El Perú vivió en 1988 una de las peores crisis de su historia republicana. La hiperinflación se disparó al 1722 %, los servicios colapsaron, el terrorismo se intensificó y la vida cotidiana quedó marcada por la escasez y el miedo. Alan García, que dos años antes había encarnado la esperanza como el presidente más joven del mundo, afrontaba un desastre en cámara lenta. La población improvisaba técnicas de sobrevivencia mientras Sendero Luminoso ganaba terreno. Las imágenes y crónicas de CARETAS ese año documentaron con crudeza un país al borde del abismo.



“Todo es como para confirmarle a uno en su decisión de ser no residente”, escribió Luis Pásara en CARETAS, tras una breve visita al Perú. “La tensión, la gravedad de la situación económica. Los rumores de todo tipo. Las versiones sobre la corrupción que se multiplican… Me resulta difícil entender cómo la gran esperanza de hace dos años hoy no es nada”.
En 1988, el país tocó fondo. A la hiperinflación –1722 % ese año y más de 7000 % al siguiente– se sumaban la escasez de productos básicos, el colapso de los servicios públicos, la expansión del terrorismo y un desconcierto generalizado. El Estado se desmoronaba y las reglas del juego parecían abolidas. CARETAS, siempre atenta a la coyuntura, dejó constancia del derrumbe con la crudeza que ameritaba el momento.


El colapso económico se aceleró desde inicios de año. En enero, un editorial advertía: “En el peor momento, cuando nos hemos quedado sin divisas y estamos viendo ya el fondo del abismo, el gobierno vuelve a la carga en su terco afán de estatizar la banca privada”. Esa obstinación ideológica del aprismo provocó fisuras en el Congreso y alarma en los mercados.
Apenas unas semanas después, el propio Alan García dio marcha atrás y reconoció la validez de la transferencia de acciones del Banco de Crédito a sus trabajadores, como señal de rectificación.


Pero la rectificación llegó tarde. En febrero, el exministro Javier Silva Ruete advertía: “No hay que temer a las medidas impopulares, lo peor es postergarlas”. Felipe Ortiz de Zevallos, desde Apoyo, planteaba medidas drásticas para evitar una “hiperinflación a la boliviana”: unificar el tipo de cambio, eliminar subsidios indiscriminados, subir el IGV del 6 % al 11 % y aumentar el precio de los combustibles. También era necesaria una reducción sustancial del gasto público, especialmente en Defensa, que concentraba más presupuesto que sectores como vivienda o bienestar social.
Otro especialista, Richard Webb, adelantaba que “el costo de la inflación que empieza será tan grande que, en algún momento, un gobierno hará lo necesario para pararla. Pero ¿qué hacer entre tanto?”.
“El Perú se rezaga”, constataba CARETAS. “La reactivación de 1986 solo nos colocó en el nivel de hace 20 años. Si no fuera por Bolivia, estaríamos a la cola del Grupo Andino”.

“La reactivación del actual gobierno ha permitido recuperar en parte el poder adquisitivo y llegar a los niveles de los 60. La crisis que, al parecer, se avecina podría barrer las mejoras como sucedió en 1965”.
La respuesta de Palacio fue el “Gran Salto”, anunciado en marzo, con congelamiento de precios y un nuevo ajuste. CARETAS anticipó el resultado: “Un hipo inflacionario verdaderamente histórico”. La escasez se agravó. No solo faltaban alimentos y medicinas: también escaseaban los insumos industriales necesarios para producirlos. El contrabando se disparó. Se reportaban fármacos subsidiados en Bolivia, querosene en Brasil y conservas de pescado en Chile. La informalidad era la norma.




