Un necesario relevo

Cuarenta y siete artistas de todo el país reunidos en Perú Emergente 2026, Casa Fugaz, Monumental Callao. El esfuerzo realizado por su directora, Leyla Aboudayeh, merece nuestro reconocimiento.

por Luis Lama

Escribe: Luis E. Lama.

EL sistema artístico peruano tiene una deuda con las nuevas generaciones. Hay muy pocos espacios donde los jóvenes artistas, especialmente los que trabajan en el interior del país, pueden mostrar su obra, confrontarla con la de otros y entrar en contacto con los demás. Existen algunos concursos, convocatorias esporádicas o iniciativas aisladas de algún curador iluminado, pero siguen siendo excepciones. Faltan proyectos capaces de ofrecer una visión de conjunto de quienes empiezan a construir el futuro del arte peruano.

Perú Emergente 2026 intenta cubrir ese vacío. Reúne en Casa Fugaz a cuarenta y ocho artistas de distintas regiones del país y de trayectorias diversas, en una muestra concebida como la primera edición de un encuentro periódico dedicado exclusivamente al arte emergente. Más que una exposición, constituye el primer panorama de una generación que comienza a ocupar su lugar, sin desplazar por eso a la anterior. Cada uno tiene su lugar.

La iniciativa tiene un antecedente. Durante las Bienales de Lima existió “El último lustro”, una sección reservada a los artistas que habían iniciado su actividad en los cinco años anteriores. Aquella experiencia se repitió después en la Sala Miró Quesada y permitió descubrir a muchos autores que luego desarrollaron sólidas trayectorias. El relevo generacional no ocurre por sí solo. Necesita plataformas de confrontación y de diálogo. Si el arte es comunicación, su contacto con el público constituye la culminación de todo proceso creativo.

Casa Fugaz permite ahora reunir a más artistas y ensanchar la mirada sobre el arte peruano actual. Por eso, uno de los mayores méritos de esta exposición consiste en romper, aunque sea parcialmente, el viejo centralismo cultural para mirar hacia el interior del país. No es una tarea sencilla. Las distancias siguen siendo enormes. La mayoría de las veces simplemente no sabemos qué está ocurriendo fuera de Lima. En un medio donde la circulación de las obras sigue dependiendo, en gran medida, del esfuerzo individual y de recursos siempre insuficientes, reunir a limeños con nuevos artistas radicados en Arequipa, Ayacucho, Cajamarca, Cusco, Trujillo… en un mismo espacio constituye un logro que merece destacarse.

Es sorprendente el nivel del conjunto, la diversidad de los lenguajes y las distintas miradas sobre el país y nuestro tiempo. Más allá de sus diferencias, todas las obras comparten un mismo rigor: la solidez de las propuestas y el renovado interés de esta generación por el buen hacer. Durante años se difundió la idea de que el arte contemporáneo debía romper con toda tradición y sustituir la técnica por el concepto. Era una falsa disyuntiva. Las mejores obras aquí reunidas —me abstengo de nombrarlas— demuestran que la experimentación solo resulta convincente cuando existe un dominio de los recursos del artista. Ninguna idea sustituye el conocimiento de la tradición, de la sociedad o de la historia.

En esta muestra no tiene sentido establecer jerarquías. Aquí conviven la pintura, la fotografía, el dibujo, la instalación y el objeto con absoluta naturalidad. Sí se extraña el video tan importante en décadas anteriores. Cada uno se expresa en el medio que mejor se adapta a sus requerimientos. Ellos han dejado de sentirse obligados a inscribirse en escuelas o manifiestos y construyen un lenguaje propio a partir de su visión del mundo. Esa ausencia de tendencias hegemónicas ya no es exclusiva del Perú. También define buena parte del arte internacional.

El mayor reto para Casa Fugaz será darle continuidad a esta iniciativa. Los proyectos dedicados a las nuevas generaciones suelen desaparecer con la misma rapidez con la que nacen. Si Perú Emergente logra consolidarse como una cita periódica e incorporar progresivamente a creadores de las regiones más alejadas del país, habrá cumplido una tarea que trasciende largamente la organización de una exposición.

Esta debería ser una responsabilidad del Estado. Difícil imaginar al Ministerio de Cultura asumiéndola. Su fragilidad es conocida y la Comisión de Cultura del próximo Congreso ha terminado absorbida por Educación y Deporte. Tampoco es una gran pérdida: nunca desempeñó un papel decisivo. Corresponde ahora a la iniciativa privada asumir ese desafío.

No es posible que cada fin de año, en las exposiciones de las escuelas de arte, descubramos a tantos egresados de enorme talento, la mayoría de los cuales, poco tiempo después, termina diluyéndose en el olvido. Las obligaciones, la familia, los hijos y, en definitiva, la necesidad de asegurar el futuro los empuja a dedicarse a otros oficios. El resultado es profundamente frustrante, tanto para ellos como para quienes seguimos su trabajo desde el inicio.

Por eso, las empresas tienen hoy una oportunidad excepcional: apoyar iniciativas que permitan promover a los artistas jóvenes y acompañarlos en el inicio y la consolidación de sus carreras. Pocas inversiones pueden resultar más valiosas para el futuro de la cultura peruana.

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