A los 22 años de carrera, Emilia Drago no parece interesada en escoger una sola versión de sí misma. Actriz, bailarina, gestora cultural, comunicadora, productora y mamá, ha aprendido que crecer también significa hacer espacio para todo aquello que la entusiasma.
En conversación con Ellos&Ellas, habla de ese recorrido sin nostalgias, pero con la certeza de que todavía quedan muchas historias por contar.

Todas sus versiones
Hay personas que cambian de camino y otras que convierten cada camino recorrido en parte del siguiente. Emilia pertenece a las segundas.
A sus 22 años de carrera, no habla de la reinvención como quien borra una historia para comenzar otra, sino como quien abre una nueva página y descubre que todavía quedan muchas cosas por contar. “Yo creo que tener distintas facetas me ha ayudado a encontrarme”, dice.
Y quizá allí esté una de las claves para entenderla. Porque en ella, la actriz no ha desplazado a la bailarina, ni la productora a la intérprete, ni la mamá a la artista. Todas conviven. Una de esas nuevas páginas tiene nombre propio: Separada pero nunca sola, película que protagoniza y en la que debuta como productora ejecutiva.
Isabel, su personaje, atraviesa una separación que no nace de una traición ni necesita un villano. Simplemente llega el momento en que comprende que, dentro de aquella relación, dejó de reconocerse. Hay algo de Emilia en esa idea de volver a encontrarse.

en Real Plaza Salaverry.


Separada pero nunca sola.
El estreno tuvo una respuesta auspiciosa y se convirtió en la película más vista del jueves 3 de septiembre en las salas del país.
Para ella, además del encuentro con el público, significó asumir un desafío que llevaba tiempo rondando su curiosidad: mirar la historia también desde el otro lado de la cámara. Porque Emilia ya no quería solamente interpretar. Quería entender cómo nacía aquello que después veía el espectador.
Bailar también cuenta
A los 15 años comenzó a abrirse camino en el mundo artístico. Desde entonces, televisión, teatro y cine fueron construyendo un recorrido que la convirtió en uno de los rostros reconocibles de su generación. Pero, mientras las cámaras la encontraban, había otra Emilia que seguía bailando.

La danza llegó temprano. De niña participaba en elencos y concursos y, con los años, aquella pasión encontró una forma distinta de crecer. Así nació Vívelo conmigo, un proyecto que partió de sus ganas de acercar la cultura peruana al público a través de sus festividades y danzas. La Virgen de la Candelaria fue uno de sus primeros grandes impulsos.
Primero llegaron los contenidos para YouTube; después, un espectáculo teatral que mezcló folclor, música y actuación. Ahora prepara también un documental sobre esta festividad. “Mi vida de artista está nutrida desde mi lado de actriz y desde mi lado de bailarina”, reflexiona Emilia. Esta frase resume una relación que va más allá de una simple disciplina artística: es una forma de observar y sentir el país que también quiere transmitir a sus hijas.
Del escenario al detrás
La actuación le dio el escenario. La danza, el movimiento. La comunicación, una mirada sobre lo que sucede detrás. Y la producción le abrió una puerta todavía más grande.

Como productora ejecutiva de Separada pero nunca sola, se involucró en financiación, logística y creación. “Ya no te llaman solamente para actuar, sino que estás metida en todo el proceso creativo desde cero”, comenta con entusiasmo. La experiencia fue enriquecedora, aunque también agotadora. Actuar mientras se está pendiente de lo que ocurre detrás de cámaras obliga a tener los ojos en dos lugares al mismo tiempo.
Pero para Emilia había algo estimulante en esa exigencia: por fin podía participar de la historia desde su nacimiento. No era, en realidad, una curiosidad nueva. Se formó en Ciencias y Artes de la Comunicación y desde hace años sentía interés por aquello que sucede detrás del escenario. Ahora esa inquietud empieza a ocupar un espacio propio.
Volver a empezar
La palabra que mejor define este momento podría ser transformación. No porque haya dejado atrás a la Emilia que comenzó a los 15, sino porque aquella adolescente todavía la acompaña.
“Uno se va reinventando con el tiempo, con los años, con la madurez”, explica. Y su presente parece darle la razón. Después de más de dos décadas en la industria, no busca demostrar que puede hacerlo todo. Más bien, se permite descubrir qué quiere hacer después.
También está la maternidad, ese territorio complejo donde las agendas profesionales encuentran una dimensión más íntima. Grabaciones, viajes y temporadas intensas conviven con la organización familiar. Emilia sabe que el equilibrio no aparece por arte de magia: se construye, se conversa y, muchas veces, se negocia entre horarios y responsabilidades.

Sus hijas crecen, además, cerca de un arte profundamente ligado al Perú. Ella quiere acercarlas a sus tradiciones, a sus danzas y a esa memoria cultural que ha terminado convirtiéndose también en parte de su propio trabajo.
Sin embargo, reconoce que todavía es difícil explicarles todo lo que implica una carrera artística. Algún día entenderán que detrás de lo que parece luminoso desde afuera hay disciplina, esfuerzo, paciencia y muchas horas de trabajo.
La paciencia como brújula
Precisamente “paciencia” es la palabra que Emilia escogería si pudiera sentarse frente a aquella muchacha de 15 años que recién empezaba. No le prometería un camino fácil. Le hablaría del “sudor, lágrimas, alegrías y penas” que vendrían después. Pero también le diría que no se apresure. Que las cosas buenas, como las que llegaron, necesitan tiempo.
Y acaso esa sea la lección que mejor resume su recorrido. Emilia no ha dejado atrás a ninguna de sus versiones. Las ha ido reuniendo. La actriz sigue allí. También la bailarina que alguna vez descubrió el poder de una danza, la comunicadora que quiso mirar detrás de escena, la productora que ahora participa en la construcción de una historia y la mamá que aprende todos los días otro tipo de paciencia.
Las historias que vienen
Hay algo más que empieza a aparecer en esa mujer que sigue buscando nuevas formas de contar. Después de tantos años interpretando personajes, produciendo proyectos y llevando nuestras tradiciones a escena, quizá también sea tiempo de detenerse y dejar que las historias de otros entren en ella.
Abrir un libro. Quedarse un rato en sus páginas. Encontrar en ellas una voz distinta, una vida desconocida, un mundo que no necesita cámaras ni reflectores para conmover.
Porque, después de tantos años interpretando historias, Emilia parece haber entendido algo esencial: reinventarse no siempre significa convertirse en otra persona. A veces significa detenerse, mirar todo lo que uno ha vivido y descubrir que todavía quedan muchas Emilias por conocer.
Y tal vez allí esté su encanto: en seguir creciendo sin despedirse de quien fue. Como quien pasa una página, sonríe y continúa. Porque todavía hay historias esperando por ella.
