Flavia Laos ha encontrado en la música un terreno fértil para su evolución artística. Tras el éxito de Tu Veneno, la cantante da un nuevo golpe con My Lova, su primera colaboración internacional junto al boliviano Bonny Lovy. Una fusión de cumbia y ritmos peruanos y bolivianos que destila sensualidad y promete ser un infaltable en cualquier playlist de fiesta. La química entre ambos artistas fue inmediata. “Siempre me encantó su voz”, comenta Flavia, quien había seguido la carrera de Bonny Lovy antes de que se presentara la oportunidad de trabajar juntos. La grabación fluyó con naturalidad, dejando como resultado una canción que captura la energía de un flechazo nocturno, el deseo de verse y la euforia del momento. Con la producción de Lacho y la coautoría de Yamal, My Lova marca un paso firme en la carrera de Flavia Laos, quien ya tiene 12 canciones listas para su primer álbum. “Este es mi año”, afirma. Tiene la total seguridad de que su sonido seguirá conquistando nuevos escenarios.
La conmemoración del natalicio del emperador de Japón en Lima sirvió como escenario para reafirmar la sólida relación entre ambos países y destacar los avances recientes en cooperación económica, cultural y política. El embajador del Japón en el Perú, Tsuyoshi Yamamoto, resaltó en su discurso los hitos alcanzados en 2024 y los desafíos que enfrenta el mundo, en un contexto marcado por tensiones internacionales.
Uno de los temas centrales fue la creciente colaboración entre Perú y Japón en infraestructura y comercio. Yamamoto enfatizó la importancia del memorándum firmado en mayo pasado, que permitió la participación de un consorcio japonés en la mejora del Eje Vial N°4, una carretera de 213 km que une Amazonas y Loreto. Este modelo de cooperación de gobierno a gobierno busca garantizar altos estándares de calidad en la infraestructura peruana, abriendo la posibilidad de replicarlo en otros proyectos de transporte y agroindustria.

El embajador también destacó el incremento del comercio bilateral, que alcanzó los 44 mil millones de dólares en 2024, con un crecimiento del 30 % respecto al año anterior. Entre los productos peruanos más demandados en Japón figuran las uvas, naranjas, paltas y minerales como el cobre y el zinc. Este flujo comercial se fortaleció gracias a la 15ª Reunión Bilateral del Consejo Empresarial Peruano Japonés (CEPEJA), realizada en Lima en octubre, donde empresarios de ambos países presentaron propuestas para la reactivación económica.
En el ámbito cultural, Yamamoto resaltó el papel fundamental de la comunidad nikkei, la tercera más grande del mundo, en la consolidación de los lazos entre Japón y Perú. La celebración del 125 aniversario de la inmigración japonesa fue uno de los eventos más destacados del año, con iniciativas como la Nikkei Run y la Gala Cultural “APEC tiene talento”. Además, el embajador resaltó el auge del cosplay en el Perú, mencionando la participación de un equipo peruano en el World Cosplay Summit en Nagoya.

Sin embargo, más allá de los avances bilaterales, el embajador hizo un llamado a la cooperación internacional en un mundo de creciente incertidumbre. Señaló que la guerra en Ucrania y la inestabilidad en Medio Oriente evidencian la necesidad de fortalecer los valores de libertad y dignidad humana a nivel global. En este sentido, reafirmó el compromiso de Japón en promover el respeto al derecho internacional y la paz mundial.
En su discurso, Yamamoto subrayó que Perú es un socio estratégico con el que Japón comparte una larga historia de amistad. La implementación de la Hoja de Ruta firmada por el primer ministro japonés Ishiba Shigeru y la presidenta Dina Boluarte marcará la agenda de cooperación para la próxima década. “Transformar los compromisos en acciones concretas será nuestra prioridad”, afirmó el embajador.

