La escena es contradictoria, casi cinematográfica: chompa rosa de lana, falda larga hasta los tobillos, un abdomen descubierto que interrumpe el pudor con elegancia, y un alambre de espinas tatuado en el cuello que asoma tímidamente como si fuera parte del outfit. Malucci –nombre artístico de Martha Lucía Ledesma– entra a escena como una villana tierna: suave en el trato, feroz en la narrativa. Y de eso va su música. De hablar como se siente, incluso cuando eso incomoda.
Nacida en Lima en 1994, creció como hija única, sensible, ansiosa y rodeada de internet. Fue niña Tumblr, de las que se tatuaban con lapicero y soñaban con diamantes bajo la piel. A los 15 ya tenía el primero, del tamaño de su rebeldía precoz. “Siempre quise que se notaran”, confiesa. Hoy lleva el cuerpo lleno de símbolos que ella llama “accesorios”. No todos tienen significado, pero todos cuentan.
No estudió música. Estudió moda. En París y luego en Los Ángeles. Pero no se encontró del todo ahí. “Simplemente descubrí que era buena en esto”, dice sobre la música. Un día subió un video a redes en 2017. Y se volvió viral. Así empezó todo. Sin discográfica, sin manager. Solo con coraje y letra.
Malucci es una especie de valquiria emocional. Seduce y hiere con la misma frase. Y ese filo pop se afila aún más en el álbum que prepara para fin de año. Un disco sin nombre oficial aún, pero con una intención clara: retratar la experiencia amorosa de las mujeres jóvenes desde un ángulo entre inmaduro y brutalmente honesto. “No todas son historias mías, algunas son de otras mujeres que he conocido”, explica. Y ahí está el corazón del disco: la empatía disfrazada de trap, el drama como combustible rítmico.

“El reggaetón actual me tiene abrumada”, suelta entre risas. Por eso en el disco habrá trap, pero no de 2017. También sonidos nuevos, texturas distintas. No toca instrumentos, pero se mete a fondo en la producción. Dirige desde la intuición: “no sé los nombres técnicos, pero sé lo que quiero que suene”. Y eso le basta. Porque cuando hay historia, el sonido se acomoda.
Y pensar que alguna vez la acusaron de solo saber escandalizar. Tras pasar los filtros, hoy en día Malucci revisará discos ajenos desde su sillón de jurado en los Latin Grammy. El girl power se hace oficial cuando la rebelde se convierte en jueza.
Su apariencia –cara angelical, cuerpo tatuado, letras atrevidas– no es una estrategia. Es consecuencia. Ella es así. Y como buena hija única criada entre pantallas, lo publica todo. Aunque al principio bloqueaba a sus familiares en redes. Aunque sabe que un mal comentario puede arruinarle el día. Aunque nunca haya querido contar sus historias de amor del todo.
Pero están ahí. En cada canción. Porque, como ella misma lo resume: “Si no vives, no tienes qué escribir”. Por eso vive, a veces escandalizando, a veces callando, pero siempre escribiendo. Y ahora, juzgando. (Marce Rosales)












