El sonido más constante en la casa de Natalia Salas no es el timbre ni el eco del trabajo, sino las carreras de su hijo Leandro. Ella lo sigue con la mirada mientras él salta, pregunta, exige jugar, ver tele, volver a saltar. “Envidio esa energía, te juro”, escucha Natalia. Ella asiente entre risas y entiende mejor que nadie que esa actitud es propia de un niño de cuatro años.
UN HALLAZGO A TIEMPO
“Me han pasado cosas chéveres y cosas no tan chéveres”, resume sobre el año. Volvió al teatro musical con Reina de Corazones 90’s, recuperó su peso “después de pandemia, embarazo, tratamiento y quimios”, regresó a la televisión después de nueve años con la telenovela Eres mi Bien y estrenó su unipersonal Con todo menos miedo. Sentía que, por fin, su vida profesional recuperaba ritmo. Pero en uno de sus chequeos –que sigue religiosamente– encontraron una célula residual en una de sus vértebras. “No me dolía. Si no hacía mis chequeos anuales, ni me enteraba”.
Ese hallazgo la obligó a detenerse. Su oncólogo fue claro: “Si tú no le cuentas a nadie que estás en tratamiento, no hay forma de que se den cuenta”. No se le cae el pelo, no recibe quimio intravenosa, no hay cambios visibles. Es distinto al imaginario clásico del paciente oncológico. Pero para ella, contarlo en redes era necesario. “Me pareció importante y relevante visibilizar por prevención, para que la gente entienda que hay que escuchar y cuidar siempre al cuerpo”.


SOLTAR PARA CUIDARSE
El ritmo de una ficción diaria no era compatible con citas, exámenes y pausas. Había días en que debía pasar por una cosa, otra, un tratamiento, otra revisión. “Era: ¿me sobre estreso pensando que no voy a llegar o priorizo? Parte de quererte es soltar”. Y soltó la novela. Soltó Reinas –“había que bailar, saltar, y yo siempre lo doy todo”– y eligió cuidarse.
En paralelo publicó en Instagram un post que resume su visión sobre su situación:
“No estoy mal. No estoy ‘delicada’. No estoy ‘enferma’. Encontraron algo malo en mí y mis doctores y yo hicimos, hacemos y haremos todo para que quede ahí y desaparezca… Elijo una y otra vez mi paz y salud mental”.
LA IMPORTANCIA DEL ENTORNO
La casa es ahora el centro emocional de su vida. Vive con Sergio desde hace ocho años. Se casaron por civil el 5 de noviembre y por religioso el 15. “Mi piso, mi techo, mi cielo, mi comida, mi agua. Todo”, dice sobre él y Leandro. “Mi mamá y mi papá e incluso algunas amigas conocen una versión que ya no existe. Sergio me ha visto en mis momentos más vulnerables, más alegres y más frenéticos”.
Cuando llegó el diagnóstico, hizo dos preguntas: la primera, la más humana. “¿Cuál es la tasa de mortalidad con este tratamiento?”. Sintió alivio cuando su oncólogo le dijo que era más probable que la atropellara un auto. La segunda pregunta fue práctica: “¿Puedo bailar?”. Se rió sola recordándolo. “El sikisiki claramente no, pero un vals sí”. Llegó a su boda con un fijador de huesos y aun así bailó. “Me dolieron las piernas tres días, pero la pasé increíble”.
Su disciplina emocional se ha afinado como un músculo. “Valoro mucho más las amistades. No estoy dispuesta a aguantar toxicidades en ningún ámbito”. También aprendió a darles el peso correcto a las cosas. Hay que aprender a darle importancia a todo, pero sobre todo a no hundirse en el buque”.


LO BUENO EN LO MALO
Suele repetir una frase que resume su filosofía: “A pesar de todo, agradezco”. Agradece por sus médicos a los que, según cuenta entre risas, atormenta por Whatsapp con sus innumerables preguntas, por su acceso a la salud, por haberse dado cuenta a tiempo, por la familia que la sostiene.
“Si te enfrascas en pensar en lo negativo, te hundes. Te puedes deprimir porque no te salió bien el aderezo de tu almuerzo”. Y remata con un ejemplo práctico. “Si te sale mal, en lugar de llorar, dices: qué bueno, voy a poder pedir una pizza que mi mamá no hubiese podido pedir si cocinaba”.
Leandro, por su parte, no conoce la palabra cáncer. “Solo sabe que mamá se puso una medicina para hacerse más fuerte y que el pelo no aguantó”. Cuando ella tiene gripe, él se acerca preocupado: “Pobrecita mi mamá”. Y ella corrige: “Pobrecita nada”. No quiere que la compasión equivocada guíe su percepción de las cosas.
Con Sergio, además, ha vivido varios emprendimientos que no siempre resultaron. Aprendió algo simple: “Mientras tú estés contento, estés feliz, estés con salud y estemos juntos, todo va a estar bien. Cualquier cosa fuera de eso, no importa”.
A TODO DAR
Natalia se mueve entre proyectos y obsesiones nuevas. “Sergio se ríe porque me dice: ahora Natalia, ¿cuál es tu nueva obsesión? Y yo: ¿cómo sabes que tengo una? Porque siempre tengo”. La de ahora: una casa en el campo o en la playa. Y ver las auroras boreales.
También planea dos funciones adicionales de Reinas antes de fin de año. No puede evitarlo, tiene que darlo todo. “Pucha, tienes que cuidarte”, dice, pero también reconoce que hay días en donde trabaja desde casa y se siente más sensible. “Mi pasión es llorar por gente que no conozco en TikTok”.
El siguiente paso está claro: dejar de inducir la menopausia que vive hace tres años y someterse a la cirugía definitiva. “Me voy a quitar las trompas y los ovarios ya este mes”.
En paralelo, adelanta sus nuevos proyectos. “Me gustaría hacer algo más grande: ficción, musical, una obra de teatro”. Ha llevado talleres de dramaturgia y trabaja proyectos con un amigo.
“Con todo menos con miedo”, concluye. De momento se prepara para darlo todo en las últimas funciones de Reinas mientras continúa con su recuperación. (Marce Rosales)











