Con esta visión, Japón y Perú continúan afianzando su relación en un contexto de oportunidades y desafíos globales, apostando por la inversión, el comercio y la cultura como motores de una asociación estratégica en constante evolución.Alianza Reforzada
Christoph Waltz, ganador del Oscar por Bastardos sin Gloria, llega a Prime en la primera temporada de El consultor, serie basada en una novela publicada en 2015 por el estadounidense Bentley Little. Gira en torno a la pregunta: ¿Quién es en realidad Regus Patoff (Waltz)? interrogante, que no queda respondida al término de sus ocho capítulos, aunque hay más de una pista que al menos permite delinear su perfil diabólico.
Alabada por Stephen King vía X, esta producción de Amazon Prime cruza el thriller, el terror y la ciencia ficción para elaborar una crítica al capitalismo, sobre todo al de esta época de grandes corporaciones tecnológicas e individualismo extremo. Casi todos los personajes hacen lo que sea necesario para salvar su pellejo y mantener su estatus, incluso los que son víctimas directas de la perversidad del inquietante Regus Patoff.
El inicio es impactante: un niño ingresa a la oficina del CEO de una empresa dedicada a producir videojuegos, un joven llamado Sang Woo, y lo asesina a balazos. No sabemos las razones que lo motivan a llevar adelante el crimen, pero casi de inmediato se presenta en la empresa el ‘consultor’ del título, para tomar control de la situación. Nadie sabe quién lo envía ni de dónde viene, pero curiosamente todos asumen sin protestar su liderazgo, marcado por una política de persecución de muchos de los empleados por razones extravagantes (cómo huelen, por ejemplo) y por otras decisiones igual de exóticas.
El guionista Tony Basgallop ya había mostrado su interés por los ambientes tóxicos y los personajes retorcidos, pero en El consultor se esfuerza por mantener una intriga, aunque el carácter de su protagonista no deje mucho espacio para la duda. Sabemos lo malo que puede ser Regus Patoff, pero no si responde a alguien más que a sí mismo ni cuál es su objetivo final, o hasta dónde es capaz de llegar. Queda entonces la puerta abierta para una segunda temporada.
Escribe: Patricia Salinas O.
El domingo 23 comenzó el festival de Viña del Mar en Chile, y para sorpresa de muchos, la artista que fue a representar al Perú en la competencia floclórica, era nada más y nada menos que Renata Flores, la joven cantautora ayacuchana, que saltó a la fama haciendo rap y hip hop en quechua, pero que llegó al balneario chileno, sin la menor promoción y eso, en un festival como el de Viña, pesa mucho.
Al cierre de esta edición, todavía no se había realizado la segunda presentación de Renata y estaba en duda si pasaría a la ronda final, aunque la tenía bien difícil, ya que le había tocado con el dueño de casa, Chile, que jugando de local, casi siempre es de los más votados, y México, que tiene una gran tradición festivalera.
Hago énfasis en la promoción, porque se sabe que en estos tiempos el marketing es importante y en festivales como el de Viña es necesario que la canción suene antes de que llegue al escenario para que el jurado ya esté familiarizado con la melodía ¿Se acuerdan el año pasado que durante semanas los programas de televisión y de radio nos tenían día y noche con Warmisitay, la canción con la que ganó la competencia folclórica Milena Wharton? Pues esa es la forma, por eso llamaba la atención que ningún programa haya entrevistado a Renata antes de que partiera a Chile, como sí se ha hecho siempre con los artistas que fueron en años anteriores.
Renata, desde Viña del Mar, me dice que lo que pasa es que como ella vive en Ayacucho, no tenía acceso a los programas de televisión y que se limitó a hacer su campaña a través de las redes sociales, lo cual nos indica dos cosas: 1.- Somos tan centralistas que si un artista no pasa por Lima, nadie le presta atención. A ningún productor se le ocurrió mandar un equipo a Ayacucho para hacerle una nota, menos aún acompañarla al festival, como siempre se ha hecho y 2.- Las redes sociales no son tan fuertes como muchos piensan, ya que a pesar de que la canción tiene más de medio millon de reproducciones en Youtube, es evidente que todavía se necesita la fuerza de los medios tradicionales como la radio y la televisión para ciertos eventos. El Festival de Viña del Mar es, al fin y al cabo, básicamente un programa de televisión.
