La afrenta brotó exactamente donde el Estado presume ejercer control absoluto: frente a la puerta de un penal. Una caja de cartón, un manuscrito dirigido a la mandataria Keiko Fujimori y una intimación a mano armada devolvieron a Ancón II al primer plano del espectáculo político. El episodio sobrevino tras semanas de requisas que desenterraron decenas de celulares y routers clandestinos en Ancón I, reavivando la sospecha de que el crimen aún gobierna tras los muros.
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