En una Lima donde la gastronomía se reinventa a una velocidad casi vertiginosa, donde cada apertura busca sorprender con lo nuevo, lo inesperado o lo técnicamente impecable, emerge un espacio que decide ir en contra de la corriente. No desde la nostalgia, sino desde la convicción. Guargüero no abre sus puertas para seguir tendencias: las cuestiona. Y en ese gesto, profundamente consciente, se posiciona como uno de los bastiones más sólidos de la cocina criolla contemporánea en el Perú.
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