El antecedente es imposible de esquivar. Susy Díaz, con más intuición que consultor, entendió en los noventa que el voto también entra por los ojos. Se pintó el número 13 con lápiz labial en una nalga, salió a la calle y convirtió el gesto en campaña. No fue un exabrupto: fue una tesis. Con 10 280 votos, alcanzó una curul por el Movimiento Independiente Agrario (MIA) y dejó instalada una lección que la política peruana no ha olvidado: en un país saturado de promesas, lo inolvidable cotiza más que lo programático. Y la imagen, cuando impacta, gobierna.
Avanzamos tres décadas y la escena se ha sofisticado. Patricia Chirinos, candidata al Senado por Renovación Popular, avanza en triciclo por barrios del Callao, reparte sonrisas, besos y bolsos, mientras la cámara —esa nueva urna— registra cada gesto. La política de proximidad se vuelve literal: abrazar, besar y tocar. La candidata incluso desliza una dolencia en la pierna. El detalle no es menor. En campaña, hasta el dolor tiene timing.
Pero también hay discurso. Chirinos asegura asumir la candidatura “con convicción y responsabilidad” y sostiene que el Callao “merece una voz firme, valiente y comprometida con su gente”. Habla de un “Callao fuerte, digno y sin miedo” y apela a la épica personal: “Vengo con la fuerza y el coraje de la mujer chalaca, guerrera y luchadora”.
¿Es empatía o es puesta en escena? La respuesta, incómoda, es ambas. En la era de la viralización, el gesto sincero y la coreografía comparten el mismo plano. Y el ciudadano, además de elector, es espectador.


LA ESTÉTICA COMO ATAJO
En La Libertad, Rachell Coronado, candidata a diputada por Avanza País, protagoniza otro capítulo de esta novela visual. Su figura —amplificada por redes— se vuelve tendencia antes que programa. Los comentarios vuelan: algunos celebran, otros ironizan, todos opinan. La política, una vez más, convertida en conversación estética.
Pero hay agenda, aunque compita en desventaja. Coronado propone eliminar los privilegios de los congresistas y reducir progresivamente hasta en 50 % sus salarios, hoy por encima de los S/15 000 mensuales. También plantea que el cargo parlamentario sea renunciable y endurecer la política de seguridad eliminando beneficios penitenciarios para reincidentes y delincuentes de alta peligrosidad.
La comparación con Susy Díaz aparece casi por reflejo. Pero no es nostalgia: es síntoma. En el ecosistema digital, la imagen no acompaña al mensaje; lo sustituye. Y cuando eso ocurre, la deliberación pública corre el riesgo de quedarse sin verbo y con exceso de adjetivos.
EL PASADO QUE NO PRESCRIBE
Jennifer Ponte Guerrero, candidata a diputada por Ahora Nación, añade una capa más compleja. Su paso por una plataforma de contenido por suscripción —previo a su candidatura— no configura delito, pero sí abre un flanco: el de la coherencia narrativa. Eliminó el rastro antes de postular. Error de cálculo. En internet, borrar es apenas otra forma de decir “miren aquí”.
Su explicación —desempleo en pandemia y necesidad de sostenerse— introduce una variable que el moralismo suele ignorar: la precariedad. Pero la política no juzga contextos con la misma generosidad que la vida real. Juzga relatos. Y aquí el relato tambalea, no por lo que fue, sino por cómo se administró.
En su incursión política por el partido Ahora Nación, Ponte ha centrado sus principales propuestas en la derogación de las denominadas “leyes procrimen”, el impulso de un referéndum para reformar el sistema de lucha contra la criminalidad y el fortalecimiento de la protección legal para mujeres víctimas de violencia. Hay intención de renovación. Pero también hay ruido. Y en campaña, el ruido —otra vez— cotiza.

PROPUESTAS EN TIEMPOS DE SCROLL
No todo es performance. Alissa Durand, candidata a diputada por Avanza País, intenta jugar en dos tableros: presencia digital y contenido. Seguridad ciudadana, revisión de penas para delitos menores con alternativas de cumplimiento domiciliario y reinserción, y la siempre popular deducción del IGV para personas naturales. Hay agenda. Hay intención programática.
Pero hay también un problema de época: las ideas compiten contra el algoritmo. Y el algoritmo no premia la complejidad. Premia lo inmediato, lo visual, lo replicable. Traducir propuestas a ese idioma sin perder sustancia es hoy, probablemente, el mayor desafío de cualquier candidato.
Lo que une estos casos no es la anécdota, sino el cambio de fondo. La política ya no se limita a persuadir; debe seducir. Y en ese tránsito, el cuerpo se convierte en interfaz: canal de cercanía, detonante de polémica, archivo de vida y, a veces, cortina de humo.

El riesgo no es que el cuerpo esté en la política. Siempre lo estuvo. El riesgo es que lo ocupe todo. Porque, cuando la imagen se vuelve argumento, la política deja de discutirse y empieza a consumirse. Y en ese consumo, el voto corre el peligro de decidirse no por lo que se piensa, sino por lo que se ve.
En el Perú, donde la memoria electoral es breve pero la imagen persiste, la lección parece clara: el candidato que no se muestra no existe. El problema es cuando mostrarse reemplaza a gobernar.
Y entonces, en esta democracia cada vez más visual que deliberativa, la duda queda abierta: ¿seguiremos eligiendo representantes… o simplemente a quienes mejor entienden el encuadre?



















