Otra comedia en un país de tragedias. Al parecer, los mecanismos de respuesta han desplegado una reacción en cadena que pone en escena los delirantes modos de nuestra corrupta política. No hay otro modo de describir el estado deplorable de nuestra clase gobernante, sino como una gavilla insaciable que convierte al Perú en su botín personal. El título de esta puesta define el hilo conductor de un registro actual que ya ni siquiera nos interpela, sino que nos enrostra que ya nada se puede hacer.
Aunque tiene un halo de moralina, como la vieja escuela que da lecciones de aliento, incluso en esa caída cómica, el reparto se entrega con delirio a una historia tan cotidiana que nos atraviesa desde hace siglos. La historia peruana sirve como telón de fondo para que un grupo de forajidos ataque a la patria, la despedace en jirones, la haga colapsar solo para beneficio personal.
Ya ni siquiera es un diagnóstico, sino un anuncio de una sociedad con enfermedad terminal. Por más que se quiera salir del círculo vicioso del mal y el saqueo, volvemos una y otra vez a una situación tan infinita como infame.
A ritmo de canciones populares con letras cambiadas y bailes desaforados, se crea un ambiente tan churrigueresco como las proyecciones habituales de nuestras calles bulliciosas y de la urbe limeña caótica y descolocada. En ese contexto, la propia escenografía es una extensión mental del derrumbe moral. A pesar del desequilibrio interpretativo, la disección social de la nación es mostrada en su crudeza, sin atisbo de arreglo, repitiendo su condena histórica.
Incluso el juego con los asistentes es una proyección de que nosotros mismos somos parte de esa sátira indomable, decididamente realista, y desde las tablas los actores son más observadores que actuantes. El público se convierte en el elenco, interpelado, desmembrado, corroído por la verdad, sin escapatoria, y la frontera con la ficción montada por momentos desaparece. Todo parece un reality show, inabarcable, asfixiante, demoledor por su alto grado de inviabilidad para el porvenir peruano.
Bajo colores fosforescentes y música estridente, van desfilando presidentes de la república rumbo a la cárcel: olvidables, criminales, dirigiéndose al patíbulo del olvido. Y con ellos va nuestro fracaso para elegir, las fallas de la democracia en su máxima expresión, en la que ha quedado abolida cualquier forma de dicha y de esperanza, porque hasta ello es factible de hurto.
El Perú oscilante, estrujado y engañado sin mejoría inmediata, porque ya casi se ha admitido la derrota total, la imposibilidad completa y la aceptación de nuestro rotundo fiasco.
Por: RUBÉN QUIROZ ÁVILA





