Escribe: Paulo Villacorta
Anaí Padilla creció rodeada de música. En su familia, nombres como Porfirio Vázquez, Abelardo Vázquez y Pepe Vázquez ya eran referentes fundamentales de la cultura peruana cuando ella nació. Creció, por tanto, en un ambiente donde el arte y el reconocimiento público eran parte de la vida cotidiana; para ella, sin embargo, aquellos íconos eran simplemente sus abuelos, tíos y familiares cercanos. Recién en la adolescencia empezó a entender la dimensión del legado que llevaba sobre los hombros.
“Tenía mucho orgullo por la familia de la que venía”, recuerda. Sin embargo, crecer en medio de una tradición artística tan sólida también significó convivir con ciertas exigencias. Mientras otros descubren sus talentos sin comparaciones, Anaí aprendió desde muy pequeña observando a músicos de alto nivel. Esa cercanía con la excelencia terminó impulsándola a buscar un espacio propio.
EN BUSCA DE SU PROPIA VOZ
Aunque la música fue su primer amor, encontró en la actuación una manera distinta de expresarse. Allí comenzó un proceso que terminaría dejando una marca en su carrera y su vida personal. Lo que inició como vocación se transformó en una forma de entenderse y de responder preguntas sobre identidad.

La actriz revela que enfrentó experiencias de racismo y discriminación desde joven. Fuera del entorno familiar descubrió otra realidad. “Te enfrentas al mundo y simplemente te ven como una mujer negra”, comenta. Estas experiencias afectaron su bienestar emocional y la llevaron a atravesar procesos de sanación que hoy considera fundamentales.
El teatro y la televisión fueron herramientas para reconstruir su autoestima y fortalecer su identidad. “Mi carrera me salvó la vida”, afirma. A través del arte empezó a descubrirse, comprender sus raíces y mirar su historia desde otra perspectiva. Ese camino la acercó a espacios de reflexión sobre afroperuanidad y a lo que hoy define como “artivismo”.
REPRESENTAR PARA TRANSFORMAR
Para Anaí, el arte puede generar cambios sociales. Desde su trabajo impulsa proyectos vinculados a la memoria, la identidad y la discriminación. Por eso utiliza el término “artivista”, una forma de entender su labor como la unión entre artista y activista, en la que la creación no solo tiene un fin estético, sino también una intención de transformación social y de cuestionamiento de las realidades que atravesamos.
Ha interpretado personajes diversos, algunos ligados a la historia y otros alejados de los estereotipos. Sobre la presencia afrodescendiente en los medios, considera que aún hay un largo camino por recorrer, aunque reconoce avances.
“Hay que llamar las cosas por su nombre”, sostiene al hablar sobre racismo. Para ella, visibilizarlo es clave para transformarlo y evitar su normalización.
EL LEGADO CONTINÚA
Hoy atraviesa una nueva etapa con Te Lo Digo Cantando, un concierto escénico donde une música, actuación y memoria. El proyecto recorre canciones que marcaron su vida y rinde homenaje a figuras como Victoria Santa Cruz y Lucha Reyes.
El espectáculo reúne por primera vez a tres mujeres de la familia Vázquez: Anaí, Verónica Vázquez y la rapera Mayra “Necia” Vázquez, marcando el inicio de una nueva generación artística.
Cuando piensa en su versión adolescente, el mensaje es claro: confiar en el proceso y en su propia voz. Aprender a reconocerse ha sido, en el fondo, su mayor obra.