Por otro lado ¿Las millonarias empresas ayacuchanas como Aje, de los Añaños, que patrocina a equipos internacionales como el Real Madrid, no podía haber patrocinado a nuestra representante en Viña? ¿Y al generoso wayki, gobernador de Ayacucho, no se le ocurrió que con la mitad de lo que cuesta un Rolex podía haber auspiciado una campaña para apoyar a Renata para su participación en este importante festival?
De cualquier manera, nuestra solitaria princesa wari, sin patrocinadores ni periodistas que la acompañen, realizó una maravillosa performance, interpretando Kuti Tika (Vuelve a florecer), un rap en quechua que impactó al ‘monstruo’ de la Quinta Vergara y que habla de la importancia de estar orgullosos de nuestros orígenes. Llamó mucho la atención su atuendo, con el tradicional sombrero wari de cuatro puntas, porque los chilenos, como casi todo el mundo, asocian al Perú solo con la cultura inca. “La cultura wari fue anterior y hay mucho que contar y descubrir de ella. Incluso hay peruanos que no tienen idea. Por eso ha sido una gran experiencia mostrar algo de ella en un escenario tan imponente como la Quinta Vergara. Estoy feliz por eso”, nos dice Renata, antes de subir por segunda vez a ese increíble escenario. Esta chica de 23 años va a llegar lejos. Ya lo verán.
La posibilidad de que un inca haya realizado una expedición marítima a Oceanía en el siglo XV es una de las teorías más fascinantes de la historia prehispánica. Si esto se confirma, significaría que los navegantes andinos lograron cruzar el vasto océano Pacífico mucho antes que los exploradores europeos, desafiando las narrativas tradicionales sobre los límites de la navegación precolombina. Esta hazaña colocaría al Perú en la historia de la exploración global de una manera que hasta ahora no ha sido completamente reconocida.
José Antonio Salas ha dado un nuevo giro a la historia de la navegación prehispánica con su libro Travesías Ultramarinas de Túpac Yupanqui, publicado con el apoyo de Ernst & Young. En esta obra, el autor no solo revisita las fuentes tradicionales sobre la supuesta expedición del inca a Oceanía, sino que plantea un enfoque innovador que integra la precuela y la secuela de este viaje legendario.
MÁS ALLÁ DEL MITO: LA PRECUELA Y LA SECUELA DEL VIAJE
A diferencia de estudios previos, Salas ha centrado su investigación en los eventos que precedieron y sucedieron a la travesía de Túpac Yupanqui. “La obra se diferencia en que ha tenido en cuenta la secuela del viaje: qué pasó después de lo que cuentan los cronistas, pero también la precuela: qué sucedió antes”, explica. Esta perspectiva permite contextualizar mejor la hazaña del inca navegante y evaluar su impacto en el Tahuantinsuyo y en las regiones a las que llegó.
Uno de los aspectos clave de la investigación es la interpretación de la frase que describe la travesía del inca hacia “las islas de agua”, identificadas como islas habitadas por comerciantes. “Él no llegó a cualquier isla, fue específicamente a esas islas, y por eso infiero que estos comerciantes sirvieron de guías para la travesía, con lo que él ganó habilidades marineras”, señala Salas. Esto refuerza la idea de que no fue un viaje al azar, sino una empresa planificada con base en conocimientos de navegación previos.
