Por: RUBÉN QUIROZ
Con una adaptación poderosa, una lapidaria poética y una conmovedora belleza de las palabras como letanías enérgicas y clarividentes, esta puesta es un ejercicio inapelable de esplendor reflexivo, llevado a cabo por un elenco extraordinario y tan luminosamente oscuro como el augurio que trae consigo. Stevenson, en esta adaptación local, adquiere una contundencia filosófica que ha encontrado un espacio escénico moldeado para desplegar las capas psicológicas y los profundos círculos abismales del extravío de la humanidad sobre el cual profetiza en su libro emblemático.
Y no es una tensión moral para optar entre el bien y el mal, sino una dimensión distópica e inminente que más bien desprecia el estatus de lo reconocible como lo humano y, en consecuencia teatral, su personaje principal (Stimman) lo plantea en una actuación soberbia, en la que se desdobla brillantemente entre la tortura y el sadismo, acompasado por actuaciones persuadibles (París, Kozitskaya y Oxenford). Así la ética queda desbordada por ser un obstáculo vetusto ante las acciones que han cruzado todas las líneas rojas. Entonces, no hay ninguna sensación de culpa o arrepentimiento, semejantes sentimientos quedan descolocados por arcaicos y desfasados, frente a una nueva etapa en la que la ciencia, según los delirantes pero lógicos propios experimentos de Jekyll, crean una condición posthumana. Hay un estremecedor vaticinio en este recordatorio escénico, cual advertencia ante lo inaplazable de la disrupción tecnológica y los efectos inciertos de la IA que pone en duda la naturaleza habitual de los individuos.
Ese monstruo que habita en cada uno de nosotros se desborda, porque así lo quisimos, creyendo ilusamente que podía obedecer la prudencia y la sensatez; entonces, toma el control, en un desequilibrio desenfrenado, en el que la pura animalidad absorbida y en imparable crecimiento extrema su ferocidad contra todo aquello que considera una distorsión moral. En esa posición inhumana y ya en la absoluta inconsciencia por distinguir siquiera lo maligno y la bondad, se impone un triunfante despropósito científico, como una categórica derrota de cualquier rasgo que haya caracterizado a una persona, para convertirse en una máquina deforme y atestada de crueldad. Nada justifica el pase a ese nuevo y perverso modo de asumir que no hay reglas más que la suya. Cuando sucede ello, la atrocidad es absoluta y solo sigue la barbarie.
Y en esa destrucción de todo lo humano, con una lóbrega, zigzagueante y precisa escenografía, en la que la coordinada coreografía de los momentos de truculencia resulta inolvidable, pues son contrapunteados con maestría dramática por el narrador (Rivera), quien, una vez más, da señales de por qué sigue siendo uno de los mejores. Mientras el intermitente fondo musical, de aparente sublimidad clásica, va resignificándose, para recordarnos que nada ni nadie puede escapar de alguna forma de la perfidia.


































