La reciente elección de la decana del Colegio de Abogados de Lima (CAL) podrá parecer, a simple vista, un episodio estrictamente gremial. Sin embargo, la magnitud del resultado sugiere algo diferente. Delia Espinoza, la exfiscal de la Nación, repetidamente inhabilitada por el actual Congreso, rozó los dos tercios (64 %) de los votos, mientras que su rival, Humberto Abanto, a quien se le identificó como representante del pacto parlamentario que gobierna el país, apenas superó el tercio (36 %). En el contexto del proceso electoral en curso en el Perú, ese resultado adquiere inevitablemente una lectura más allá de lo institucional.
Desde hace algunos años, el país está viviendo una manifiesta anormalidad institucional: un Congreso con altísimos niveles de desaprobación (nueve de cada diez peruanos lo repudia), pero que concentra sin embargo todo el poder. Por eso ha sido capaz de destituir tres presidentes de la República en rápidas sesiones en pocos meses. Este fenómeno no es compatible con una democracia mínimamente aceptable, toda vez que responde a una coalición fáctica de diversos grupos parlamentarios que tienen como propósito beneficiarse del ejercicio del poder.
La elección en el CAL, por ello, adquiere una dimensión política. Delia Espinoza fue percibida como una figura enfrentada a dicho pacto parlamentario. Humberto Abanto, en cambio, fue identificado como su representante. La contundencia de la victoria, o la amplitud de la derrota, sugiere que ambas percepciones pesaron en la votación.
No se trató simplemente de elegir a la cabeza de un gremio profesional. Lo que se expresó en las urnas fue, más bien, un voto de protesta de un sector usualmente considerado moderado. Los abogados no son, en general, un electorado impulsivo. Por eso mismo, cuando se produce un resultado tan categórico —28 puntos porcentuales— corresponde preguntarse qué tipo de mensaje político está detrás. Podría decirse que, eventualmente, se trataría de una especie de clima político: un cansancio ciudadano que busca terminar con la repudiable situación política actual.
Naturalmente, sería irresponsable afirmar que una elección gremial localizada anticipa el resultado de unas elecciones generales nacionales. El CAL representa a un universo profesional específico, con preocupaciones institucionales definidas. Las elecciones generales involucran a millones de peruanos con realidades sociales y regionales profundamente distintas.
Pero también resultaría ingenuo ignorar el valor simbólico de esta votación, principalmente por su significado político: una exfiscal de la Nación enfrenta al percibido como representante del Congreso que la sancionó. Por ello, el dato más relevante no es solo quién ganó, sino contra quién se ganó, incluyendo la contundencia de la victoria.
En un país donde el descontento político suele expresarse abruptamente, estas señales merecen atención. La historia reciente del Perú demuestra que el electorado puede pasar, rápidamente, de la apatía a la protesta electoral. Tal vez lo del CAL no anticipe nada. Pero sí parece una advertencia: hay una ciudadanía cansada de lo que ocurre políticamente en el país.
En tiempos de fragmentación política y desconfianza institucional, las señales indirectas suelen ser reveladoras. Si el malestar ciudadano encuentra su cauce electoral, se manifestará con tal fuerza que sorprenderá incluso a quienes creían tener el control del tablero político.
*Abogado y fundador del original Foro Democrático