Escrito por: Juan Vidal
La encontró en la Costa Verde, inmóvil y a merced de los autos. Era 2017 y Claudia Orihuela pasaba por la bajada de Armendáriz cuando vio a una gatita abandonada a su suerte. No lo pensó dos veces. Se detuvo, la rescató y la llevó al veterinario. Aquella decisión terminó cambiando su vida.
“La rescaté porque estaba en un estado delicado. La llevé al veterinario, la curaron y la dejaron bien. Ese momento me cambió la vida y decidí adoptarla”, cuenta a Ellos&Ellas.
Abogada, activista animalista y hoy madre de cinco gatas, Claudia lleva más de 15 años dedicada al rescate. Para ella, convivir con un felino exige entender una forma distinta de afecto. “Tener un gato es amar de una manera independiente; si lo fuerzas a quererte, probablemente no se acerque. Si le das su espacio, lo tratas con amor y respeto, el gato te va a buscar”, explica.
Con el tiempo, ese aprendizaje se convirtió en una misión. No solo rescatar, sino también educar sobre lo que implica realmente convivir con un animal que no responde a la lógica de la obediencia, sino a la del vínculo voluntario. “Los gatos no son mascotas tradicionales, son compañeros que eligen estar contigo”, añade.
Café con propósito
De esa vocación nació Gatú Cat Café, en Miraflores. El lugar ofrece capuchinos, waffles y postres, pero su verdadera historia está detrás de la mampara: una zona especialmente acondicionada para gatos rescatados que esperan una familia.
“Gatú Cat Café nos ayuda a hacer sostenible nuestro centro de adopciones, que es la zona de Gatú donde están los gatitos que han sido rescatados. En dos años y medio hemos logrado 110 adopciones desde que abrimos”, relata Claudia.

refugio temporal de decenas de felinos.


El espacio también está pensado para quienes no necesariamente son catlovers. “Tenemos dos espacios totalmente separados. Uno es la zona de cafetería, donde la gente puede comer y tomar lo que desea. Y luego está la zona Gatú, donde están los gatitos. Las personas pueden interactuar con ellos, así como también pueden verlos a través de la mampara”, detalla.
La idea no es solo ofrecer una experiencia distinta, sino también generar consciencia. Cada visita se convierte en una oportunidad para que alguien que nunca pensó en adoptar termine llevándose a casa una historia nueva.
El café financia el cuidado veterinario, la alimentación y la recuperación de los gatos rescatados, convirtiendo cada consumo en parte del proceso de rehabilitación.
Los Verdaderos Anfitriones
Después llega la parte imprevisible. Los gatos curiosean, recorren el lugar y convierten cualquier cartera o bolsa en objeto de investigación. “Los gatitos, cartera que ven, cartera donde quieren meterse. Son traviesos, curiosos, no hay un día aburrido con ellos. Siempre hay una nueva anécdota que contar. Tener un gato es algo maravilloso, lo recomiendo 100%”, dice Claudia.
En el café, el orden humano se diluye. Los horarios se adaptan a los ritmos felinos, los silencios se vuelven parte del ambiente y las reglas parecen dictadas por quienes caminan sin prisa entre mesas y cojines. Algunos visitantes llegan por curiosidad, otros por amor a los animales, pero muchos se van con algo más: la posibilidad de adoptar.
Quizá esa sea la gracia de Gatú Cat Café: uno entra buscando una taza de café y termina descubriendo que, por un momento, los gatos tienen la última palabra. Y algunos, incluso, pueden estar esperando que esa visita sea el comienzo de una nueva vida.

















