La aparición de Antauro Humala ya era un fenómeno en la campaña del 2006. El mayor en retiro golpista era Caín y su hermano era Abel. O así fue como se instauró la narrativa. La dupla había surgido unos años antes, durante el levantamiento de Locumba. Pero la segunda vuelta hizo que los senderos se bifurquen.
Ollanta estuvo a punto de ganar las elecciones, pero Alan García supo golpear a Hugo Chávez para evidenciar el nexo chavista con el llamado socialismo del siglo XXI, como lo graficó CARETAS. El “voto gorila” de Chávez y Evo Morales no pudo instaurar su satélite peruano. García gobernó y se reivindicó de su nefasto primer gobierno. Ollanta pasó a liderar la oposición con miras al siguiente lustro.



Antauro no fue indultado, pero su capital político fue aprovechado por su hermano Ollanta. Eso le permitió volver a ganar la primera vuelta, esta vez el 2011. Keiko creció reivindicando el gobierno de su padre. Pero Ollanta ya se había ido moderando con meses de anticipación, con reunión madrileña con Mario Vargas Llosa incluida. Gracias a los “garantes”, encabezados por el premio nobel de literatura, Ollanta juramentó en San Marcos y dejó la “gran transformación” por la “hoja de ruta”. El nuevo plan de gobierno fue portada de CARETAS. Pero el experimento “sancochado” de centro-izquierda duró poco a pesar de los esfuerzos de Salomón Lerner Ghitis.
Ollanta rompió con sus aliados radicales y la frivolidad de Nadine Heredia fue clave para “sensualizar” al radical. En el camino, el caso Lava Jato ya hacía estragos. Y los “anticuchos” fueron parte del día a día. Se paralizó la gran minería. Y el boom de crecimiento económico empezó a dar signos de desaceleración.



En el 2016 se rompió la regla. Toledo, García y Humala habían pasado de la oposición a Palacio. Pero con Keiko Fujimori fue distinto. Perdió ante un rival de derecha, como PPK, en una segunda inédita donde la izquierda de Verónika Mendoza se había quedado en el camino gracias a Goyo Santos.
Keiko había tomado distancia del legado del padre, con viaje a Harvard para “caviarizarse”. Nada de eso resultó. PPK ganó la segunda vuelta, pero Keiko no se moderó. Todo lo contrario: se radicalizó en el Congreso y desató una guerra sin tregua que terminó en un conato de indulto de Alberto Fujimori, una pelea fraticida en tienda naranja y una renuncia de PPK que empezó el clima de desgobierno político que aún vivimos.



Durante el golpismo de Martín Vizcarra, el gobierno abortado de Manuel Merino y la corta paz de Francisco Sagasti, la pandemia fue la sexta plaga que terminó por arrasar el crecimiento económico y el llamado “milagro peruano”. La sétima plaga fue Pedro Castillo.
En el 2021, el profesor salió de la caterva de candidatos “enanos”. Y creció exponencialmente desde la tercera semana de marzo, con un ímpetu que no se había visto desde Alberto Fujimori. Ironías de la vida, se enfrentó al partido de la heredera del “Chino”, acaso el símbolo del nuevo establishment de la partidocracia. Y Keiko intentó esta vez la vía populista antes que la “caviarización”, como lo graficó esta publicación. Pero esta vez Castillo instauró la narrativa de los de arriba y los de abajo, polarizando con el ahora “viejo” partido tradicional.



Gracias a la carta de la víctima, el discurso reivindicativo y la retórica contra el racismo, Pedro Castillo logró ganar las elecciones del 2021 sin tener que moderarse, sin garantes ni hoja de ruta. Y es que Castillo demostró ser muy distinto a Ollanta Humala.
Como buen exmilitar, Humala tuvo un discurso abiertamente opuesto al terrorismo. A pesar de gobernar con un entorno de cocaleros y radicales, su gobierno se mantuvo dentro de los márgenes del crecimiento económico, las reglas del mercado y el Estado de derecho. Su inicial velasquismo fue contemporizado. Y tras su derrota el 2006 y el declive del chavismo, decidió plegarse al moderado Lula en Brasil. Durante su gobierno, Ollanta incluso tuvo que enfrentar paros de Walter Aduviri y los Ponchos Rojos aimaras, como lo grafica una portada de CARETAS.
Al gobernar, Ollanta confirmó ese viejo dicho “una cosa es con guitarra y otra con cajón”. Su populismo se encapsuló en el MIDIS y algunas becas y programas sociales. Y aunque no fue un heraldo del libre mercado como Alejandro Toledo, impulsor del primer TLC, Ollanta mantuvo la estructura tecnocrática muy a pesar de sus pésimas decisiones en torno a Petroperú y Conga.
Pedro Castillo, en cambio, fue otro lote. Fue un cómplice del MOVADEF y llevó a probados subversivos al entorno palaciego, como lo advirtió esta revista desde el inicio. Porque, aunque lo niegue cierta izquierda, Maraví, Bermejo y compañía no son fruto del “terruqueo”. Y su plan de gobierno con Asamblea Constituyente y todo fue nefasto, por decir lo menos. Como lo graficó CARETAS, varias figuras como Manuel Rodríguez Cuadros, Pedro Francke y Jorge Nieto intentaron domar a la fiera, pero la bestia los “paseó”. Y a algunos de ellos los sigue “relojeando”, a juzgar por el nuevo castillismo que ahora busca encarnar Roberto Sánchez, el visitante de Nicolás Maduro.
Esa es la línea que parece querer reivindicar Roberto Sánchez, quien ha subido al carro a los viejos compañeros de ruta castillista: subversivos, mineros ilegales y miembros del MOVADEF. Y con la yapa de Antauro Humala, por si faltaba poco.












