Hay una costumbre que se ha instalado como señal de fortaleza: dormir poco, trabajar bajo presión, vivir pendientes del teléfono y continuar aunque el cuerpo pida una pausa. El cansancio se vuelve rutina y el estrés, casi una credencial de productividad. Pero el organismo no siempre entiende esas costumbres como éxito.
“El estrés” puede sentirse primero en la mente, pero también tiene una expresión física. El cardiólogo José Eduardo Delgado, de la Clínica Javier Prado, aborda esta relación junto a la psicóloga Gabriela Márquez en Cardiofrecuencia, donde ambos especialistas explican por qué la salud emocional no debería quedar fuera de la conversación sobre prevención cardiovascular.
La conversación parte de una idea sencilla: cuando se habla de prevención cardiovascular, suelen aparecer inmediatamente la presión arterial, el colesterol, el sedentarismo, la alimentación y la actividad física. La salud mental, en cambio, puede quedar relegada.
Cuando el estrés se siente en el corazón
El organismo está preparado para responder ante situaciones de peligro. El corazón puede acelerar sus latidos y la presión arterial puede elevarse como parte de esa respuesta. El problema aparece cuando el estado de alerta deja de ser ocasional y se convierte en una condición cotidiana.
Delgado explica desde la perspectiva cardiológica que las manifestaciones físicas del estrés pueden ser reales y perceptibles para el paciente. Palpitaciones, aceleración del ritmo cardíaco o sensación de tensión pueden acompañar episodios de ansiedad y generar preocupación.
La relación entre ambos campos no es meramente conceptual. La American Heart Association señala que el estrés activa respuestas fisiológicas que pueden aumentar temporalmente la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Cuando se vuelve crónico, además, puede relacionarse con factores de riesgo cardiovascular y afectar hábitos como el sueño, la alimentación o la actividad física.
Pero existe una diferencia importante: sentir palpitaciones no significa automáticamente que se trate de ansiedad. Los síntomas cardiovasculares deben ser evaluados, especialmente cuando aparecen dolor o presión en el pecho, falta de aire, desmayo u otros signos de alarma.
“Hemos romantizado el estrés”
La psicóloga Gabriela Márquez pone el foco en una conducta cada vez más normalizada: asociar el exceso de trabajo, dormir pocas horas y vivir bajo presión con productividad o éxito.
“Hemos romantizado el estrés”, es una de las ideas centrales de la conversación.
El problema es que esa normalización puede hacer que una persona ignore señales que merecen atención. El estrés deja entonces de ser una reacción frente a una circunstancia puntual para convertirse en parte permanente de la vida cotidiana.
Para Delgado, la mirada debe ser integral. El corazón no puede analizarse completamente separado de lo que ocurre con el resto del organismo y de las condiciones en las que vive una persona.
La evidencia científica también ha reforzado esta mirada. Las condiciones psicológicas como ansiedad, depresión y estrés se han asociado con la salud cardiovascular, por lo que su identificación forma parte de una atención cada vez más integral del paciente.

Ansiedad: cuando la alarma no se apaga
Márquez explica que la ansiedad es una emoción normal cuando existe una amenaza y la respuesta guarda proporción con ella. El problema surge cuando esa alarma permanece activa aun cuando el peligro ya no está presente o cuando la reacción resulta desproporcionada.
Una de sus expresiones puede ser física. El paciente puede sentir que el corazón se acelera, experimentar palpitaciones, sudoración, tensión o dificultad para respirar. Esos síntomas pueden aumentar a su vez el miedo y alimentar un círculo de preocupación.
De ahí la importancia de no enfrentar el problema únicamente desde una de las dos perspectivas. Un síntoma físico debe ser descartado o estudiado médicamente; si no existe una causa cardiovascular que lo explique, la salud mental puede convertirse en una parte fundamental del abordaje.
Dormir también es cuidar el corazón
El sueño ocupa otro lugar importante en la conversación. Dormir poco suele presentarse como una consecuencia más de una vida acelerada, pero también puede contribuir a mantener el círculo de cansancio, estrés y dificultades para regular las emociones.
Delgado y Márquez coinciden en la importancia de recuperar hábitos de descanso. Entre las recomendaciones mencionadas aparecen reducir el uso de pantallas antes de dormir, disminuir la iluminación, evitar comidas muy próximas a la hora de acostarse y trabajar sobre los pensamientos que mantienen activa la mente.
La American Heart Association considera el sueño un componente relevante de la salud cardiovascular y señala que, para la mayoría de adultos, dormir entre siete y nueve horas forma parte de un patrón saludable.
La salud mental también es prevención
El mensaje que atraviesa la conversación es que cuidar la mente no significa dejar de cuidar el corazón. Ambos aspectos pueden formar parte de una misma estrategia de prevención.
Psicología, psiquiatría y cardiología pueden intervenir desde sus respectivos campos cuando el paciente lo necesita. También tienen un papel importante las redes de apoyo, el ejercicio, el descanso y las actividades que permitan recuperar espacios fuera de las obligaciones cotidianas.
Márquez insiste en que reconocer las propias emociones es un primer paso. No se trata de estar bien todo el tiempo ni de resolver cualquier problema simplemente con voluntad. Algunas situaciones requieren acompañamiento profesional.
Para Delgado, esta mirada permite ampliar la conversación sobre prevención cardiovascular: no basta con observar únicamente los indicadores físicos si el paciente vive sometido a estrés permanente, duerme mal o atraviesa problemas de salud mental que no están siendo atendidos.
El estrés, por sí solo, no significa que una persona vaya necesariamente a desarrollar una enfermedad cardíaca. Pero cuando se vuelve persistente puede formar parte de un conjunto de factores que afectan la salud cardiovascular.
El corazón, finalmente, no funciona aislado. Cuidarlo también implica prestar atención a cómo dormimos, cómo enfrentamos el estrés y cuándo necesitamos pedir ayuda.