Escribe: Rodrigo Chocata Reyes
No todos los días uno coincide con un campeón del mundo recorriendo la Vía Expresa. Ocurrió la tarde del pasado 24 de enero, bajo el cielo gris de Lima. Mientras un ómnibus morado avanzaba con fluidez rumbo al Estadio Alejandro Villanueva, en La Victoria, los pasajeros del Metropolitano, acostumbrados a la monotonía del viaje, no daban crédito a lo que sus ojos veían en la vía contigua.
A solo unos metros, avanzando a la misma velocidad y separado apenas por un vidrio, iba Lionel Messi. La escena rozaba lo surrealista. Oficinistas y estudiantes pegaban sus teléfonos a las lunas, golpeaban el cristal y, en una súplica casi cómica, rogaban al propio chofer que no se detuviera en ninguna estación, que mantuviera el ritmo para no perder de vista al hombre que ha hecho de lo extraordinario una rutina.
Y es que la admiración no entiende de lógica ni de rutas, pero sí entiende de memoria. Lima ya había sido testigo de este fenómeno a lo largo de los años, como cuando el antiguo aeropuerto Jorge Chávez colapsó por una multitud eufórica solo para verlo cruzar una puerta en diversas oportunidades.
El Inter Miami de Estados Unidos pisó suelo peruano invitado para la Noche Blanquiazul. Aunque la fiesta, los fuegos artificiales y los cánticos eran para Alianza Lima, los ojos de gran parte del país estaban puestos en el invitado de honor.
Ya dentro de Matute, la atmósfera era eléctrica. Faltaba media hora para las cinco de la tarde cuando unas voces eufóricas bajaron desde la tribuna de oriente y contagiaron al resto del estadio. El equipo local ya realizaba sus ejercicios precompetitivos, pero las miradas se desviaron hacia el túnel. Lionel Andrés Messi Cuccittini trotó al campo y, por un instante mágico, las rivalidades desaparecieron. Las camisetas blanquiazules y las rosadas se fundieron en un solo aplauso sostenido. Grandes y chicos, abuelos que vieron a Maradona y nietos que crecieron con YouTube, todos cayeron rendidos ante el “10”.
El partido fue la excusa perfecta para verlo en acción en carne y hueso. Verlo caminar la cancha, ese trote cansino que engaña a los defensores, para luego acelerar y romper las leyes de la física, fue una lección en vivo. Jugó 70 minutos. Sin embargo, el momento más humano, el que resume el porqué de tanta locura, ocurrió cuando el árbitro pitó el final.
Alan Cantero, jugador aliancista, dejó de ser colega y rival para volver a ser lo que todos somos en el fondo: un hincha. Se acercó a Messi en medio del tumulto, le enseñó un tatuaje de su propia piel y le pidió la camiseta. No fue el pedido de un contrincante, fue el tributo de quien se sabe ante un referente máximo.
Esa imagen final nos recuerda que no hay edad para la admiración. Pueden ser nuestros padres, héroes anónimos o figuras lejanas que, sin saberlo, nos impulsan a mejorar. Messi es uno de esos pocos elegidos que trascienden el deporte. Esa noche, Lima no solo vio un partido de fútbol; vio pasar la historia frente a sus ojos, a la misma velocidad que un bus del Metropolitano.




























