Me vi de un tirón Moria, la serie de ocho episodios de Netflix sobre la diva argentina y hay algo que me resulta mucho más interesante que su propia historia, y es su falta de pudor para contarla. Moria no se protege. Habla de sus amantes, de la cocaína, de sus excesos y contradicciones y de ese mundo del espectáculo en el que las luces, la frivolidad, el poder, el dinero y la miseria humana conviven detrás de las cámaras. Y cuenta también algo todavía más brutal: que fue víctima de abuso sexual por parte de su abuelo.
La serie es una ficción inspirada en su vida, pero Moria ya había contado buena parte de ella en su autobiografía MeMoria, publicada en 2012. Es decir, antes de que Netflix pusiera las cámaras sobre su historia, ella ya había hecho algo que para una persona pública debe ser dificilísimo: poner por escrito aquello que normalmente se esconde.
Hay, sin embargo, una zona de Moria que la serie no cuenta y que en estos días la prensa argentina ha vuelto a recordar: su incursión en la política. En 2005 fue candidata a diputada nacional por el Movimiento Federal de Centro, después de haberse acercado a Carlos Menem. Y en aquellos años dejó declaraciones bastante desafortunadas sobre la dictadura y los desaparecidos, en buena medida desde su cercanía al mundo militar —su padre era suboficial— y su afirmación de que tenía muchos amigos militares.
Es una parte incómoda de su biografía que también forma parte de quién fue, y resulta interesante que haya quedado fuera de una serie que se ha atrevido a mostrar cosas muy fuertes. Y es que contar la intimidad más escandalosa también puede ser una forma de exposición, pero contar aquello que puede hacerte quedar mal políticamente es otra cosa. Quizás ahí esté una de las pruebas más difíciles de la verdadera honestidad autobiográfica.
Cuando hablo de honestidad biográfica, pienso en las biopics que se han hecho en el Perú, sobre todo de personajes populares, y hay una tendencia inevitable a convertirlos en héroes. Casi siempre encontramos a alguien que vino desde abajo, sufrió mucho, tuvo una infancia difícil, luchó contra la pobreza, trabajó incansablemente, venció todos los obstáculos y llegó al éxito. Y, por supuesto, las zonas oscuras aparecen poco o no aparecen.
Porque una persona puede haber sido pobre y también ambiciosa. Puede haber sido víctima y victimaria. Puede haber amado y hecho daño. Puede haber tenido talento y ser insoportable. Puede haber sido generosa y egoísta. Puede haber cometido errores que no caben en el relato edificante que queremos construir después de su éxito.
Y entonces inevitablemente me pregunto: ¿podríamos hacer algo parecido a Moria en el Perú? Personajes sobran y no es necesario que los mencione, pero hay alguien dispuesto a contarlo todo, sin reservarse el derecho de ser siempre la que juzga y nunca la juzgada.
Solo se me ocurre una: Susy Díaz. Si hay una mujer cuya vida prácticamente se convirtió en un reality antes de que los realities fueran una industria, es ella. Sus romances, sus matrimonios, sus extravagantes maridos, las peleas, los escándalos, las historias de vecindario, la brujería, la televisión, sus frases y esa extraordinaria capacidad para sobrevivir al ridículo convirtiéndolo en espectáculo y el plus que le faltó a Moria: su paso por el Congreso y la política, donde obviamente debe de haber un material desconocido, aún más interesante.
Material hay de sobra. No solo lo que ya sabemos, también lo que no sabemos. Lo que ocurrió detrás de las cámaras. Las decisiones equivocadas. Los miedos. Las ambiciones, las traiciones, las heridas, las cosas de las que se arrepiente. Lo que quizá todavía le cuesta admitir.
Y ese, creo, es el gran reto de un biopic peruano, pero de verdad, con una producción como la de Netflix, o incluso con la idea de hacerlo para la plataforma.





