“El que a hierro mata a hierro muere”. La vieja sentencia parece escrita para el final de Giancarlo Zegarra Cuadros, alias "Careca", abatido a balazos en el Callao. Pero detrás de su muerte hay una pregunta menos elemental: ¿quién está tomando el lugar de los viejos delincuentes? Desde que Keiko Fujimori asumió el poder y prometió un combate frontal contra la criminalidad, el crimen no ha dejado de mostrar los dientes. El primer semestre dejó 96 homicidios en el Callao. Y ahora aparece un adolescente de 17 años.
Giancarlo Zegarra Cuadros, "Careca", conocía de sobra los caminos del hampa. Los había recorrido durante años entre bancos, fugas, identidades falsas y cirugías para cambiar de rostro. Su nombre había quedado asociado a una generación de delincuentes que hizo del asalto a mano armada un oficio y de la fuga una especialidad. El sábado 8 de agosto, sin embargo, la historia terminó de la manera que tantas veces había impuesto a otros: una ráfaga de disparos acabó con su vida mientras conducía por el Callao.
La escena tiene algo de final de época. "Careca" recibió más de veinte impactos de bala, según los reportes difundidos tras el crimen. La Policía capturó luego a un adolescente de 17 años identificado con el alias de "Dominick", a quien las investigaciones señalan como principal sospechoso del asesinato. La edad del detenido es quizá el dato que más golpea de toda la historia. No se trata solamente del presunto autor de un crimen de alto perfil. Es la aparición de una generación que aprendió demasiado pronto los códigos del plomo.
"Careca" no era un delincuente improvisado. Su trayectoria criminal se remontaba a 2009, cuando fue vinculado a "Los Capuchas Negras", organización dedicada inicialmente a robos y posteriormente a asaltos de mayor envergadura. En 2010 fue detenido tras un frustrado asalto a una agencia del Banco de la Nación en Trujillo.
Tres años después protagonizó una fuga que todavía forma parte del prontuario policial: junto con otros reclusos, salió de la carceleta de Lurigancho vestido con saco y corbata, haciéndose pasar por abogado. Después vino otro capítulo digno de película: las autoridades detectaron que "Careca" había sido registrado como fallecido mediante documentación falsa.
Durante su tiempo prófugo, "Careca" cambió de apariencia y recurrió incluso a cirugías. En 2017, un disparo en el rostro durante un frustrado robo en Miraflores permitió su captura. La biometría terminó descubriendo lo que el nuevo rostro pretendía ocultar.
Después de cumplir condenas en establecimientos penitenciarios de máxima seguridad, "Careca" recuperó su libertad a fines de 2025. Volvió a las calles. Y menos de un año después apareció muerto.
SANGRE NUEVA
El apelativo de "Dominick" surge ahora en las investigaciones como una pieza del nuevo escenario criminal. La Policía lo vincula con la banda "Los Charlys de Breña" y sostiene que habría tenido un papel logístico en el abastecimiento de armas a organizaciones criminales.
"Dominick" también aparece relacionado, según las pesquisas policiales y reportes periodísticos, con el robo de ocho lingotes de oro ocurrido meses atrás en la Costa Verde. En aquella investigación, el adolescente ya había sido intervenido y posteriormente liberado por decisión judicial. Ahora vuelve a quedar en el centro de una investigación, esta vez por la muerte de "Careca".
"Careca" quedó abatido dentro de su auto tras recibir más de 20 disparos. En la escena, "Dominick", de 17 años, aparece capturado como sospechoso.
Aquí conviene detenerse. Tener 17 años no convierte una imputación policial en una sentencia. Su participación en el asesinato deberá ser determinada por las autoridades competentes. Lo que sí está documentado es su captura y la existencia de una investigación que lo coloca como principal sospechoso del crimen.
La historia adquiere entonces un giro inquietante. El antiguo delincuente que sobrevivió a cárceles, fugas, balas y cambios de identidad termina muerto frente a un muchacho que todavía no alcanza la mayoría de edad.
EI NEGOCIO DEL FUEGO
La Policía también ha señalado a "Dominick" como presunto proveedor de armas. En una intervención anterior, según los reportes difundidos, se le encontraron cinco armas de fuego: dos largas y tres cortas. El propio adolescente habría reconocido ser propietario del arsenal.
Ese dato conecta dos historias que hasta entonces podían parecer separadas: el robo del oro y el asesinato de "Careca". No significa que ambas operaciones tengan necesariamente una misma autoría o estructura, pero sí coloca a un mismo adolescente dentro de investigaciones sobre hechos de enorme violencia.
