La noticia del fallecimiento de José Antonio García Belaúnde a los 77 años, en Madrid, cae como un recordatorio de una figura que, sin estridencias, ejerció un verdadero liderazgo de Estado. Canciller del Perú entre 2006 y 2011, “Joselo” supo demostrar que el servicio público no se reduce a marcar tarjeta ni a administrar inercias. Impulsó transformaciones que, sin buscar reflectores, dejaron huella. Su historia personal se entrelaza con los vaivenes del Estado peruano: fue injustamente purgado del servicio diplomático por el régimen de Fujimori, como tantos otros profesionales de carrera. Pero al volver como ministro de Relaciones Exteriores, no buscó revancha. Lejos de ello, trabajó por una reconciliación institucional, fortaleciendo una Cancillería que volviera a mirar al país desde la política exterior, no desde el castigo interno. Esa capacidad de dejar de lado el ajuste de cuentas y pensar en el largo plazo es, precisamente, lo que hoy parece escasear. Su rol en la demanda marítima ante la Corte de La Haya es también elocuente.
Aunque en un inicio era escéptico respecto a las probabilidades del Perú, no agitó el reclamo. Por el contrario, explicó en privado y con mesura las razones técnicas que desaconsejaban una acción impulsiva. Pero cuando el proceso se volvió inevitable, supo ponerse al frente con liderazgo sereno, cohesionando a la clase política y diplomática en torno a una causa común. Fue, probablemente, una de las pocas veces en que el Perú logró alinearse como Estado. No fue solo un caso jurídico: fue un acto de conducción institucional.
Y es precisamente eso lo que falta hoy. Hablamos con frecuencia de la crisis de liderazgo presidencial, con mandatarios que terminan su mandato –si es que lo terminan– hundidos en el subsuelo de las encuestas. Pero hablamos muy poco de la ausencia de liderazgos de Estado, esos que logran que la administración pública funcione, que las políticas no se estanquen, que los equipos profesionales no huyan hastiados del sistema.
La entrevista que CARETAS sostuvo con Janeyri Boyer, expresidenta de SERVIR, refuerza esta idea. En un país donde coexisten hasta cuatro regímenes laborales distintos y donde la norma se suele aplicar al gusto del poder de turno, se requiere un liderazgo que trace propósito y ejerza coherencia. La burocracia no florece en la confusión; requiere dirección y respaldo. Como señaló Boyer, sin una visión clara desde la cima del Ejecutivo y sin una rectoría firme del servicio civil, el Estado se vuelve una selva de intereses, donde los incentivos perversos terminan sepultando cualquier intento de reforma.
El reciente escándalo del aumento salarial de la presidenta Dina Boluarte ilustra esta disonancia. Mientras SERVIR ha sido reducida a validar estructuras sin capacidad para exigir mérito, y mientras ministerios y gobiernos regionales siguen inflando planillas sin criterio, lo que tenemos es un crecimiento desordenado y profundamente desigual del aparato público. Lo que no hay es conducción.
Es hora de que el país retome la discusión sobre el Estado que necesita. Y no hablamos de más leyes, sino de más líderes. No de más cargos, sino de más visión. El próximo inquilino de Palacio deberá asumir ese reto con seriedad. Sembrar liderazgo en el Estado no es opcional. Es urgente.
En ese sentido, la figura de García Belaúnde no solo merece homenaje: es una advertencia y un ejemplo.
