Por: Ricardo González Vigil
La madurez creadora de Nilton Santiago (Lima, 1979) brilla como un acontecimiento mayor de la poesía peruana actual. Pronto mostró su talento singular con El libro de los espejos (Premio Copé de Plata 2003) y en el competitivo medio español (radica en Barcelona), ha ido obteniendo galardones relevantes con cada uno de sus siguientes poemarios. Una cosecha sin parangón entre las voces peruanas surgidas en la presente centuria: La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven José Hierro 2012), El equipaje del ángel (Premio Tiflos de Poesía, 2014), Las musas se han ido de copas (Premio Casa de América, 2015), Historia universal del etcétera (Premio de Poesía Vicente Huidobro, 2019), Miel para la boca del asno (Premio Emilio Alarcos, 2023) y, recientemente, Vocación de náufrago (Premio Juan Gil Albert, XLII Premios (iltat de Valencia).
Vocación de náufrago (Madrid, Visor Libros, 2025; 121 pp.) constituye una plasmación soberana de la que Nilton Santiago ha ido tejiendo de libro en libro: una síntesis personalísima del legado vanguardista del collage creacionista, el humor dadaísta y el prisma surrealista, más las pulsaciones de la best generation y los desafueros de la antipoesía. Lo percibió certeramente Ángel Luis Prieto de Paula, integrante del jurado que premió por unanimidad a El equipaje del ángel: “una poesía llena de hallazgos que inventa a medida que crece en el texto (…) una poesía rica, luminosa y brillante”. Añadamos que Santiago consigue que lo lúdico no sea gratuito sino catártico, que lo ilógico no sea delirante sino iluminador, que lo antipoético no sea artificioso sino vitalizador.
La tentación de dejar de ser, su “vocación de náufrago”, oscila entre la angustia tanática (frente al ir volviéndose ruinas la memoria, el pensamiento y el lenguaje mismo) y la liberación gratificante de las máscaras del yo (en latín persona significa ‘máscara’) y los artificios del poema, fusionando así el tono sapiencial con el esplendor estético de sus imágenes audaces. En parte nihilismo, en parte despojamiento con sabor cósmico o místico: “el poema / vive en ese vacío que ilumina, / en esa nada que lo contiene todo” (p. 10). Hay una afinidad de fondo, no de estilo, con Pessoa (en portugués, “persona”), el de los poemas ortónimos y los escritos heterónimos de Alvaro de Campos y Bernardo Soares. En la poesía peruana, podríamos vincularlo con Eielson a partir de Habitación en Roma.
Vocación de náufrago ejemplifica magníficamente la cohesión temática y metafórica que logra Santiago en sus poemarios. El naufragio se liga a la caída (Altazor) que lo acecha una y otra vez: “la vida como una prótesis / como algo que no es nuestro / y que nos resbala” (p. 14); “los que callan tras recoger los cristales rotos de su infancia, / los que callan cuando, como Sísifo, tienen que subir su alma hasta la cima de una montaña para verla caer una y otra vez / los que callan para decir” (p. 75). Y en el meollo de esta obra, como en las anteriores, palpita una honda reflexión sobre el misterio de la poesía, ese imperecedero naufragio del ser y del lenguaje.












































