Hay algo particularmente revelador en la pelea entre Magaly Medina y Víctor Caballero, conocido como “Curwen”. No por el ampay, la infidelidad o el interminable espectáculo alrededor de una relación ajena, que es algo que, realmente, no le debería importar a nadie, sino porque Magaly acaba de meterse con una generación que no funciona con las reglas que ella conoce y que ni siquiera necesita a la televisión para responderle: la generación de los streamers, youtubers, tiktokers y demás creadores digitales.
Durante años, Magaly ha construido buena parte de su poder en la televisión desde un lugar, aparentemente impune, en el que persigue, juzga, sentencia y convierte la vida privada de otros en su show. El problema aparece cuando esa lógica se enfrenta a personas que tienen sus propias plataformas, sus propios públicos y, sobre todo, la pPatrciosibilidad de responderle inmediatamente y sin pedirle permiso a nadie. Y “Curwen” lo acaba de demostrar.
Él no recurrió a una demanda, tampoco se quedó en las burlas, ni en los memes. Le puso sobre la mesa algo mucho más serio que un ampay: la carpeta fiscal 364-2024, una investigación por presunto tráfico de influencias que alcanza a Andrés Hurtado, “Chibolín”, y a la expresidenta de la Corte Superior de Justicia de Lima, María Delfina Vidal La Rosa. Y en esa investigación aparece Magaly Medina.
Según la hipótesis fiscal, Hurtado habría ofrecido utilizar sus influencias para conseguir que fueran removidas las dos juezas que tenían a su cargo los procesos iniciados por Jefferson Farfán contra Medina. Las magistradas fueron efectivamente cambiadas y una de ellas tenía programada, pocos días después, la lectura de una sentencia contra la conductora.
De confirmarse el tráfico de influencias, Magaly podría pasar de ser testigo en ese juicio a ser acusada, y estaría en serios problemas. Después de haber perdido varios juicios por difamación y, en el caso de Farfán, incluso con una condena que terminó con una pena de prisión suspendida y convertida en jornadas de servicio comunitario (que según el exfutbolista no cumplió), es imposible no preguntarse lo siguiente: ¿hasta cuándo puede funcionar la lógica de que para ella todo es espectáculo mientras las consecuencias jurídicas parecen quedar siempre para después?
Y ahora ha abierto una caja de Pandora, porque una cosa es atacar a alguien que depende de la televisión para responder y otra muy distinta es hacerlo con alguien que tiene una comunidad digital detrás, conoce perfectamente las reglas de ese territorio y no necesita la aprobación de un gerente o de algún jefe para sentarse frente a una cámara y responder con investigaciones, datos, preguntas y seguir exponiéndola quién sabe cuándo, ya que “Curwen” no parece tener intenciones de dejarlo ahí.
Eso descolocó a la conductora y, en su intento por descalificar a quienes hacen contenido en internet, terminó metiendo en el mismo saco a una generación entera. Como si los streamers, tiktokers y youtubers fueran simplemente chibolos haciendo tonterías en internet y no protagonistas de una transformación gigantesca en la manera de informar, entretener, opinar y construir audiencia. No es casualidad que muchos políticos del mundo entero hayan basado sus campañas para llegar incluso a ser presidentes en redes sociales. Querer ignorar eso es como querer tapar el sol con un dedo.
Y, mientras todos discuten si engañaron o no a “Curwen”, hay una pregunta bastante más interesante: ¿quién engaña a quién cuando una sociedad permite que el chisme ocupe el espacio que deberían ocupar la inseguridad, la corrupción, el Niño, las decisiones del Congreso y tantos otros problemas que afectan directamente nuestras vidas?