Por: Cristina Dreifuss
Vicerrectora de la UPN
Hay calles que invitan a caminar y calles que nos dan ganas de cruzar corriendo. La diferencia rara vez está en el pavimento o en los árboles. Está en lo que hacen los edificios con su primer piso.
Un edificio no es una isla. Su relación con la vereda, es decir, cómo se abre o se cierra hacia ella, define en buena medida si una calle es agradable o inhóspita, si un barrio tiene vida o simplemente existe.
Cuando el primer piso de un edificio tiene comercios, ingresos que generan visibilidad y permiten acciones o ventanas que dan al exterior, ocurre algo aparentemente simple pero muy poderoso: hay ojos en la calle.
La urbanista Jane Jacobs consideraba que esto producía una vigilancia natural y se ha comprobado que es uno de los mecanismos más eficaces para que un espacio público se sienta seguro y animado.
El problema aparece cuando los edificios le dan la espalda a la ciudad. Muros ciegos, garajes que ocupan toda la fachada, jardines vallados que alejan la vida interior del exterior: cada uno de estos elementos es una pequeña muerte para el espacio urbano.
La capacidad de un edificio de conectar visual y físicamente con su entorno, su permeabilidad, no es solo un tema estético. Un zócalo permeable con locales, accesos e infraestructura que permita actividades humanas aumenta la seguridad, fomenta el comercio de proximidad y fortalece el tejido social del barrio.
La arquitectura tiene una responsabilidad pública que va más allá del lote que ocupa. Frente a las presiones inmobiliarias de sacar el máximo provecho al metro cuadrado, y la aparente sensación de seguridad que nos da un muro, es tarea también de los municipios y sus normativas velar por que los edificios colaboren con la experiencia de recorrer las calles a pie.
Cada fachada es, también, la mitad de un espacio compartido. Diseñarla bien es un deber cívico.



