EXTRAPOLACIONES Y EVIDENCIA CIENTÍFICA
Salas ha utilizado técnicas de extrapolación para analizar las posibilidades de la expedición, comparando la velocidad de las embarcaciones incaicas con las de expediciones modernas, como las de Thor Heyerdahl y Carlos Arca. “Todos demoraron un poco más de tres meses en cruzar el océano”, comenta. Asimismo, ha recurrido a simulaciones computacionales de corrientes marinas, que han mostrado una alta probabilidad de que una embarcación partiendo del Perú llegara a las Islas Marquesas.
Otro punto revelador es la evidencia genética. “Hoy se tiene conocimiento de que el 5 % del ADN de los polinesios es sudamericano”, afirma. Esto refuerza la hipótesis de contacto entre ambas civilizaciones, planteada décadas atrás por Paul Rivet y descartada por muchos en su momento. Además, el hallazgo del término kumara (camote) en la Polinesia, similar a kumar en quechua, sugiere un vínculo lingüístico que avala la conexión entre estas culturas.
EL PROCESO DE DECISIÓN Y LA VISIÓN DEL INCA EXPLORADOR
Según Salas, la decisión de Túpac Yupanqui de emprender este viaje no fue improvisada. Relata que el inca consultó a un nigromante para verificar la veracidad de los relatos de comerciantes que hablaban de tierras lejanas. “El tal nigromante hace un viaje extático y confirma que las islas existen. Entonces, Túpac Yupanqui decide ir”, explica. Esta narrativa encaja con la mentalidad exploradora del inca, similar a la de otros grandes navegantes que desafiaron los límites conocidos de su época.
REINTERPRETANDO LAS CRÓNICAS: LO QUE SE SABÍA Y LO QUE NO
Una de las diferencias clave entre la interpretación de Salas y la de historiadores previos, como José Antonio del Busto, radica en la lectura de los detalles narrados en las crónicas. Salas argumenta que las islas visitadas por el inca eran habitadas, lo que descarta hipótesis como la de Galápagos, donde no había asentamientos permanentes en la época prehispánica. Además, destaca que las crónicas mencionan trofeos traídos de la expedición, como oro y huesos de grandes animales, posiblemente ballenas.
Otro punto de divergencia es la interpretación de la palabra yana en quechua. Mientras que Del Busto sugería que Túpac Yupanqui trajo “hombres negros” de su travesía, Salas plantea que el término podría referirse a sirvientes o esclavos capturados en la expedición. “Cuando se sigue la secuela del viaje, se dice que eran hombres de muchos pueblos y razas, lo que refuerza la idea de que no eran necesariamente africanos, sino pobladores sometidos”, explica.
UNA HISTORIA EN EVOLUCIÓN
La investigación de José Antonio Salas no solo aporta nuevas evidencias y perspectivas sobre la travesía de Túpac Yupanqui, sino que también invita a replantear el relato oficial de la historia prehispánica. Su trabajo, basado en un cruce riguroso de fuentes, análisis científicos y exploraciones de campo, sugiere que la travesía del inca navegante no es solo una leyenda, sino un episodio documentado con implicaciones trascendentales en la historia de la navegación mundial.
Con esta obra, Salas desafía la visión tradicional y abre la puerta a futuras investigaciones que podrían redefinir el papel del Perú en la historia de los grandes exploradores del mundo antiguo. La travesía ultramarina de Túpac Yupanqui, más que un mito, podría ser una de las mayores gestas náuticas de la historia precolombina.
Las primeras páginas trazan reglas de juego que requieren de cierta concentración para honrarse. Un primer desafío, por cierto, bienvenido entre reflejos de scrolling y memes. Dos amigos en Moyobamba, sus historias paralelas y entrelazadas. Un amor recuperado. La cumbia que se filtra por las ventanas abiertas. El calor y la arrechura. Un personaje sobrenatural que sobrevuela la historia y aterriza para intervenirla.
