





El Ollanta Humala de polo blanco llegó al poder el 2011 con una amplísima base de apoyo. Sus votos comprendían desde las bases cocaleras del VRAEM y el etnocacerismo de Antauro Humala hasta el progresismo caviar, los exmilitantes de la izquierda ochentera y el centro liberal del entorno de Mario Vargas Llosa. Un verdadero cajón de sastre que anunciaba un caos cantado para los primeros meses del gobierno. Y así fue.
El pase de la gran transformación a la hoja de ruta fue traumático, con juramentación en San Marcos y todo. La presión mediática contuvo el huaico de expectativas. Los lineamientos de la moderación fueron de la tecnocracia caviar. Y el primer gabinete fue encabezado por Salomón Lerner Ghitis.
En diciembre del 2011, apenas cinco meses después de asumir, dimite el gabinete Lerner. La falsa disyuntiva del proyecto minero Conga marcaría el gobierno a fuego. La consigna fue elegir entre agua y oro. Y al final fue un parteaguas entre las dos alas del propio Ejecutivo.

Los garantes sostuvieron al naciente gobierno en crisis. Pero el golpe de timón ya había empezado. La creación del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS) en octubre del 2011 fue parte tácita de esa negociación. Casi la cuota asistencialista del recientemente remozado exradical en el gobierno.
La otra parte de la transición estuvo encarnada por Nadine Heredia, elemento clave en la moderación de Humala. Su esposa fue importante en ese viraje. Y acaso un antecedente preclaro de la frivolización de Dina Boluarte.
Las protestas en Espinar y Cajamarca pusieron al Gobierno de rodillas. Y los escándalos no se hicieron esperar. El caso PRONAA, la crisis de los vicepresidentes y la ley de consulta previa fueron dolores de cabeza tanto dentro como fuera del Gobierno. Ya con el premier Óscar Valdés a la cabeza y una renovación del gabinete, la captura de “Artemio” le dio algo de aire al humalismo. Allí estaba el entonces ministro de Defensa y futuro premier de Boluarte, Alberto Otárola.

A mitad de aquel 2012, Juan Jiménez Mayor asumió el premierato. Y hubo un largo período de calma chicha. Ya en el 2013, la toma de mando de Nicolás Maduro demostró que algo había cambiado en la región. Sin el fin de Hugo Chávez, quizás el Ollanta de polo blanco jamás habría existido.
Y ya entonces se hablaba del nuevo polo de influencia sudamericano: el Partido de los Trabajadores de Lula, que había sido clave para el triunfo de Humala, como luego se evidenció judicialmente.
Luego llegarían René Cornejo, Ana Jara y la censura. Y el Gobierno ya daba luces de haber perdido el rumbo. En el fondo, se hablaba del gabinete Nadine. Y el “gobierno conyugal” acuñado por Alan García se enfrentó abiertamente con el APRA. Ambos partidos aseguraron su futura demolición en una campaña de mutuo desprestigio.
La conclusión dejó un sinsabor. Ollanta Humala se moderó y dejó a los compañeros de ruta radicales, pero en el camino perdió el rumbo. Si bien mantuvo su juramento democrático y no indultó a su hermano, también propició la desaceleración del crecimiento económico, el estancamiento de la minería y la parálisis en las obras de infraestructura en todo el país. No lo sabíamos entonces, pero era el primer atisbo de la futura crisis.
Tras la frustración del Gobierno de PPK, el caos pandémico y la traición del golpista Martín Vizcarra, se abrió la caja de Pandora. Y luego vino la última plaga. Pedro Castillo despuntó y llegó a Palacio. Pero esta vez no hubo hoja de ruta ni garantes. Los pocos que intentaron morigerarlo fueron usados, paseados e ignorados.
Y el progresismo no se ruborizó para apoyar a un radical que no anunciaba una gran transformación propia. En ese sentido, la comparación es injusta. Si Ollanta Humala era un exmilitar con tintes velasquistas, Pedro Castillo era un abierto aliado del MOVADEF. Grandes diferencias.
Castillo no anunció una moderación. No fue necesario. La izquierda progresista, radicalizada por la crisis, se trepó al carro chotano e intentó copar el naciente Gobierno. Pero dentro ya había cuotas de la minería ilegal, el narcotráfico, el magisterio del FENATEP y otros aliados de turno.
El primer gabinete fue ya una declaración de principios. Ni Jorge Nieto ni Manuel Rodríguez Cuadros. El premier fue Guido Bellido. Y eso fue suficiente para entender el mensaje: Castillo se mantendría en sus trece.
El caos en la “repartija” de poder fue patente desde el saque. Fueron meses perdidos sin rumbo y sin un claro plan de viaje. Luego, el gabinete Mirtha Vásquez solo ahondaría en el sinsentido, añadiéndole la cuota antiminera y la crisis económica. Hubo cambios en Interior, Defensa y Educación. Y el premier Héctor Valer fue una fugaz ave de paso.
Tras meses de tumbos y resbalones, llegaría el gabinete de Aníbal Torres. Y fue un reseteo a los inicios. Y finalmente asumiría Betssy Chávez. Luego llegaría el golpe y el resto es historia conocida.
Castillo nunca dejó su raigambre radical, pero claudicó clamorosamente al intentar administrar las cuotas para sus aliados. Su presunta moderación fue un engañamuchachos. Y su entorno magisterial primó sobre sus aliados progresistas. Tras el golpe fallido, las caravanas de la minería ilegal hicieron lo suyo en las sucesivas “Tomas de Lima”. Y los ronderos, machete en mano, evidenciaron las fuerzas de choque que tenía el Gobierno para imponer su ley en la calle, a falta de bancada en un Congreso que ya lo había vacado.
Lo que ahora se ve con Sánchez solo anuncia una reedición del caso Castillo, en el caso hipotético de un futuro gobierno suyo, aunque ciertamente el congresista y exministro tiene mucho más maña política y muñeca para cubiletear en el Parlamento.
Y, sin embargo, la moderación sigue siendo un albur. Un vacío que deberá ser llenado por los mejores cuadros dentro de las limitaciones de su entorno. Lo mismo aplica para Keiko Fujimori, de ser el caso.
















