Shakespeare puede ser versionado con libertad e incluso audacia. Los clásicos suelen provocar esas modalidades de comprensión y, desde ese vértice creativo, dar un giro a las posibilidades que ya en sí mismas son desafiantes en una historia de amor de esta magnitud. Sin embargo, entre lo declarativo y el resultado final puede haber una brecha tan inmensa que no solo distorsiona el original, sino que lo convierte en algo irreconocible.
Y eso es lo que, lamentablemente, sucede en las tablas del Teatro Municipal. Una escenografía extraordinaria abre el telón y, acaso, anuncia una estética inolvidable, además de marcar el trasfondo psicológico del elenco, en particular de la pareja más legendaria de las tragedias universales. Las claves parecen evidentes, donde el vuelco hacia el lado más oscuro de lo humano debería surgir con su arquitectura metafísica y su travesía hacia capas más profundas. Pero en vez de cruzar lo recóndito y reflexionar desde lo abismal, los personajes, inmovilizados físicamente por la desmesurada colocación escenográfica, recitan y no actúan; monologan y no interaccionan lo suficiente. En consecuencia, estamos ante un concierto de palabras desposeídas de la poesía shakesperiana, vaciadas dramáticamente del poder seductor de la historia de un amor imposible que desaparece; la preciosa infraestructura construida se convierte en el personaje principal y a la vez en el mayor obstáculo.
Ocurre así un colapso: la más famosa y conmovedora forma de amar se disuelve sin emocionar, transformada en un experimento personal y narcisista en el que el autor inglés y su potencia dramática se han diluido. Desde el tono de voz cansino, monótono y en varios momentos chillón (Romeo convertido en plañidero y sin aflicción consecuente), hasta una inexplicable composición de angelitos negros y blancos como voces consejeras maniqueas, sin los matices complejos que exige la congoja y el desconsuelo de la imposibilidad amorosa. De ese modo, no hay relatos de escollo ni de contrariedad, sino desconciertos superficiales donde la representación queda superpuesta y confusa: no se sabe si es una sátira, un drama serial, un cortometraje postapocalíptico o alguna secuencia de Hollywood extraviada del wéstern (el cartel derruido donde aparece el nombre de Gary Cooper parece un guiño al formato).
Hay una oportunidad de retomar la senda conceptual que hizo del director una promesa, lo cual requiere de una necesaria y detenida autorreflexión sobre las fronteras que deben cruzarse y que la dignidad de la histórica sala del Municipal exige siempre.
FICHA:
Dirección: Jean Pierre Gamarra
Escenografía: Lorenzo Albani
Elenco: Oscar Yépez, María Grazia Gamarra, Fernando Luque, Alonso Cano, Amaranta Kun y Sebastián Rubio
Lugar: Teatro Municipal de Lima