“Para mí fue una novedad que el libro se dejara leer”, confiesa Jhemy Tineo Mulatillo (1986). “Tenía muchas dudas”. Titubeos superados con el reconocimiento de finalista del Premio Clarín a su segundo libro, Los Restos de la Piel (Tusquets Editores 2025), por parte de un jurado integrado por Samantha Schweblin, Mariana Enríquez y Alberto Fuguet.
Nacido en Nuevo Huancabamba, un pueblo remoto de Moyobamba, Tineo creció en un entorno sin referencias literarias cercanas. Sin embargo, su padre, maestro de una escuela rural, le dio su primer y más insospechado libro de referencia. “Mi familia era de religiosos evangélicos. Mis padres eran sumamente prácticos, estaban ocupados en producir, en salir adelante y yo no tenía esa cualidad. Para no malograr sus planes, me mandaban a leer la Biblia. Ahí empezó mi formación literaria”. Los relatos bíblicos, con su carga de simbolismo y personajes de dimensiones trágicas, se convirtieron en una semilla literaria regada por las mitologías amazónicas, historias de seres que poblaron su imaginario desde la infancia.
“El otro detalle es que escribir literatura es accesible al pueblo”, explica. “Todos, la mayoría, podemos hacer literatura porque necesitamos un lápiz, un cuaderno y no mucho más”.

A los 17 años migró solo a la gran ciudad. “En mi época, o te ibas al Ejército o te venías a Lima a trabajar”. Su primer trabajo en la capital fue como vigilante nocturno en Surco, un turno extenuante que terminaba a las 7 de la mañana, tras lo cual asistía a clases de escritura creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. “Aguanté un buen tiempito, pero el cuerpo no daba para más”.
Lima también lo marcó de otra manera. “Mi pueblo era olvidado por Dios y por el Estado, pero no había basura. Cuando llegué a Lima, lo primero que me golpeó fue la cantidad de desperdicios. La normalización de la basura, de la mugre, es algo que me sigue pareciendo insoportable”, confiesa. Esta mirada del migrante que choca contra la crudeza de la urbe se filtra en Los Restos de la Piel, cuya segunda parte aborda la experiencia del protagonista en una Lima hostil y alienante.
Como uno de sus personajes centrales, el autor es maestro de escuela estatal. “Quería que el libro también tenga algo de lúdico, que dijeran oye, quizás es el autor, quizás es su biografía. Y sí y no”.
Como quien hace limonada de limones, Tineo escribió su novela en los trayectos interminables del transporte público limeño. “En esta ciudad los buses son mi oficina. Dos horas y media de viaje me permitían escribir a mano, corregir, y también dormir”, cuenta. Así, entre los vaivenes de la ciudad, fue esculpiendo una historia que transita por el amor amazónico, el homoerotismo, lo mitológico, lo religioso, la vocación literaria y la paternidad frustrada.
La novela no solo impacta por su contenido, sino por su lenguaje. Con un estilo que combina la narración fantástica, la metaliteratura y pasajes de crudeza, Los Restos de la Piel logra transmitir la exuberancia de la Amazonía y, en contraste, la aridez hostil de la ciudad. En ese sentido, Tineo se inscribe en una nueva generación de artistas y creadores amazónicos que están redefiniendo la percepción de su gigantesca región, como ya lo hacen cocineros y artistas plásticos.
“Hace buen tiempo que estamos ahí, presentes”, dice. “Es más, tengo paisanos que escribieron en la revista de Mariátegui”. Menciona el ejemplo de Arturo Hernández, literato amazónico de mediados del siglo pasado. “Pero en cuanto a cuestiones más humanas, estamos lejos de la civilización. Por ejemplo, nos inunda el agua, nos mata el agua, se lleva nuestras casas. Pero no hay agua para tomar. No hay servicios básicos. Los porcentajes de embarazos en adolescentes son abismales. Lo mismo pasa si comparas promedios en otros indicadores sociales”.
Mientras tanto, su tercera novela ya está en marcha. “Quiero que sea distinta. Mi primer libro fue distinto a este segundo, y el reto es seguir evolucionando”, adelanta.
