nuestra relación con las imágenes durante la segunda mitad del siglo XX. Cuando el cine había llevado el relato a uno de sus momentos de mayor desarrollo, algunos artistas comenzaron a explorar otras posibilidades.

En el Perú también hubo antecedentes tempranos. Basta recordar Esta pared no es medianera, realizada por De Szyszlo en 1952. Allí la imagen comenzaba a reclamar una autonomía poco frecuente. Más tarde Rafael Hastings y Francisco Mariotti continuarían esa exploración, hasta que el video encontró el espacio donde esa libertad pudo desarrollarse plenamente.

Ese camino prosiguió con El baño de Diana, de Esther Vainstein, y terminó de consolidarse durante la década de 1990 con iniciativas como ATA. Desde entonces el video se afirmó como un lenguaje autónomo entre nosotros.

Patricia Bueno pertenece a una generación posterior que pudo asumir esa libertad sin necesidad de justificar el medio. Su preocupación ya no consistía en demostrar que el video podía ser arte, sino en descubrir hasta dónde podía llegar esa forma de mirar cuando dejaba de depender del relato.

Ha preferido profundizar una misma investigación porque cada nueva obra dialoga con las anteriores y prolonga una exploración en la que la memoria, el deseo, la culpa y el paso del tiempo reaparecen bajo formas distintas. No se trata de repetición, sino de fidelidad a las obsesiones que nos acompañan a lo largo de la vida.

Uno de los aspectos más notables de su trabajo es una óptima producción puesta al servicio de la economía de sus recursos expresivos. Esa aparente sencillez es el resultado de una búsqueda rigurosa. No hacen falta grandes movimientos de cámara, efectos espectaculares ni montajes complejos. Bastan una presencia, una mirada, un cuerpo inmóvil o un objeto cotidiano para alterar nuestra percepción. Allí reside una de las mayores virtudes de su obra: modifica nuestra manera de mirar antes incluso de que lleguemos a advertirlo.

En más de una oportunidad he pensado que la obra de Patricia Bueno está inesperadamente cerca del mejor cine de terror contemporáneo. No del horror explícito ni de la violencia del gore, completamente ajenos a su sensibilidad, sino de una tradición cinematográfica en la que la inquietud nace de un leve desplazamiento de la realidad y de los conflictos de la consciencia. Pienso en Bergman cuando filma La hora del lobo, en Andrzej Żuławski o en David Lynch. Basta que algo permanezca unos segundos más de lo habitual, que un gesto se prolongue o que un espacio cotidiano adquiera un silencio inusual para que la imagen comience a perturbarnos.

Esa relación con el universo gótico nunca aparece como una cita ni como un homenaje. Forma parte de una manera de entender la imagen. La belleza no elimina la inquietud; la vuelve más intensa y lo familiar comienza lentamente a volverse extraño. El espectador descubre entonces que aquello que parecía perfectamente conocido encierra una dimensión inesperada.

Patricia Bueno. Foto: Jorge Peña
Patricia Bueno. Foto: Jorge Peña

Ese recorrido alcanza uno de sus momentos más logrados en el video realizado para la exposición “Unsex me”, en el MAC. Shakespeare constituye el punto de partida, pero Patricia Bueno evita cuidadosamente cualquier tentación ilustrativa. No intenta representar al personaje ni trasladar visualmente la tragedia. Lady Macbeth funciona como una presencia que permite explorar conflictos contemporáneos: la ambición, el deseo, la culpa, el miedo, la fragilidad y la dificultad de convivir con nuestras propias decisiones.

Lo importante ocurre, sin embargo, en nuestra mente. A medida que la obra avanza dejamos de pensar en Shakespeare y comenzamos a enfrentarnos a nosotros mismos. Lady Macbeth deja de ser un personaje para convertirse en un estado de consciencia. Es entonces cuando la imagen adquiere una autonomía absoluta y cada uno completa aquello que la artista apenas insinúa.

Ese respeto por quien mira constituye, probablemente, el rasgo más admirable de la obra de Patricia Bueno. Sus videos nunca pretenden imponer una interpretación ni ofrecer respuestas cerradas. Confían en la inteligencia del espectador. Y quizá allí resida también su importancia dentro del arte peruano contemporáneo. Ella ha demostrado que una obra de arte puede hacer pensar, emocionar y permanecer en la memoria sin necesidad de contar una historia.

Vivimos rodeados de imágenes que pasan frente a nosotros con una velocidad cada vez mayor. Patricia Bueno propone exactamente lo contrario. Nos obliga a detenernos, a descubrir que una obra puede contener un pensamiento, una emoción y una experiencia.

Muy pocos artistas consiguen cambiar nuestra manera de mirar. Patricia Bueno pertenece, sin duda, a ese reducido grupo.

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