Es ahí donde aparece nuevamente "Los Charlys de Breña", una organización cuyo antiguo liderazgo estuvo vinculado a Diego Alonso Oré
León. Según las investigaciones policiales citadas en los reportes sobre el caso, la organización habría adquirido un papel logístico dentro de redes criminales más amplias.
La evolución resulta reveladora. El crimen organizado ya no necesita que una sola banda haga todo. Unos consiguen armas, otros adquieren vehículos, otros recopilan información y otros ejecutan. La violencia se convierte en una cadena de servicios.
LA PROMESA DE MANO DURA
El escenario coincide con el inicio del gobierno de Keiko Fujimori. El 28 de julio, durante su primer mensaje a la nación, la presidenta colocó la seguridad ciudadana como una de las prioridades de su administración y anunció un combate frontal contra la criminalidad, además de la participación temporal de las Fuerzas Armadas en operaciones de seguridad en zonas declaradas en emergencia.
Pero el crimen no espera los discursos. El Callao llegó al cierre del primer semestre con 96 homicidios registrados, según cifras del Repositorio Único Nacional de Información en Salud (REUNIS) citadas por El Comercio. El asesinato de “Careca”, ocurrido apenas días después de la llegada del nuevo gobierno, es otro episodio dentro de una violencia que no parece obedecer a calendarios políticos.
La cifra semestral, además, permite dimensionar el problema sin atribuir al nuevo gobierno responsabilidades sobre hechos ocurridos antes de su llegada. El reto de Fujimori recién empieza. La estadística, en cambio, ya venía corriendo.
LIMA SUR: LA VIOLENCIA NO SE DETIENE
Mientras en el Callao se procesaba la caída de “Careca”, Lima sur registraba nuevos episodios de violencia extrema. En San Juan de Miraflores, cerca de las 8:00 p.m., un ciudadano venezolano fue asesinado de al menos 18 disparos en la cooperativa de vivienda Humamarca. Según testimonios recogidos tras el ataque, la víctima habría sido llevada por la fuerza en un vehículo antes de ser ejecutada con armas de corto y largo alcance.
Horas antes, en Chorrillos, otro ciudadano venezolano había sido asesinado tras recibir más de 14 impactos de bala. Ambos casos son investigados por la Policía, que evalúa como una de las hipótesis la posibilidad de ajustes de cuentas vinculados a organizaciones criminales.
La violencia también alcanzó a una familia de Piura. Los restos de Leyvis Cristian Gálvez García y su sobrino Anthony Brayan Domínguez Gálvez, víctimas del cuádruple crimen ocurrido en Trujillo, fueron trasladados al asentamiento humano Los Algarrobos. Sus familiares, que los describen como trabajadores que viajaron a Trujillo para sostener sus hogares, afrontan además dificultades económicas para cubrir los gastos del sepelio.
Los deudos reclaman la captura de los responsables. Son historias distintas, pero forman parte de un mismo escenario: una violencia que cambia de territorio, de víctimas y de protagonistas mientras las organizaciones criminales buscan mantener el control de sus negocios y espacios.
EL RELEVO
Quizá por eso la muerte de “Careca” importa más allá de su prontuario. Su asesinato puede ser leído como un episodio de violencia criminal, pero también como una fotografía del relevo dentro de las organizaciones delictivas. Un hombre formado en la época de los grandes asaltos y las fugas espectaculares termina muerto. En la escena aparece un muchacho de 17 años señalado por la Policía y bajo investigación por su presunta participación. Entre ambos hay casi una generación de distancia, pero el mismo lenguaje: armas, territorios y violencia.
El problema es que la historia no termina con una captura. Si algo demuestra el Callao es que sacar un nombre del tablero no elimina el juego. Las organizaciones se reacomodan, los mandos cambian y aparecen nuevos rostros antes de que las autoridades terminen de identificar a los anteriores.
La frase “El que a hierro mata a hierro muere” puede servir para cerrar la historia de “Careca”. Pero sería demasiado sencillo quedarnos allí. Porque el verdadero desafío no es saber quién disparó, sino preguntarse por qué un adolescente de 17 años ya aparece dentro de una maquinaria criminal capaz de mover armas, participar presuntamente en operaciones violentas y terminar señalado por la muerte de un hombre con un largo prontuario.
La mano dura puede anunciarse desde Palacio. La pregunta es si llegará antes de que la sangre siga enseñando quiénes son los próximos nombres. (Edgar Mandujano)