Jhemy Tineo se posiciona como una de las voces más prometedoras de la literatura peruana contemporánea. Su capacidad para fusionar lo real y lo fantástico, lo personal y lo colectivo, lo convierte en un autor imprescindible para comprender las nuevas narrativas emergentes en el Perú. Desde la selva hasta los trayectos interminables en los buses limeños, Jhemy forja una voz que se alza con fuerza.
Por: Ricardo González Vigil
Mucho hay que agradecerle al recientemente fallecido Carlos Zúñiga Segura (Pampas, Tayacaja, 1942 – Lima, 2025). Miembro de la Generación de los 70, formó parte de los “Poetas Mágicos”, grupo integrado por César Toro Montalvo (con quien realizó innumerables publicaciones y actividades en las décadas siguientes), Omar Aramayo y Roger Contreras, que organizó un concilio de poetas en 1970, en Jauja.
En primer lugar, su producción poética, relevante desde Inauguración de la ausencia (1979). Su sensibilidad brota intensamente lírica; no obstante, alcanzó un logrado aliento épico-lírico, nutrido por sus raíces andinas, en Memorias de Santiago Azapara Gala, Gran Señor de Tayacaja (1998) y Señor de Marbella (2009, tributo a Magdalena del Mar).
Aplaudamos, también, al editor generoso, director desde 1975 de la revista La manzana mordida, arboleda abierta a todas las tendencias, especialmente abocada a difundir nuevos autores; y el sello editorial Capulí, donde destaquemos debutó un poeta de la importancia de Walter Curonisy, y se creó una colección dedicada a las voces femeninas, dirigida por Cecilia Bustamante. Agreguemos que desde 2017 codirigía con el poeta Santiago Risso Bendezú la revista Bambú / Pliego peruano de Haiku.
Festejemos, igualmente, sus valiosas antologías, especialmente Literatura de Tayacaja (1995) y Antología de la poesía infantil peruana (1999).
Finalmente, elogiemos su fecunda labor como gestor cultural, sobresaliendo los aportes a su terruño (probó que los hermanos vanguardistas Serafín Delmar, Julián Petrovick y Federico Bolaños habían nacido en Pampas y fue declarado hijo predilecto de Tayacaja, en 2009) y al distrito de Magdalena del Mar, donde residía (recibió la máxima condecoración municipal “Félix Dibós” y fue homenajeado por la Cámara Peruana del Libro en la primera Feria del Libro de Magdalena).
Por: RUBÉN QUIROZ ÁVILA
Planteado como un homenaje a célebres escenas de las obras de Shakespeare donde se entrecruzan una suerte de amago de teatro musical, con danza contemporánea como marcadores de separación de las fases escénicas y con una pretensión coral en la que los roles son intercambiables. Dirigida por el buen actor Fernando Luque, de quien sus personajes en clave de Molière son muchísimos mejores que los shakespearianos y, al parecer, se extiende también a su mano como arquitecto que dirige, en este caso, un confuso tributo teatral.
En esa buena idea de jugar con una visión comunal en la que todos tienen la misma posibilidad de encarnar los personajes colisiona con la realidad. En vez de favorecer la densidad de la psicología dramática, tan conocida y requerida de cualquier protagonista del dramaturgo inglés, esta se diluye y extravía con incauto entusiasmo ya que el elenco no necesariamente responde en igualdad de condiciones actorales y resultados escénicos. De ese modo, se mezclan las aspiraciones de una recreación colectiva con roles canjeables que poco apoyan a la estrategia definida desde la dirección.

