El Perú que se nos fue

Escribe: Fernando de la Flor Arbulú*

por Fernando de la Flor Arbulú
Fernando de la Flor Arbulú

Mientras el presidente José María Balcázar —para seguir gobernando— dialogaba, según ha declarado, con Hegel y Kant, el Perú despedía al último de sus grandes escritores: Alfredo Bryce Echenique. Y con ese triste acontecimiento se cerraba una época en el Perú.

Durante el siglo XX, el país tuvo destacados escritores e intelectuales. José María Arguedas encarnó, como pocos, el desgarramiento entre el mundo andino y el criollo, intentando reconciliarlos desde la literatura. Julio Ramón Ribeyro, desde una mirada más urbana, retrató con ironía y sensibilidad la frustración cotidiana de la clase media limeña. Mario Vargas Llosa, nuestro inmortal ganador del Premio Nobel de Literatura 2010, llevó la narrativa peruana a escala mundial explorando el poder, la violencia y nuestras fracturas sociales. Cómo olvidar a Zavalita y su pregunta aún sin responder. Alfredo Bryce, por último, aportó una voz singular, marcada por el humor, la nostalgia y una fina observación de la élite peruana y sus contradicciones. Julius es, por eso, un personaje tan inolvidable como Zavalita: ambos colocaron al Perú en el escenario internacional.

En paralelo, la política también estuvo marcada por líderes de un alto calibre intelectual y no menos importancia doctrinaria. Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA, elaboró una de las propuestas políticas más influyentes del siglo XX latinoamericano. José Carlos Mariátegui, por su lado, pensó el Perú desde sus raíces sociales con una lucidez aún vigente.

Antes de iniciarse el nuevo milenio, el Perú tuvo preocupación por la cosa pública y un deseo de conectarse con el país real. Entre la literatura y la doctrina política, innovadoras y originales, aún con sus desgarros históricos y sus iniquidades sin resolverse, el Perú tuvo períodos de intensa creatividad. No se logró ni lejanamente lo que se pretendía, pero hubo el intento de hacerlo.

Aquel Perú —con todas sus heridas— combinaba ambición intelectual, vocación publica y una búsqueda genuina de entenderse a sí mismo. Hoy, avanzado el siglo XXI, esa densidad se ha disipado. El reciente proceso electoral no hace sino evidenciar nuestra orfandad de ideas y liderazgos.

¿Por qué ocurrió esto? Primero, la crisis del sistema educativo. La educación pública dejó de ser rigurosa, lo que debilitó la aparición de nuevas elites intelectuales. A ello habría que agregar la precariedad de la vida universitaria, cada vez más centrada en lo utilitario antes que en la reflexión crítica.

En segundo lugar, la fragmentación social y política ha erosionado los espacios de debate. Y un tercer factor: el impacto de la cultura mediática y digital, que, si bien democratiza la expresión, también favorece la superficialidad. La figura del intelectual público ha sido reemplazada por la del comentarista sin mayor sustento.

Sin duda hay que hacer grandes cambios, precisamente para superar los escollos señalados: transformar radicalmente el sistema educativo y restituir el servicio público como vocación.

El Perú no ha perdido su capacidad de producir grandes figuras. Sin embargo, requiere reconstruir las condiciones que lo hicieron posible. Solo así podrá volver a gestar intelectuales y líderes a la altura de su historia.

Que vuelva el Perú que se nos fue.

*Abogado y fundador del Foro Democrático.

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