Por: Cristina Dreifuss
Decana de la Facultad de Arquitectura y Diseño - UPN
El reciente proceso que nos llevó a la vacancia presidencial ha vuelto a poner en evidencia la vulnerabilidad estructural del país, no solo en el ámbito político, sino también en el urbano. Cada crisis de gobierno funciona como un espejo que devuelve, amplificada, la imagen de nuestras carencias más profundas. Entre ellas, el transporte público destaca como uno de los síntomas más visibles de la desarticulación institucional: un sistema que depende de la informalidad, que se sostiene en el día a día, y que reacciona ante la coyuntura, en lugar de planificar.
Los paros de transportistas son más que una medida gremial. Son una señal del colapso de la gobernabilidad urbana. En Lima y en muchas ciudades del país, el transporte público no es un servicio estructurado por una autoridad técnica, sino una red dispersa de concesiones, rutas heredadas y flotas que envejecen sin renovación. La inestabilidad política impide la continuidad de políticas públicas y convierte los proyectos de movilidad en promesas interrumpidas. Cada vacancia, cada gabinete efímero, detiene licitaciones, posterga inversiones y suspende decisiones que requieren visión de largo plazo.
El problema, sin embargo, no se reduce a la gestión. La precariedad del transporte expresa también una concepción fragmentada de la ciudad. Mientras se invierten millones en autopistas urbanas que favorecen el transporte privado, los usuarios del transporte público continúan dependiendo de servicios inseguros y contaminantes. La ausencia de planificación integral refuerza la desigualdad espacial: las periferias, donde viven quienes más necesitan movilidad accesible, son precisamente las menos conectadas.
La vacancia política, vista desde la arquitectura y el urbanismo, debería ser una oportunidad para revisar el modelo de desarrollo que hemos normalizado. Si los edificios gubernamentales representan el poder, los buses y combis revelan su ausencia: son arquitectura en movimiento, expresión de un Estado desbordado.
Si algo enseña esta crisis es que gobernar no es solo ocupar el Palacio de Gobierno: es garantizar que cada ciudadano pueda llegar, con seguridad y dignidad, al lugar donde su vida cotidiana ocurre.
















































