En los salones de clase, hay niños que se mueven a otro ritmo. Mientras unos copian de la pizarra, otros le dan vuelta al lápiz, dibujan en las mesas, se levantan, sueñan despiertos o simplemente no pueden enfocarse completamente. Son los que suelen oír frases como “concéntrate” o “¿por qué no puedes quedarte quieto?”. Para la psicóloga infanto-juvenil Silvana Guerrero, ese gesto cotidiano es la punta de un problema más amplio: la incomprensión del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), un diagnóstico muchas veces mal entendido o, peor aún, convertido en estigma.
“Uno de los mitos más comunes es creer que se trata de una fase infantil. No lo es. Es una condición neurobiológica que puede acompañar a la persona durante toda su vida”, explica. El TDAH, añade, no afecta la inteligencia ni el potencial cognitivo; su diferencia radica en los tiempos de regulación emocional y la sensibilidad a los estímulos. “Mientras un niño promedio necesita quince minutos para calmarse, uno con TDAH puede tardar cuarenta. No porque no quiera, sino porque su cerebro madura de forma distinta”.
El error más frecuente no está en el niño, sino en la mirada adulta. Guerrero observa cómo algunos colegios aún imponen matrículas condicionales o exigen acompañantes personales, prácticas que la ley peruana prohíbe por discriminatorias. La raíz, dice, es la falta de actualización docente: “Muchos maestros repiten etiquetas: lento, desorganizado, chismoso. Palabras que un niño aún no puede cuestionar y que acaba asumiendo como identidad”.
La psicóloga también advierte el daño del diagnóstico mal aplicado o del autodiagnóstico digital, impulsado por redes sociales donde cualquiera “enseña psicología”. “Los niños son literales. Si un influencer dice que tener cinco de siete rasgos significa tener TDAH, muchos se lo creen. Y crecen identificándose con etiquetas que no les pertenecen”.
Desde el movimiento por la neurodiversidad, Guerrero propone abandonar la idea del “déficit” y hablar, más bien, de sensibilidades distintas. “Si solo lo vemos clínicamente, el niño se siente enfermo o limitado. Pero si lo vemos humanamente, entendemos que tiene otra forma de atender, de emocionarse, de percibir”. En lugar de anular ese impulso, dice, se trata de canalizarlo: ofrecer rutinas que incluyan deporte, talleres artísticos o espacios donde descarguen energía y aprendan a tolerar la frustración.
En un país donde, según datos del Minsa, las atenciones por TDAH superaron las 27 000 en 2024, el reto no es corregir a los niños, sino reformar la manera en que los adultos los entienden. “No se trata de callarlos, sino de escucharlos de otro modo”, concluye Guerrero. Porque a veces, detrás del ruido y la energía excesiva, hay una mente intentando encontrar su propio ritmo. (M.R.)











