Escribe: Luis Fernando Nunes*
En la madrugada del 3 de enero pasado, el proceso político venezolano dio un giro de 180 grados. Mucho se había dicho que algo iba a pasar. No se sabía el qué y ni el cómo, pero era evidente que un acentuado despliegue de las fuerzas norteamericanas en el mar Caribe no era un mero ejercicio para estresar al régimen que se había robado tres elecciones: la presidencial de julio del 2024; la de mayo del 2025 para renovar la Asamblea Nacional, elegir gobernadores y legisladores estadales; y la de julio de ese mismo año con unas elecciones municipales. Esos dos últimos comicios tuvieron una participación muy reducida y fueron muy cuestionados por la verdadera oposición. Así lo expresaron, porque hay otra seudooposición impulsada a dedo por los oficialistas para dar la impresión de que en el país hay una “normalidad democrática y con una convivencia pacífica”.
En pleno siglo XXI, que un país interfiera en el devenir político de otro no parece una muy buena noticia. Mucho se ha hablado y escrito al respecto, pero la población venezolana estaba hace años secuestrada por una organización más delincuencial que política. La represión y el miedo han estado presentes, con centenares de asesinatos selectivos y un impresentable número de presos políticos, con terribles relatos de tortura, violencia física y sicológica. No respetaron a niños, adolescentes, mujeres embarazadas, adultos mayores y enfermos. Se cruzaron todas las líneas rojas. Como lo dijo el secretario estadounidense Marco Rubio, la presencia de Nicolás Maduro era simplemente intolerable. En los próximos meses, accederemos a una importante serie de noticias que develarán la gravedad y terminarán por aclararnos los graves delitos por los cuales se detuvo a Maduro y su mujer. Ya se les encaminó a un juicio en Nueva York. Pero tendrán que responder por muchos otros casos los involucrados en el saqueo de un país que, en algún momento, fue uno de los más desarrollados del continente, pero que ahora se encuentra con una pavorosa corrupción sin límites.
Se ha diseñado un cronograma con tres etapas: la necesaria estabilización, la recuperación económica y una transición con exigencia de reconciliación. Seguramente, la dupla de María Corina Machado y Edmundo González Urrutia tendrá con justa razón un papel protagónico, pero sin olvido ni perdón. Precisamente, ya quieren maquillar esta última con una ley de amnistía aprobada a toda prisa y hecha a la medida de quienes reconocen muchos errores. Delcy Rodríguez es evidentemente una pieza de recambio: cuando deje de serle útil al Gobierno de Donald Trump, su accionar pragmático determinará qué otros liderazgos tomarán la posta.
La jefa de misión de EE. UU. en Venezuela, Laura Dogu, está monitoreando que se cumplan las etapas y los objetivos fijados, sin dejar de mirar con cautela a Diosdado Cabello y su accionar con su aliado mercenario Granko Arteaga y sus colectivos sanguinarios, así como las maniobras de Jorge Rodríguez y las jugadas de Tareck El Aissami.
¿Hay un tutelaje en Venezuela? ¡Claro que hay un tutelaje y parece que así continuará por un buen tiempo! Cuando se restituya y se consolide un verdadero sistema democrático, los exiliados y los que huyeron por hambre y necesidad volverán a sus casas con sus familias y recuperarán el derecho a unos comicios libres y no robados. Millones en el exterior nunca han podido emitir su voto en todos estos años.
Y como en Venezuela todas las noticias están en pleno desarrollo, desde Manhattan aparecen los documentos que comprueban que Nicolás Maduro nació en Colombia (rumor que se corrió hace años, pero de lo que no se podía ni hablar). Las interrogantes son: ¿Venezuela ha estado gobernada por un ciudadano colombiano? ¿Cómo quedan sus actos de gobierno?
En el Caribe se usa mucho la frase “O corren o se encaraman”, que tiene un tono popular, irónico y pícaro. A buen entendedor, pocas palabras.
*Analista político e internacionalista






