La situación más clamorosa e indigna de la tradición shakespeariana es cuando hacen play back. Entonces, notamos todas las contradicciones conceptuales. Ya no se trata solo de las actuaciones en que fueron condenados a imitar en un intento fallido de teatro musical sino de los mismos objetivos que Luque quiso mostrar. De ese modo, el anhelo del goce shakespeariano más parece un desmoronamiento planificado, un experimento que, aunque abundante en frenesí y energía juvenil, se acerca a un desmantelamiento sin posibilidad de recuperación del aura de Shakespeare. Por supuesto, si se estira el concepto de que es una versión legítima y, acaso, el ensayo de un elenco en entrenamiento, se puede ser concesivo. Pero no lo es.
Lo que debió ser un delirio maravilloso se convirtió en un galimatías fatigoso. El entusiasmo está, la entrega decente también, incluso se nota la genuina ambición, pero el grupo de actores desenvuelven más una representación de buenas intenciones, las virtudes individuales son sacrificadas en larguísimas e innecesarias canciones que no entonan. Y los espectadores asisten a un simulacro. En vez de llevarlas a su máxima expresión son aplastadas por un enfoque timorato que ha desconfiado de sus voces en vivo. Tal vez allí la profundidad dramática hubiera sido posible. Aunque la coreografía tiene la virtud de una ejecución correcta en sí misma, sin embargo, no hay vínculo imprescindible con el sentido de la puesta en su totalidad.
Es evidente que cualquier imitación desactiva los niveles de hondura requeridos para unas escenas que así lo exigen y que, las legendarias obras de Shakespeare lo merecen.
Son destacables sus trabajos en instituciones públicas para la creación de proyectos y curadurías, así como sus participaciones en instituciones feministas con un franco matiz ideológico, como debe ser. Esas actividades, siempre relacionadas con el arte y la política, han hecho de ella una suerte de militante de ideas igualitarias en todo nuestro complejo espectro social.
Esto se explica mejor en la presentación de su muestra en el Museo de Grabado del ICPNA, donde se afirma que se trata de “…el grabado como una forma de expresión que conecta el arte con la memoria y la identidad femenina. El Perú enfrenta altos índices de violencia de género y desigualdad laboral. Por ello esta obra se convierte en un testimonio visual de la lucha de las mujeres en el Perú y un reflejo de la historia colectiva a través de una técnica que ha sido históricamente utilizada para la difusión de mensajes sociales y políticos”

Esta vocación testimonial ha hecho que ella se aleje de toda ortodoxia para hacer una obra difícilmente encasillable en alguna disciplina y trabajar sin pensar en aceptaciones del mercado ni concesiones al consumo. Esta posición puede haberla alejado de las convenciones que priman en nuestro medio, pero le ha merecido la atención de quienes intentamos descubrir las opciones que se desarrollan fuera de nuestro mainstream.
En la parte creativa se puede decir que Wendy Castro indaga en las distintas posibilidades de las técnicas que emplea. Por ejemplo, en sus grabados imprime la misma imagen alterando zonas de color o amplía los conceptos de la estampa haciendo impresiones fotográficas o simplemente siluetas sobre soportes traslúcidos, superponiéndolos para crear un especial cinetismo.
Sin embargo, a una parte de esta obra difícilmente pudiera considerársele grabado. En realidad, son instalaciones hechas con transparencias que aprovechan las sombras sobre las paredes o, la más conocida, las muñecas colgantes de Chancay que le merecerían un premio en el último concurso de arte del ICPNA.
Estas razones me llevan a considerar que un sitio más indicado para esta exposición hubiera sido la Sala Shinki del ICPNA Miraf lores, que permitiría un mayor lucimiento a todo lo expuesto en un espacio de más fácil acceso.
La heterodoxia de Wendy Castro, al margen de las carencias del oficio –que en su obra pudieran lucir secundarias– merece una mayor divulgación. Su intención de reafirmar “la presencia de la mujer en el arte, denunciar las injusticias que enfrenta y rendir homenaje a la resistencia y la creatividad femenina”, así lo ameritan.

RECOMENDAMOS
1.- Casa República. Sáenz Peña 208, Barranco.
