En el relato más repetido, la madre puede con todo. Trabaja, organiza la casa, acompaña en las tareas, cuida, contiene y encima lo hace con una serenidad casi obligatoria. Pero, fuera de esa postal, muchas viven una presión constante por llegar a todo y una culpa que se instala incluso cuando ya están sosteniendo demasiado. “En nuestro contexto, hay una expectativa familiar y social que aún espera mucho más de la mamá que del papá”, advierte la psicóloga infantojuvenil Jimena Cárdenas Ríos. Y ese desequilibrio no es menor. Según la Encuesta nacional de uso del tiempo 2024, del INEI, las mujeres dedican más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, una brecha que sigue marcando la rutina de los hogares peruanos.
Entre el cansancio y la exigencia
Cárdenas describe una escena frecuente. Además del trabajo remunerado, muchas madres siguen cargando con la organización diaria de la vida familiar: revisar tareas, resolver comidas, coordinar horarios, llevar a los hijos a sus actividades y sostener lo emocional. Por eso, dice, aparece “un sentimiento de insuficiencia, fracaso o constante preocupación de no ser lo suficientemente buenas”. Por lo tanto, el cansancio se convierte también en una comparación permanente, a veces silenciosa, con otras madres, con el entorno y con una idea de perfección que no termina nunca.
La maternidad imposible
Las redes sociales han intensificado esa presión. “En consulta, cada vez más recibo preguntas de las mamás que contienen una frase como ‘lo vi en un reel en Instagram’”, señala la especialista. Allí circulan modelos de crianza impecables, rutinas ordenadas y vidas familiares editadas que alimentan una competencia tácita: si otras pueden con todo, ¿por qué una no? “La presión que viene de comparar nuestra realidad con la de otras contribuye a la culpa materna”, resume.
Cuando esa culpa se vuelve crónica, el impacto deja de ser abstracto. Puede traducirse en irritabilidad, ansiedad, autocrítica, pensamientos intrusivos, fatiga, alteraciones del sueño y hasta dolores de cabeza. El conflicto se vuelve todavía más áspero en las madres que trabajan y sienten que fallan a la vez en la casa y en lo profesional.
En el Perú, además, la licencia por maternidad es de 98 días, mientras que la licencia por paternidad general es de 10 días consecutivos, una diferencia que todavía refleja cuánto del cuidado temprano sigue recayendo sobre ellas.
Frente a eso, Cárdenas propone una idea menos idealizada y más realista de la maternidad. “No existe una fórmula mágica o una talla única para la crianza”, dice. Lo importante, añade, pasa por “priorizar, escuchar y dejarse ayudar”. En tiempos en que el Día de la Madre suele volver a esa figura casi intocable, quizá convenga recordar algo más simple y más humano: una madre no necesita ser perfecta para criar bien. Necesita sostén, descanso y margen para seguir siendo persona además de madre.


























