Reivindicando a Pedro
Roberto Sánchez, congresista, exministro de Perú Libre y candidato a la presidencia de Juntos por el Perú —el partido que le robó a Yehude Simon—, pretende ser el Pedro Castillo del 2026. No solo porque está haciendo campaña disfrazado con el sombrero chotano del profesor, sino porque sus ofertas electorales son, básicamente, las mismas que hizo el candidato del partido de Cerrón en 2021.
Plantea redactar una nueva Constitución a través de una asamblea constituyente, terminar con los contratos ley de la gran inversión extranjera en el Perú y “que la educación no sea un servicio sino un derecho”; solo que ahora ha agregado que despedirá en el acto a Julio Velarde, presidente del directorio del BCR, por cuya experiencia y diligencia tenemos estabilidad monetaria.
En plazas y calles, don Roberto Sánchez repite toda la monserga de la izquierda radical que, con sus recetas, ha fracasado estrepitosamente allí donde las ha puesto en marcha. La emergencia humanitaria provocada en sus pueblos por las dictaduras de Cuba y Venezuela es lo suficientemente contundente al respecto.
Sánchez no solo está siguiendo eso que llaman “la ruta castillista” —el periplo por pueblos y villorrios rurales olvidados del Perú prometiendo una nueva versión de “no más pobres en un país rico”—, también tiene una alianza con el radicalismo de la izquierda autóctona y cavernaria llamado etnocacerismo. Lleva como candidato al Senado al patriarca del etnocacerismo, Isaac Humala, y el más díscolo de la familia, el asesino de policías Antauro Humala, es uno de sus principales movilizadores de campaña, a quien, dicho sea de paso, le ha prometido ser ministro de Defensa o del Interior. Sería como nombrar a Nerón jefe de la Compañía de Bomberos.
A esto hay que sumarle la inclusión de Yenifer Paredes, la cuñada-hija de Castillo, y de un hermano del profesor en su lista de candidatos al Congreso. Otros de sus candidatos al Parlamento bicameral son, por ejemplo, los exministros de Castillo Anahí Durand, involucrada con un dirigente de la banda terrorista MRTA de nacionalidad chilena, e Íber Maraví, conocido militante de Sendero Luminoso en la década del 80 en Ayacucho, que llegó a ser ministro de Trabajo en el corto gobierno del profesor.
Es decir, Sánchez ha hecho todos los menjunjes políticos como para aglutinar el voto de ese país rural que cree que Castillo no hizo un pésimo y corrupto gobierno durante los 17 meses que estuvo en el poder hasta que dio un autogolpe de Estado, y que, más bien, el golpe se lo hicieron a él para sacarlo abrupta y abusivamente del poder. Sánchez está convencido de que existe un caudal castillista con sed de venganza y que él será la vía de esa fuerza que lo lleve a Palacio de Gobierno.
Los últimos sondeos electorales e incluso simulacros de votación han registrado un crecimiento importante de su candidatura en el voto rural, lo que lo ha hecho salir del rubro “otros” hasta trepar al expectante segundo pelotón de candidatos que, por un golpe de suerte propio de las elecciones peruanas, podrían amanecer en la segunda vuelta con grandes posibilidades de ceñirse la banda presidencial el próximo 28 de julio si compite con Keiko Fujimori.

Roberto negó a Pedro
Si bien Roberto Sánchez fue el único de los 78 ministros nombrados por Pedro Castillo en permanecer atornillado al despacho de Comercio Exterior y Turismo (Mincetur) durante todo su gobierno, endulzándose con las mieles del poder, también fue uno de los primeros en saltar del barco después que el profesor leyera con la mano temblorosa el discurso que le prepararon Aníbal Torres y Betssy Chávez anunciando la ruptura del orden constitucional, en un torpe autogolpe de Estado que duró menos que un partido de fútbol.
Su traición a Castillo es artera porque Sánchez no es que estuvo de visita en Palacio la mañana del 7 de diciembre del 2022, en la que el profesor perpetró el golpe; él fue uno de los organizadores de la asonada golpista. Pero, como suele ocurrir con los oportunistas o traidores, cuando vio que las Fuerzas Armadas y la Policía no se plegaron al autogolpe, se apresuró a renunciar en su cuenta de X alegando que sus “principios democráticos” no le permitían “estar de acuerdo con esa decisión”. Pocas horas después de su renuncia al MINCETUR, como congresista, tampoco defendió a Castillo en el pleno que votó su vacancia. Sánchez no se opuso a la vacancia de su jefe, votó en abstención.
Después se replegó en su curul hasta que las aguas se aquietaron y, cuando la Fiscalía de la Nación lo llamó a declarar por el golpe, volvió a traicionar a su jefe Castillo alegando que no sabía nada, que le sorprendió el mensaje del presidente, tras el cual renunció de inmediato. El paso del tiempo, sin embargo, le dio oportunidad de reconciliarse con el profesor a quien suele visitar en prisión. Para eso no escatimó en darle trabajo en su despacho de congresista a Gianmarco Castillo, el sobrino más fiel de Pedro Castillo.
También, a pedido del presidiario, fue a visitar constantemente a Betssy Chávez en el penal de Chorrillos y se prestó para la farsa de denunciar supuestos tratos inhumanos en su contra cuando la pataleta de la golpista exministra tenía que ver con la decisión de separarla de una reclusa venezolana con la que mantenía una relación sentimental entre rejas. Eso fue suficiente para que el profesor chotano lo perdone y pase por alto su traición y conducta pusilánime.
Además, como fue sentenciado en primera instancia e imposibilitado de postularse a la presidencia, lo designó como candidato del castillismo con la promesa de Sánchez de indultarlo apenas llegue a Palacio. Esto último puede ser posible si la Corte Suprema confirma su sentencia a 11 años de prisión por tentativa de rebelión o si Castillo desiste de su apelación para dar por consentida la sentencia de primera instancia.
Castillo acaba de estrenar como abogado defensor al errático, ineficiente y díscolo exfiscal José Domingo Pérez, con quien sería más fácil obtener la excarcelación prometida. El investigable Pérez sigue haciendo política, pero esta vez sin la cinta de poderoso fiscal.



