Por: Marce Rosales
Del 20 al 28 de junio, Lima es sede del 15° Festival Internacional de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas. La ciudad acoge más de 50 películas procedentes de 12 países y una agenda de actividades que incluye proyecciones, clases maestras y conversatorios. Bajo el lema Voces e Imágenes de Nuestra Madre Tierra, el festival propone una reflexión desde los propios pueblos originarios sobre temas como el territorio, la identidad, la infancia, el cambio climático y los derechos colectivos.
Tarcila Rivera Zea, activista y representante quechua-chanka, participó activamente en esta edición y resalta la importancia del cine como medio de autorrepresentación. “El cine indígena está hecho por indígenas que deciden qué contar, cómo contarlo y con qué lenguaje”, afirma. Desde su perspectiva, esta autonomía narrativa permite visibilizar no solo las problemáticas que enfrentan estas comunidades, sino también sus formas de vida, sus lenguas y sus vínculos con la naturaleza.
La programación abarca desde ficciones y documentales hasta cortos experimentales y animaciones. Algunas obras tratan temas sensibles como la violencia sexual en zonas rurales o los impactos de la minería ilegal. Otras exploran memorias comunitarias o plantean relatos simbólicos con recursos propios de la cosmovisión indígena. Rivera subraya que estas producciones no solo tienen un valor estético o testimonial, sino también formativo. “Educan, denuncian, reafirman identidades”, sostiene.

El festival es organizado por la Coordinadora Latinoamericana de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas (CLACPI) junto con instituciones locales como Chirapaq, Aidesep y la Escuela de Cine Amazónico. Su realización en Perú después de más de tres décadas evidencia tanto el crecimiento del cine indígena como los desafíos que enfrenta. Entre ellos, la ausencia de políticas sostenidas de financiamiento cultural. “En el Perú no hay incentivos suficientes para el cine nacional, menos aún para el cine indígena”, señala Rivera. La mayoría de proyectos dependen de alianzas internacionales y fondos extranjeros.
Si bien el evento ha contado con apoyo logístico de universidades y centros culturales, como San Marcos, la PUCP y la Biblioteca Nacional, los organizadores insisten en la necesidad de una política pública más clara y equitativa. “Acceder al goce y producción cultural debería ser un derecho, no un privilegio”, apunta Rivera. La apuesta del festival es justamente esa: ampliar la conversación sobre lo que significa participar en una cultura diversa, donde distintas formas de narrar el país puedan coexistir.
Lejos de caer en la idealización, las películas presentadas muestran una variedad de tonos y enfoques. Algunas con una mirada crítica, otras con un ánimo poético o testimonial. Lo que las une es su intención de generar diálogo. No solo sobre lo indígena, sino sobre el país en su conjunto. Porque, al final, el cine también es una forma de preguntarse cómo –y quiénes– contamos el Perú.

























