Entusiasmado por el éxito operacional de Resolución Absoluta en Caracas y por el amplio despliegue en Furia Épica sobre Irán, el Gobierno de Trump afina su puntería sobre la isla caribeña, monocracia marxista que en plena Guerra Fría descolocó al viejo principio de esferas de influencia y generó una crisis misilística (1962) que mantuvo al mundo en vilo de un desenlace nuclear.
La Habana castrista articuló una Dirección General de Inteligencia (DGI-MINIT) bajo el patrón del KGB soviético y la dirección de Manuel Piñero.
Los nuevos revolucionarios barbudos elaboraron la operación Manuel (1962) para llevar la lucha armada por la región y esparcir el foquismo guerrillero guevarista, teorizado por el francés Regis Debray (Revolución en la revolución, 1967). Argentina, Bolivia y Perú (instigando al MIR y ELN) fueron blanco-objetivos sesentistas inicialmente prioritarios, luego contra la Venezuela de los puntofijistas adecos, y para los ochenta con brotes en Guatemala (URNG), El Salvador (FMLN) y Nicaragua (FSLN) en pretendido efecto dominó. Los cubanos, enlaces de la Stasi de la RDA y el StB checo, movieron fichas en función de la órbita soviética.
Perú estableció relaciones diplomáticas con la Cuba revolucionaria en 1972 con el Gobierno militar de Velasco (1968-1975), siendo primer embajador de Fidel en Lima un experto en reformas agrarias: Antonio Núñez Jiménez. La relación entre el velasquismo y el castrismo fue estrecha, al igual que con el Chile allendista de la Unidad Popular (1970-1973).
En Fue Cuba (2014), el argentino Juan Bautista Yofre detalla el fundamento de la primera estrategia del PCC basada en la insurgencia, mientras que en La invasión consentida (Diego Maldonado [seudónimo], 2020) su mutación a poder soft e intervención “por invitación” en la Venezuela chavista y bolivariana, o “Cubazuela”, mutando a una diplomacia de foros y plataformas, partidarias y presidenciales, combinada con misiones sociales y de asistencia médica y humanitaria adaptada a la pos Guerra Fría y “periodo especial” tras la caída de la URSS.
Con un staff estrechamente vinculado familiarmente a Cuba, particularmente para el manejo de las relaciones con Latinoamérica, el Departamento de Estado norteamericano está embarcado hoy en un cambio político que, en versión de la oposición cubana, local y en el exilio, no parece conformarse con un limitado y reciente ejemplo “Caracas”, superficial y progresivo, de transición, sino apuntar a la estructura y colapso total del régimen instaurado hace 67 años atrás, hoy en modo “resistencia creativa”.






