En Lima, la precariedad alcanzaba niveles grotescos. La basura se acumulaba por falta de repuestos. Se habían comprado 460 contenedores sin prever la adquisición de izadores para vaciarlos. “Olvido que debe haber provocado no pocas tifoideas”, anotaba la revista. El tren eléctrico se había reducido a un “muñón” inútil. Los aeropuertos tenían pistas llenas de huecos. “Huecos que Corpac dice no existen, son reales y constituyen un serio peligro”, advertía un informe sobre la terminal del Cusco.
El alcalde Jorge del Castillo reconocía que la basura seguía siendo el principal problema. Augusto Ortiz de Zevallos aportaba una frase lapidaria: “No hay ciudad del mundo donde el peatón tenga menos derechos que en Lima”. Y CARETAS concluía: “Lima paga el precio de su clamorosa imprevisión: agua, energía, verdor, polución, contaminación”.


Hoy el tren es un caballito de batalla electorero y antes también. “Que iba a solucionar el problema del transporte masivo en la capital y que solo llegó a muñón, con el que ahora no se sabe qué hacer: lo que quedó del promocionado tren eléctrico y las promesas electorales”.
En industria, “a pesar del proteccionismo, diversos tipos de cambio y créditos preferenciales, nuestra performance está por debajo de aquellos países con mayor libertad de maniobra y competencia”.



En medio de ese desorden urbano, se desplegaba el miedo. Sendero Luminoso intensificaba su ofensiva. En Ancos perpetró una nueva matanza. En la capital, técnicos de ELECTROPERÚ arriesgaban su vida para restablecer la electricidad. Uno de ellos, Rubén Bernaola Aylas, fue fotografiado por CARETAS antes de morir aplastado por un poste que intentaba levantar tras un atentado. “Son la otra cara del terror”, decía el reportaje.
La Universidad Nacional Mayor de San Marcos, entonces bastión de la educación pública, también estaba sitiada por el deterioro. En mayo, una fotografía de CARETAS mostraba a los estudiantes asistiendo a clases en medio de pintas senderistas.


El pie de foto era demoledor: “La terrible fotografía que aparece en estas páginas patentiza una de las calamidades del Perú: la forma como el terrorismo ha penetrado en nuestra universidad principal, a punto tal que los estudiantes deben seguir sus clases en medio de pintas infamantes. San Marcos, en mucho, refleja la situación total del Perú”.
A nivel social, la desesperación empujaba a la invención. Con humor negro, CARETAS describía las nuevas “técnicas de sobrevivencia” de la clase media: “Liquide su cuenta de ahorros en intis, compre dólares y no los devuelva al banco porque se los congelan. O compre cuanto antes las licuadoras o batidoras que todavía le falten”. La evasión tributaria era masiva: en plena campaña del impuesto a la renta, solo medio millón de declaraciones llegaban al fisco. “El Perú es, sin duda, un país de mamey. Cómo no apreciarlo en marzo, cuando un escaso medio millón de declaraciones juradas del impuesto a la renta encuentran su camino hacia el fisco, y cuando no menos de unos 300 mil de los 21 millones de nuestros bienamados compatriotas llegan a pagar algo”.





En un intento por encontrar alivio, la población se refugiaba en el humor callejero. Los cómicos ambulantes como el “Ronco” Gámez retrataban con agudeza la desesperación colectiva. “En la calle está la vida, está la gracia de la gente”, decía la revista.
Pero el humor no ocultaba el drama. Como escribía CARETAS en marzo: “La crisis y las últimas medidas se reflejan en la clase media y media alta en la frustración de una serie de expectativas de mayor confort, mientras en la media baja se presenta la necesidad de agenciarse nuevas fuentes de ingresos para evitar caer en la proletarización”.


El colapso fue total. Las instituciones no funcionaban. La inflación devoraba los salarios. La violencia se multiplicaba. El gobierno perdía credibilidad. La población improvisaba. Como en pocas ocasiones, la frase de CARETAS se volvió realidad tangible: “El Perú había dejado de funcionar”.
Ese año se convirtió en el punto de referencia para toda comparación futura. En lo económico, político y simbólico, 1988 fue el abismo. Desde allí, surgiría el giro radical que marcaría los años 90. Pero entonces, en ese presente desesperante, no se divisaba luz al final del túnel.






















