Hace medio siglo, un grupo de muchachas de entre 16 y 20 años decidió lanzarse al vacío –literalmente– para convertirse en las primeras paracaidistas del Ejército Peruano. Era 1975, decretado por la ONU como el Año Internacional de la Mujer cuando el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado autorizó una convocatoria inédita: permitir que las mujeres entren a la entonces División Aerotransportada, fundada en 1969. Se presentaron mil, fueron seleccionadas 600 y finalmente quedaron 225. Todas ellas se graduaron bajo el nombre de Promoción Micaela Bastidas Puyucahua.
“Éramos el terror de nuestros padres”, dice Lourdes Alvan. Al ingresar, algunas todavía estaban en secundaria, otras, como ella en su primer ciclo universitario y también había esposas de oficiales. El entrenamiento era fuerte, “como si nos quisieran ver llorar. Estaban convencidos de que las mujeres no resistiríamos, pero resistimos”, agrega Martiza Rivas, presidenta de la Asociación de Damas Paracaidistas Militares del Perú (ASODAPAM).

Ellas ingresaron casi de manera casual. Ambas cursaban el primer ciclo de psicología en la universidad y tenían como tarea hacer un trabajo sobre la diferencia entre el temor, miedo y pánico. Se acercaron a la escuela de paracaidismo porque conocían a alguien que se había inscrito, y sin que las dejaran hablar, terminaron haciendo la prueba de ingreso. Ellas recuerdan a los instructores “con cara de malos y puro grito”. Como ellas no estaban acostumbradas a ese trato, terminaron corriendo y hasta saltando de la torre de cinco pisos para demostrar “su valor”. Les repetían: “Quien domina la torre, domina el aire”. Ambas recuerdan la emoción que sintieron aquel día.
Los entrenamientos eran fuertes y la prueba definitiva llegó meses después: el salto desde los aviones Buffalo en Lomo de Corvina, cargando 20 kilos de equipo. Para poder graduarse tenían que hacer cinco saltos obligatorios. Fue el primer salto masivo íntegramente femenino del mundo. Nadie lo registró en los Récords Guinness, pero quedó grabado en la memoria de las protagonistas.

Detrás de la épica, había también una lectura política: en esos años había tensión con Chile y se acercaba el aniversario de la Guerra del Pacífico. Después, en los años 80 el Ejército decidió llamar a las mujeres debido al ausentismo varonil que existía.
Para las jóvenes, sin embargo, era aventura, orgullo y un acto de rebeldía. Iban a escondidas, las madres rezaban rosarios y los padres se enteraban demasiado tarde. Pero “cuando nos vieron desfilar uniformadas el 28 de julio, con el fusil al hombro, muchos dejaron escapar el orgullo por los ojos”, dice Diana Temoche que perteneció a la tercera promoción Tomasa Tito Condemayta de 1989.




La historia no fue lineal. Tras la primera promoción hubo dos más (1976 y 1989). Después ya no hubo una convocatoria exclusiva para mujeres paracaidistas aparentemente por falta de presupuesto. La normativa que abrió oficialmente las puertas a la carrera militar femenina recién llegó en 1993, durante el gobierno de Alberto Fujimori. Para entonces, las pioneras de los 70 habían sido olvidadas y solo desde 2010 comenzaron a ser reconocidas como “Damas Paracaidistas Militares”.
Hoy, medio siglo después de haberse graduado, ellas mismas han tejido su memoria. Formaron en 2021 la Asociación de Damas Paracaidistas Militares del Perú (ASODAPAM) donde unen estas tres promociones femeninas, con personería jurídica.

Su objetivo no es económico, sino histórico: rescatar su lugar en el Ejército y compartirlo con las nuevas generaciones. “Queremos que sepan que existimos, que rompimos esquemas cuando parecía imposible. Y que la mujer peruana ha demostrado, una y otra vez, que se adapta y resiste”, dice Maritza Riva.
El aniversario número 50 las encuentra entre reencuentros y homenajes. El 18 y 19 de septiembre habrá un congreso y una ceremonia castrense en Lima, donde esperan juntar a civiles y militares. No quieren centrarse en lo bélico, dicen, sino en lo humano: en cómo esas jóvenes que alguna vez corrieron con tacos en la pista o saltaron al vacío con los nervios de punta, se convirtieron en símbolo de resistencia, disciplina y libertad.
“Éramos apenas adolescentes y nos creíamos las más valientes. Hoy comprobamos que lo fuimos”, señala Lourdes Alvan. Medio siglo después, las pioneras del aire reclaman su sitio en la historia militar y en la memoria del país. (Diana Zileri)















