No siempre entra haciendo ruido. A veces llega disfrazada de timidez, de “ya se le pasará”, de un adolescente que evita hablar en clase o de un adulto que posterga llamadas, reuniones y cualquier escena donde pueda sentirse observado. Pero la ansiedad social, cuando se instala, no solo enfría la conversación. Empieza a recortar la vida.
Medios locales recogieron la alerta de EsSalud sobre el aumento de casos de estrés, ansiedad y fobia social en menores. El dato abre una pregunta más incómoda que estadística sobre qué tipo de convivencia se está incubando cuando hasta mostrarse puede sentirse como una amenaza.
Aprender a vivir bajo examen
La psicóloga María del Carmen Menéndez, quien también observa el crecimiento de esta problemática en sus pacientes, propone mirar el fenómeno sin reducirlo a una simple timidez ni a una supuesta fragilidad generacional. “La ansiedad social parece presentarse hoy con mayor intensidad en niños y adolescentes peruanos debido a un cambio importante en la forma en que se relacionan”, señala.
Ya no se trata solo del aula, la calle o el recreo. “Actualmente, se desarrolla en un contexto híbrido, en el que la interacción ocurre tanto en el mundo presencial como en el entorno digital”.
Ese cambio altera también la forma en que se construye la autoestima. Menéndez advierte que “una parte importante de la identidad social se construye en plataformas digitales”, donde el valor propio puede quedar atado a likes, comentarios o seguidores. En niños y adolescentes, añade, el impacto es mayor porque todavía están desarrollando herramientas de regulación emocional, mientras “los sistemas de sensibilidad social y búsqueda de aceptación están especialmente activos”.
La costumbre de evitar
La pandemia aceleró esa fragilidad. El encierro desplazó buena parte del vínculo humano al entorno digital y, aunque la presencialidad volvió, no todos regresaron iguales. “La pandemia marcó un punto de inflexión en la forma en que niños y adolescentes se relacionan con el mundo y con los demás”, resume la especialista.
Durante esos años, dice, muchos menores desarrollaron con rapidez habilidades tecnológicas, pero también quedaron sometidos a “una exposición intensa y muchas veces poco regulada a contenidos digitales y redes sociales”.
Su advertencia no se queda en los menores. “El trastorno de ansiedad social se caracteriza por un miedo intenso y persistente a situaciones en las que la persona puede ser evaluada por otros”, dice sobre los adultos. Y eso no ocurre solo en escenas extremas. Puede aparecer “en reuniones de trabajo, de amistad o hasta en familia”, al expresar desacuerdo, iniciar conversaciones o hacer trámites.
A veces ya ni se reconoce como problema, porque termina confundido con personalidad. “Muchas veces, los adultos han convivido durante años con estos temores en silencio”, afirma, hasta convertir la evitación en costumbre.
Menéndez Arana sostiene que buscar ayuda profesional permite “comprender el origen de estos patrones, desarrollar recursos de autorregulación emocional, fortalecer la comunicación asertiva y construir experiencias de interacción social más seguras”.
En el caso de niños y adolescentes, añade que padres y docentes deben cumplir un rol activo, no solo corrigiendo conductas, sino orientando, poniendo límites claros y promoviendo vínculos basados en el respeto, la empatía y la responsabilidad sobre el efecto de las propias palabras. La clave no está en empujar a alguien a soltarse a la fuerza ni en minimizar lo que siente, sino en detectar a tiempo cuándo el miedo empieza a dictar la vida.








