Por: Cristina Dreifuss
Vicerrectora de la UPN
En Miraflores, una casa de los años cincuenta con jardín delantero, ventanas de madera y esa proporción particular que tenían las fachadas antes de que todo se volviera vidrio y concreto caravista no figura en ningún registro de patrimonio.
Tampoco la de al lado. Ni la de algunas cuadras más allá en Lince, ni la quinta republicana de Pueblo Libre que lleva años con un cartel de “próximamente” clavado en la reja.
No están protegidas porque nunca tuvieron arquitecto famoso. Porque nadie firmó los planos con nombre ilustre. Porque la memoria que guardan es doméstica, popular, sin monumentalidad, y eso, para el Estado peruano y para la narrativa oficial del patrimonio, parece que equivale a no tener memoria en absoluto.
El criterio de lo que merece preservarse no es histórico ni técnico. Es estético, lo cual no tiene nada de malo, pero también es clasista. Se protegen iglesias coloniales, palacios, edificios que alguna vez alojaron poder. Lo que vivió gente común se deja caer solo, o se derriba con permiso municipal, o se vende a una inmobiliaria que levantará doce pisos con estacionamiento en el sótano y amenidades en la azotea.
Lima está perdiendo, barrio por barrio, una escala urbana que tardó décadas en construirse. Esa relación entre la vereda y la puerta, entre el árbol y la fachada, entre el interior doméstico y la calle no se recupera.
Cuando desaparece, desaparece también la evidencia de que ahí vivió alguien que no era monumento, que no era élite, que simplemente habitó la ciudad.
Pero, claro, eso no sale en ningún libro de arquitectura de Lima, ni se incluye en los tours. Y, aparentemente, si no sale en el catálogo, no existió.









