En mayo de 2025, Friedrich Merz asumió como el décimo canciller de la Alemania de posguerra, en un momento de extrema presión internacional y desafíos internos acumulados. Su elección –después de un insólito tropiezo en la primera votación parlamentaria– fue la cristalización de un escenario en el que Europa, tambaleante, demanda un nuevo eje de estabilidad.
Pero ¿qué tan lista está Alemania para asumir ese rol? Y ¿cómo navega Merz entre tensiones transatlánticas, el resurgimiento geoestratégico ruso y una economía estancada?
EUROPA Y EL TABLERO GEOPOLÍTICO VUELVEN A MIRAR A BERLÍN
Tras años de una Alemania más cauta o dividida en asuntos exteriores, Merz ha impuesto un giro hacia una diplomacia más activa. Se le percibe ya intentando reposicionar a su país como un “ancla de estabilidad” en un continente con múltiples crisis latentes.
Algunos gestos ilustran esa ambición:
• Su propuesta para usar los activos congelados de Rusia como colateral para préstamos a Ucrania, lo que enviaría una señal fuerte sobre la disposición alemana a tomar riesgos financieros estratégicos.
• El impulso de un enfoque más unilateral en seguridad europea, menos dependiente de la cobertura estadounidense.
• La creación de un Consejo Nacional de Seguridad en agosto de 2025, con el fin de centralizar y acelerar decisiones relativas a defensa y política exterior.
Estas acciones no se dan en el vacío: Europa ha atravesado años de vacilaciones frente a Rusia, conflictos energéticos y crisis migratorias, y la expectativa sobre Alemania es de un liderazgo con peso ejecutivo, no meramente simbólico.
TENSIONES CON ESTADOS UNIDOS
El nuevo canciller hereda una relación transatlántica cargada de interrogantes. La administración de EE. UU. ha ensayado políticas más caóticas, aranceles agresivos y señales de desinterés por la arquitectura europea de seguridad.
En ese contexto, el desafío para Merz será dos veces delicado: fortalecer a Alemania y Europa sin provocar rupturas con el socio clave. Ha prometido “fiabilidad y predictibilidad” hacia los aliados, al mismo tiempo que advierte que Berlín ya no aceptará equidistancias sin consecuencias.
Esta tensión se ve reflejada en la política automotriz, por ejemplo: el sector automotor alemán ha pedido a la UE que flexibilice plazos para la transición eléctrica (el fin de los motores de combustión en 2035), argumentando que los cronogramas rígidos sacrifican competitividad. Merz ha dicho que buscará un “equilibrio tecnológico” frente a normas demasiado estrictas.

ECONOMÍA BAJO PRESIÓN
Quizás el reto interno más inmediato es reactivar una economía que ha mostrado signos de estancamiento. En 2024 y primeros meses de 2025, Alemania registró contracciones y una previsión de crecimiento modesto para 2025: apenas 0,2 %. Los desequilibrios energéticos, la dependencia de exportaciones pesadas y la competencia global (China, EE. UU.) complican el panorama.
El gobierno de Merz ha aprobado reformas estructurales que relajan el “freno al endeudamiento” para permitir inversiones masivas en defensa, infraestructura y transición climática: un fondo de 500 000 millones de euros para estos fines es parte del plan. Esta política ambiciosa ofrece una vía de rescate, pero también arrastra riesgos de inflación, presión fiscal y resistencia política.
El sector automotriz, pieza clave de la industria exportadora alemana, ha sufrido recortes de demanda, especialmente en China, y se han vivido despidos masivos: entre junio de 2024 y 2025 se han perdido decenas de miles de empleos. El plan gubernamental para subsidiar la compra de vehículos eléctricos por hogares de menores ingresos por tres años apunta a estimular el consumo interno.
EL RIESGO DEL EXTREMO Y LA POLÍTICA INTERNA
Merz también debe lidiar con la creciente presión de la Alternative für Deutschland (AfD), partido de ultraderecha que ha ampliado su representación y capitaliza el malestar social: tiene un porcentaje cercano al de la CDU en encuestas recientes. La consolidación del AfD como principal fuerza opositora exige al canciller una estrategia política firme para frenar la polarización.
Además, Merz enfrenta limitaciones dentro de su coalición: la SPD, necesaria para gobernar, exige contrapesos sociales y no siempre simpatiza con las reformas liberales de corte conservador. El margen de maniobra interna es angosto.
¿PUEDE ALEMANIA DIRIGIR EUROPA OTRA VEZ?
En el tablero europeo, la pregunta central no es si Alemania quiere liderar, sino si puede hacerlo en un entorno más fragmentado. Países del Este temen la inercia alemana pasada; otros reclaman más autonomía. Para Merz, gran parte de su éxito dependerá de la habilidad diplomática para formar alianzas: Francia, Polonia, países del Báltico y la península ibérica serán interlocutores clave.
El giro que Berlín insinúa hacia una Europa más coordinada en defensa, finanzas y soberanía económica será observado de cerca en Bruselas. Si Alemania se las arregla para hacer compatibles sus intereses nacionales con el bien común europeo, su liderazgo puede recobrar brillo. Pero los errores serán costosos.
Merz ocupa el cargo con el peso de la historia y altas expectativas. Paso a paso, deberá demostrar que no solo tiene la ambición, sino la capacidad de gobernar con visión y firmeza en momentos de turbulencia mundial


































