Por: EDUARDO BRUCE MONTES DE OCA
El arbitraje entre la Municipalidad Metropolitana de Lima y Rutas de Lima es conocido por sus laudos millonarios. Mucho menos se sabe de un episodio escandaloso: la forma en que la Municipalidad arremetió contra los árbitros del tribunal.
Todo indica que lo hizo para castigarlos por resoluciones ajustadas a derecho, pero adversas a sus intereses. Lo que sigue reconstruye esas presiones de la gestión de Rafael López Aliaga a partir de documentos de la Corte Permanente de Arbitraje (CPA), del propio tribunal y de la justicia federal de Estados Unidos.
El 30 de enero de 2023, la municipalidad designó a Elvira Martínez Coco como su árbitra en el tercer arbitraje con Rutas. Completaban el tribunal, el italiano Luca Radicati di Brozolo, como presidente, y el español David Arias, designado por Rutas.
En su accionar, Martínez Coco actuó como exige el reglamento: como juzgadora independiente, no como abogada de parte. Suscribió tres decisiones adversas a Lima, todas con sólido sustento jurídico.
• La medida de emergencia (24 de marzo de 2023). El tribunal concedió a Lima la prórroga que pidió para responder a la solicitud cautelar de Rutas, pero le ordenó mantener el statu quo mientras tanto, para que no avanzara en la caducidad del contrato. La CPA concluyó después que la decisión equilibraba los intereses de ambas partes.
• La competencia del tribunal (19 de mayo). La Resolución Procesal n.° 3, unánime, lo declaró competente para decidir sobre la terminación. Lima alegaba que la controversia no superaba el umbral contractual de US$ 10 millones, aunque su propio Concejo había estimado en US$ 262 millones la compensación por terminación.
• La suspensión de la caducidad (13 de junio). La Resolución Procesal n.° 5, también unánime, suspendió la caducidad mientras durara el arbitraje, semanas antes de que se hiciera efectiva. La CPA la calificó después como fruto de un análisis minucioso y cauteloso.
Siete días después, el 20 de junio, la procuraduría municipal denunció penalmente a los tres árbitros. Según la CPA, invocó presuntos delitos vinculados a la fijación de sus honorarios, los mismos que la municipalidad había aceptado dos meses antes al firmar el acta de instalación. El alcalde acusó en público a cada árbitro de cobrar US$ 500 000 por la cautelar. Esa aseveración es falsa, ningún arbitro había cobrado a la fecha, y la cuantía del honorario era conocida documentariamente por la MML.
La doctora Martínez Coco renunció. La secuencia es elocuente. La denuncia no siguió a un hallazgo, sino a una decisión adversa, y apuntó a un acuerdo que la propia Lima había suscrito. Su efecto recayó sobre Martínez Coco, la más expuesta a la justicia peruana: Martínez Coco renunció el 13 de julio, mientras Radicati di Brozolo y Arias siguieron en sus cargos.
Según la CPA, la fiscalía archivó la investigación contra Radicati di Brozolo y Arias en agosto de 2024, aunque la reabrió en febrero de 2025 a pedido de la Procuraduría Anticorrupción. Sobre Martínez Coco, los documentos públicos guardan silencio.
Recurrir a la vía penal contra una juzgadora después de que votó en contra es una presión incompatible con la ética exigible a cualquier litigante, y más aún a una entidad pública. El mensaje para todo árbitro designado por el Estado es inquietante: votar con independencia puede costar una denuncia.






