La crisis venezolana volvió a escalar a nivel hemisférico. El Pentágono confirmó que ya existe un plan de contingencia ante la eventual salida de Nicolás Maduro del poder, y en Washington no se descarta un escenario de intervención si se profundiza el vacío institucional. El gobierno de Donald Trump –que ha convertido a Venezuela en el eje de su política latinoamericana–reconoció que impartió un “ultimátum” a Maduro para que deje el poder, y la fecha ya se venció. El dictador venezolano interpuso una serie de ambiciosas condiciones para dejar el país, entre ellas mantener el control de las fuerzas armadas. Trump no las aceptó y solo le garantizó un salvoconducto para él y su familia.
En simultáneo, la frontera entre Chile y Perú, en el desierto de Tacna–Arica, enfrenta una nueva oleada de tensión migratoria. El favorito para ganar las elecciones, el derechista José Antonio Kast, advirtió a los migrantes ilegales que vendan lo que tienen y dejen el país por su voluntad antes de ser expulsados. Kast llegó hasta la frontera y se tomó una IncaKola.
Los dos escenarios parecen desconectados. Pero no lo están. La inestabilidad venezolana y la emergencia de nuevas derechas duras en la región –desde Kast en Chile hasta candidatos como Ronald Atencio en el Perú– están reconfigurando la conversación pública sobre democracia, autoritarismo y soberanía.

HABLAN LOS PROFESIONALES
La confirmación de que Estados Unidos tiene un plan activo para un colapso del régimen venezolano reaviva fantasmas de intervención.
BBC Mundo advierte que “cualquier movimiento brusco en Venezuela tendría efectos inmediatos en Sudamérica”. No solo por los casi ocho millones de migrantes ya desplazados, sino por el modo en que los países están procesando la presencia venezolana en sus fronteras.
En paralelo, Chile publicó un diagnóstico oficial sobre el nuevo flujo migrante: un movimiento más ordenado, pero más vulnerable, que cruza desde Perú intentando ingresar por pasos no habilitados.
La preocupación escaló al punto de que un grupo de excancilleres chilenos –Soledad Alvear; Mariano Fernández; José Miguel Insulza; Heraldo Muñoz; Antonia Urrejola; e Ignacio Walker– advirtieron de los “eventuales efectos” de las advertencias de Kast “en la dignidad de las personas migrantes y en las relaciones de Chile con los países vecinos, en particular Perú y Bolivia”.
Resulta muy relevante que los excancilleres subrayen que “la política migratoria de Chile debe enmarcarse estrictamente en el Estado de Derecho y en las obligaciones internacionales asumidas por el país en materia de derechos humanos, refugio y protección de personas en situación de especial vulnerabilidad”. Añaden que “las propuestas que se basan en la amenaza de expulsiones masivas, la posibilidad de separación de familias o el confinamiento de personas en recintos de carácter cuasi carcelario resultan incompatibles con el respeto irrestricto a la dignidad humana y con los estándares del sistema internacional y regional de protección de derechos humanos”.
Los diplomáticos remarcan que “Chile tiene un interés esencial en preservar relaciones de respeto, cooperación y buena vecindad con Perú y Bolivia, especialmente en la gestión de fenómenos transfronterizos como la migración irregular, el crimen organizado y el narcotráfico”. “La idea de ‘empujar’ o derivar a miles de personas hacia las fronteras de Estados vecinos, sin mecanismos de coordinación ni acuerdos bilaterales claros, constituye un gesto inamistoso que puede ser percibido como una forma de presión política, afectando la confianza mutua y debilitando los espacios de diálogo construidos con esfuerzo a lo largo de décadas”.
Por último, apuntan al carácter populista del discurso de Kast: “Chile tiene el deber de reforzar de manera efectiva el control de sus fronteras y de ordenar los flujos migratorios, pero las respuestas del candidato José Antonio Kast, que apuntan a la expulsión de alrededor de 350 000 personas de manera prácticamente indiscriminada, carecen de sustento logístico y financiero y no tienen viabilidad diplomática, considerando el rechazo del régimen de Nicolás Maduro a recibir repatriados desde Chile; se trata de planteamientos que no ofrecen soluciones reales ni sustentables a la situación que enfrenta el país”.
Se trata de un soplo de aire que contrasta con el liderazgo de José Antonio Kast, hoy primera fuerza en buena parte del sur chileno, que representa una derecha que reivindica abiertamente la figura de Augusto Pinochet –al que llama “estadista”– y que convierte el tema migratorio en su principal bandera identitaria. Marca el tono de una derecha que ya no es liberal, sino ordenista, soberanista y abiertamente revisionista del pasado militar.
Por su parte, tras el episodio de tensión, el canciller peruano Hugo de Zela informó que Perú y Chile acordaron mecanismos de cooperación operativa inmediata para enfrentar la crisis migratoria en la frontera. Tras reunirse con su par chileno Alberto van Klaveren, anunció que ambos países impulsarán patrullajes conjuntos, intercambio fluido de información y una reunión extraordinaria del mecanismo Rampol, acompañada por las cancillerías. También se implementará una verificación migratoria coordinada, para asegurar que quienes crucen la frontera lo hagan de manera regular. De Zela fue categórico al señalar que la responsabilidad de la crisis no recae en Perú ni en Chile: “Este es un problema generado por la dictadura venezolana”, afirmó.
No es, por cierto, lo que piensa el candidato presidencial Ronald Atencio, de la alianza de izquierda. “Venezuela es una democracia, claro”, respondió a CARETAS. “No hubo ningún viso de fraude. Respetamos su proceso democrático y la autodeterminación. La ONU ha dicho que la crisis fue producto del bloqueo económico. Ha hecho que Venezuela no tenga sostenibilidad. Es como Cuba”.
Atencio se convierte así en uno de los pocos candidatos en la región que defiende abiertamente al régimen de Maduro, alineándose con el ala más dura del chavismo.
El resultado es un continente donde la migración, la seguridad y la crisis democrática están moldeando nuevos lenguajes políticos: desde el orden militarista de Kast hasta el antiimperialismo de Atencio, pasando por el pragmatismo tenso de cancillerías que ven cómo la geopolítica vuelve –de golpe– al centro del debate.







