Por: CZAR GUTIÉRREZ
Ni cercado por la fragilidad de su propio cuerpo dejaba de escribir. Desde su lecho, entre la penumbra tibia de las tardes que se apagaban antes del anochecer definitivo, seguía hundiendo los dedos en la Olivetti: anotaciones rápidas, versos detenidos en un soplo, poemas rubricados con una firma secreta: “sureño”. Mientras la enfermedad lo reducía, edificaba un lenguaje sobre aquellas hojas que encendían alguna luz en su agonía.
Luego esa casa/clínica guardaría silencio. Los papeles amarillearon, reliquias involuntarias ya. Algunas eran hojas membretadas de la revista CARETAS: el poeta trabajó como redactor, una de las prosas más finas del periodismo cultural peruano. Aquellos restos destinados a la imprenta, con olor a tinta y al vértigo de la redacción, sirvieron de soporte a por lo menos dos poemas inéditos.
Y permanecieron así, intocados, durante 40 años. Hasta que apareció el jovencísimo hombre orquesta de la editorial Personaje Secundario: con paciencia de orfebre y oído de devoto, Cayre Fonseca contactó con Gryzel Mantalla Rose, la sobrina del bardo. Ella, generosa, le abrió el baúl de un archivo íntimo: dos juegos de manuscritos y mecanoscritos sobrevivientes de mudanzas, polillas y olvidos. De esa entrega nacería este volumen: Olvidarte sería conocer el olvido (2025).
La poesía de Juan Gonzalo Rose, perfectamente consagrada en el canon de la lengua española, equilibra entre la claridad emotiva y una sintaxis de apariencia coloquial que esconde el sustrato: esa gravedad esencial. Poeta de la intimidad y del exilio interior, su palabra se volvió un refugio contra la fugacidad de una vida oscilante entre la hondura filosófica y su ya clásica ternura.
Estos últimos poemas encontrados se leen como un testamento espiritual que condensa el pulso final de su voz, entre la erosión de la carne y la permanencia de la palabra. Rose hasta el final articula el lirismo de lo cotidiano con musicalidad clásica en versos habitados por la afección de Vallejo y la transparencia de Jorge Guillén, pero bajo una cadencia íntimamente suya.
Tal vez en estos inéditos la conciencia de finitud imprime un nuevo espesor: Olvidarte sería conocer el olvido más que mero giro retórico es dictamen ontológico. El olvido como sustancia y amenaza metafísica que sólo la poesía puede conjurar. La transparencia de su dicción se trenza aquí con una imaginería solar, acuática, cósmica.
Escojo cuatro poemas al azar: en “Claror del sol”, el neologismo acuaz cifra un territorio nuevo: la invención verbal como última defensa contra la desaparición. En “Caligrafía” (pensando en Valdelomar) se revela el juego entre permanencia y ludismo como si la poesía misma fuese la única forma de sobrevivir al tiempo. En “Cartografía”, el tono de ofrenda se ancla en la ética de la amistad como prolongación del amor. Mientras que “Piropo” es la explosión maestra de la metáfora en dos versos: “Tus ojos fuesen verdes / si no fueran el mar”.
Rose sigue siendo, pues, la condensación de lo absoluto bajo el minimalismo de unas imágenes que transitan por gestos casi domésticos: tijeras que cortan el humo, aves que evocan el espacio, que es cuando dialoga con Emily Dickinson. Pero su poesía terminal está más cerca de Rainer Maria Rilke, sobre todo en esa insistencia en convertir el dolor en forma y la fugacidad en eternidad verbal.
Pero como T. S. Eliot, su mirada al ocaso de la existencia entreteje una cotidianeidad escorada hacia lo universal: el amor privado con la visión metafísica del tiempo. Mientras tanto, bajo el lirismo solar y marino de sus inéditos palpita algo de Eugenio Montale particularmente perceptible en aquella claridad que en el fondo es abismo.
En todos los casos, su tono confesional y de intimidad con el lector lo aproxima a Idea Vilariño: ambos convirtieron el amor en materia última, despojada de artificio, con un decir tan desarmado como absoluto, simultáneamente. Mientras que, por su insistencia en lo erótico y cotidiano, entre el cuerpo y el recuerdo, roza la respiración cálida y urgente de Jaime Sabines.
El trabajo editorial consistió en cotejar los textos, en afinar detalles mínimos sin traicionar la música original. Erratas corregidas con delicadeza. Ortografías adecuadas al presente. Neologismos respetados con reverencia –ese “acuaz” que parece inventar una lengua dentro de la lengua–. La edición fue un acto de restauración y de escucha: dejar que Rose hablara, cuarenta años después, con la frescura de siempre.
Por eso Olvidarte sería conocer el olvido es un libro que el editor rescata como reliquia, pero lo presenta como novedad. Por eso lo publica en la colección Actor de Reparto, dedicada a lo contemporáneo: estos veintiséis poemas no envejecieron, permanecieron aguardando el momento justo para irrumpir. Que aparezcan en vísperas del centenario del poeta es un gesto de la memoria.
En uno de sus versos escribe: “Tal vez ellos retornen / después de que la belleza / se haya ido”. Hoy esos poemas retornan iluminando lo que creíamos perdido. Hablan de ternura, de deseo, de la memoria encendida incluso en la agonía. Y en un país fracturado como el nuestro, quizá ese consenso sea el más alto triunfo de la poesía.
Por eso Rose no cierra su obra con un epitafio sino con un mapa inacabado hacia la memoria. La nostalgia, aquí, es una brújula. Estos inéditos iluminan, con su fragilidad intacta, la certeza de que la poesía es el modo más bello de vencer al tiempo. De regresar desde los umbrales de la muerte. De recordar cómo el jinete muerto añora su caballo. Y cómo las aves tontas alegremente tristes evocan el aire nuestro.









































