Escribe: MARCE ROSALES
Tras más de una década en Perú, el artista británico Matthew Collett presenta Ghosts, una muestra que tensiona las nociones de identidad, archivo y pertenencia. Su regreso a la pintura, tras años de práctica esporádica, coincidió con procesos paralelos que lo atravesaron: la lectura, la escritura y, curiosamente, el trámite para obtener su DNI. “Pensar en convertirme en peruano me llevó a reflexionar sobre la idea de nacionalidad y nacionalismo”, comenta. Ese gesto administrativo derivó en una exploración visual del vínculo histórico entre Perú e Inglaterra, atravesado por memorias personales y estructuras heredadas.
Desde una mirada extranjera pero no ajena, Collett aborda temas peruanos desde una sensibilidad marcada por su formación en museos británicos, su fascinación por el arte clásico y su obsesión por el tratamiento de la imagen. En paralelo, el recuerdo de su abuelo y bisabuelo, veteranos de las guerras mundiales, aparece como otra capa sobre la que el artista trabaja como rostros, huellas y silencios que sobreviven como espectros del pasado. “Los grandes y pequeños eventos, personales o nacionales, dejan cicatrices”, señala.
Autodefinido como geek de la historia y la tecnología, Collett se declara obsesionado con la calidad visual: del grano del cine a la compresión digital, de los pigmentos a los píxeles. Su obra incorpora elementos de procesos algorítmicos sin ceder al fetichismo tecnológico. Lejos de servirse de la inteligencia artificial como truco, se interesa por entender su lógica, su lenguaje. Ha leído papers científicos, estudiado código, y desde ahí deja que ciertos mecanismos de generación de imágenes se filtren en su pintura, explorando el punto donde gesto humano y cálculo se confunden.

Pero nada en su método es inmediato. Collett trabaja con imágenes encontradas —de archivos, libros o álbumes familiares— que manipula, archiva mentalmente y deja reposar. En ese proceso, la memoria interviene. “Las capas de pintura funcionan como capas de memoria, donde el tiempo se acumula en la superficie”. Es también una forma de meditación. No una que vacíe la mente, sino que la llene de conexiones. Para Collett, pintar es pensar en voz baja con la mano.
A través de ese proceso, la muestra propone una revisión crítica de cómo se construyen los relatos colectivos, cómo se reescriben desde el presente, cómo persisten los fantasmas. Figuras históricas, como Ricardo Palma o Nicolás de Piérola, se vuelven signos repetidos. Archivos, monumentos y ruinas se ensamblan en imágenes que no buscan representar la historia, sino revelar sus mecanismos.
Mientras proyecta nuevas exposiciones en Lima y el extranjero, Collett celebra el momento que vive el arte peruano, donde múltiples lenguajes conviven con vitalidad. “La diversidad cultural de este país es única”, afirma. En ese contexto, su trabajo se ubica como un gesto que busca reflexionar.

















