El politicastro Sánchez
Roberto Helbert Sánchez Palomino ha sido definido como un «politicastro». El neologismo no tiene relación con los hermanos Fidel y Raúl Castro, que instauraron y mantienen la dictadura más longeva del planeta. O sea, no es un dictador de extrema izquierda (también los hay de derecha). Tampoco es un abusivo gobernante aferrado al poder, al que llegó a través del voto popular pero que, una vez en control del Estado, cambia las reglas de juego e involuciona a autócrata hasta convertirse en dictador.
El politicastro es, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, un ‘político inhábil, rastrero, malintencionado, que actúa con fines y medios turbios’. Ese es el candidato presidencial de Juntos por el Perú. No es, precisamente, el político más preparado ni ha mostrado habilidades para la gestión pública o siquiera para la concertación en cuestiones de Estado.
Cuando ha estado cerca del poder —como en el gobierno de Pedro Castillo, para el que fue ministro de Comercio Exterior y Turismo los 496 días que duró el régimen—, ha sacado beneficio personal o ha lucrado con esa cuota de poder sin importarle que, al hacerlo, estaba violando varios artículos del Código Penal. Roberto Sánchez fue, sin duda alguna, el peor ministro del MINCETUR. Lo dijeron los exministros de esa cartera que, por primera vez en su historia, hicieron público un comunicado explicando las razones técnicas de ese calificativo.
La prensa demostró que usó el MINCETUR como agencia de empleo para sus partidarios de Juntos por el Perú y paisanos huaralinos. También forma parte de la lista infame de congresistas que les robaban abusivamente parte de sus salarios a sus asesores o empleados de sus despachos. Es parte de los tristemente célebres “mochasueldos”.
El periodismo de investigación también descubrió que, como ministro, usaba la caja chica de su despacho para pedir comida en los mejores restaurantes de Lima para él e invitar, con nuestros impuestos, a sus amigotes e incluso a su madre y a su hermano cuando lo visitaban. Con nuestros impuestos mandaba a la lavandería sus ternos y camisas.
No solamente se quedó con la nomenclatura partidaria de Juntos por el Perú, un partido que le robó a su padrino de bodas, sino también con la presencia en el Congreso que recibe financiamiento público, fondos que administra como suyos sin dar cuenta a nadie. Para eso ha nombrado a su hermano, William Sánchez Palomino, como secretario general del partido, quien ahora es su coinculpado en la denuncia penal que le han puesto sus excamaradas del partido que fundara Yehude Simon.




Le alcanzará el sombrero
En los corrillos empresariales hay cierto nerviosismo por la trepada en las encuestas de Sánchez, quien ha desplazado a otros candidatos de izquierda, como Alfonso López Chau o el mismo Jorge Nieto, que también se había despuntado en la intención de voto. Se explica el nerviosismo porque tanto Sánchez como su vocero de campaña, Antauro Humala, han anunciado que, de llegar al gobierno, expulsarán de inmediato a Julio Velarde del BCR; que prohibirán las ventas al exterior de productos emblemáticos de nuestra agroexportación, como arándanos, paltas, uva de mesa, páprica o espárragos, con el argumento facilista de que, en un país con hambre, los alimentos no se pueden ir a las mesas de los países ricos.
Con este tipo de anuncios, sin duda, un eventual gobierno de Sánchez y los Humala sería retroceder al siglo pasado. Pero la pregunta válida es: ¿le alcanzará al candidato del castillismo el voto rural para disputar la presidencia? Según coinciden varios analistas, no. Por varias razones:
- Porque, a diferencia de 2021, la izquierda está fraccionada en por lo menos cuatro candidaturas (con Bellido y Noblecilla en Podemos pueden ser hasta cinco), y eso dispersará su caudal electoral.
- Porque el quinquenio del gobierno de Perú Libre ha sido un lastre para el país, con una crisis política, de gobernabilidad y de representación que ha devaluado nuestro sistema político a niveles nunca antes vistos. El tan mentado “pacto mafioso en el Congreso” tiene su génesis en la elección de Castillo.
- Porque la izquierda latinoamericana, eso que llamaban “socialismo del siglo XXI”, se ha desmoronado en la región, con la caída de Maduro en Venezuela y antes con la derrota del kirchnerismo en Argentina y de Evo Morales en Bolivia. La tendencia en la región es que la derecha está recuperando poder: es el caso de Chile, Honduras, además de Bolivia y Argentina.
Sin embargo, lo único definitivo es que el panorama electoral es incierto. En esta elección habrá un factor de perturbación adicional: la cédula es grande, compleja e ilegible. La ONPE ha explicado muy poco la forma correcta de votar. Habrá mucho voto errado y el escrutinio será un partido aparte de los personeros. La justicia electoral definirá desde la primera vuelta. Al terminar esta Semana Santa, que Dios ilumine a los electores peruanos.
Por: CARLOS PAREDES