Este hotel boutique ha creado la Galería República dirigida por Luis Adawi y Ramón Ortiz. Allí están exhibiendo obras del colectivo del MAV.
2.- PaseoLab. General Borgoño 770, Miraflores.
Dirigida por Marianelli Neuman, presenta “Hilando el tiempo, tejiendo memorias”, bipersonal de Liz Quispe y Andrea Tapia, con la curaduría de César Augusto Ramírez.
3.- Galería CRISIS. Alfonso Ugarte 260, Barranco.
Es una de nuestras galerías más coherentes. Hoy cierra el ciclo de proyecciones de películas “Sentimientos locales”.
4.- Galería Magenta. Av. Lima 149, Barranco.
“Corazones rotos”, es la bipersonal de María Abaddon y Nuria Cano que resulta de mucho interés.
Escribe: Luis E. Lama
Puede ser que haya una extendida ignorancia del valor del grabado o que los consumidores se hayan retraído por la falta de unicidad o por el soporte sobre papel. A ello se suma la impresión digital que muchos artistas ven como un atajo que no les demanda un complejo aprendizaje. No saben que en esa “perfección” digital radica su mayor problema.
Personalmente, cuando me enfrento a un grabado suelo imaginar las infinitas posibilidades de realizarlo y estamparlo. Andy Warhol, por ejemplo, aprovechó muy bien estas cualidades en obras como “Little Electric Chair” o “Jacqueline Kennedy”, de 1964. En ellas la misma imagen se reitera sobre la tela, pero la carga de pintura en cada reproducción varía produciendo una alteración del original. Ninguna impresión es igual a la otra.
En el Perú del siglo XX el grabado es introducido por los indigenistas a través de la xilografía. Sabogal tiene varias obras maestras que se pueden ver en el Museo del Banco Central de Reserva. Los orígenes se pueden encontrar en los expresionistas alemanes de “El Puente” que en Dresden se dedicaron, entre otras cosas, al rescate de manifestaciones del gótico medieval, entre ellas el grabado con madera.


Más de medio siglo después, Eulalia Orsero, Jorge Ara, Alberto Agapito, Cristina Dueñas y Gabriela De Bernardi, entre otros, fundaron el Taller 72, en el jirón Canta 704, La Victoria, con una prensa Krause que había pertenecido a Sabogal y a Julia Codesido. Durante un cuarto de siglo el taller fue un importante centro con trascendencia internacional. Como nunca antes las impresiones fueron acogidas y múltiples artistas recurrieron a ella para que su obra tuviera una mayor divulgación.
Lamentablemente en 1994 el local fue exigido por su propietario y el colectivo entró en receso hasta 2003, cuando Cristina Dueñas refunda el local en Miraflores. Pero ya nada era igual. El mercado se había dedicado casi exclusivamente a la pintura y el consumo estaba prácticamente orientado a estampas de pintores de renombre.
Después del cierre de Taller 72 se crearon en Lima varios estudios dedicados principalmente a la serigrafía. De todos ellos ha sido “Llavenelojo”, fundado por Carlos Troncoso en 1995, el que ha podido mantenerse durante estos treinta años de crisis continuas, haciendo una espléndida labor.
Él ha trabajado con obras de pintores como Ramiro Llona, Venancio Shinki, Elda Di Malio o Leoncio Villanueva. Pero también ha recibido encargos de artistas que subvierten las formas de ver. Allí se encuentran Jaime Higa, Villanes, Juan Javier Salazar y obras del mismo Troncoso, todos con una fuerte carga ideológica.
En total son unos 80 artistas que hacen que la muestra sea, además de un merecido homenaje, un verdadero recorrido por las artes visuales de las últimas tres décadas del Perú.
Hoy que ya nadie recuerda a los grandes grabadores de los años 80 (Miguel von Loebenstein, et al) o artistas como Christian Quijada, fallecido prematuramente, es oportuno rendir también tributo a todos ellos.