CRÓNICA | Santos Bravos en Lima: una boy band hecha para prender

Por Marce Rosales | Santos Bravos debutó en Lima este domingo 24 de mayo con entradas agotadas y un fandom que gritó como si no hubiera colegio al día siguiente. En Costa 21, la primera boy band latina de HYBE probó que una fórmula pop diseñada minuciosamente también puede prender emociones reales.

por marcerosalescordova@gmail.com
Santos Bravos en Lima

A las siete de la noche, una hora casi escolar para un concierto, Costa 21 se alistaba para un gran evento. La mayoría del público eran chicas. Algunas llegaban apuradas, con carteles, pañoletas rojas en la cabeza, linternas verdes, fotos y camisetas de fútbol que decían “05 Santos Bravos”, dos fenómenos diferentes pero que generan emociones similares y cautivadoras. Había letreros que decían “Ale en casa”, “Ale, tú me paras el reloj”, “Puerto Rico papi rico”, “Santos brazos” y uno en inglés pero no menos original: “Drew, you are better than arroz con leche”. Otro proponía un trato improbable: “Piedra, papel o tijera por un abrazo”.

No era cualquier debut. Santos Bravos llegaba a Lima con entradas agotadas y una reventa que, en los días previos e incluso horas, se puso feroz, con precios que ya rozaban lo absurdo para un grupo todavía joven, con pocos temas propios y una fama nacida menos desde la radio que desde el algoritmo, entrenamientos, estrategias de mercado y mucho posicionamiento. Pero eso también decía algo. El fenómeno no necesitaba esperar a ser viejo para comportarse como si ya tuviera historia y un fandom sólido.

Santos Bravos, de hecho, no nació por generación espontánea. El grupo fue formado a través de una serie de competencia producida por HYBE Latin America, una especie de laboratorio público donde varios jóvenes pasaron por casting, entrenamiento, exposición y eliminación antes de llegar a la alineación final. Ese origen ayuda a entender que parte de este fenómeno no se trata solo de cinco chicos cantando y bailando, sino de una narrativa construida desde antes del debut y altas expectativas incorporadas al producto desde su primera etapa.

Cinco acentos, cinco formas de deseo

El grupo, además, parece construido para cubrir un mapa afectivo y visual. Está Drew Venegas, de Estados Unidos; Kauê Penna, de Brasil; Kenneth Lavíll, de México; Gabi Bermúdez, de Puerto Rico; y Alejandro Aramburú, de Perú. Cinco nacionalidades, cinco acentos, cinco formas distintas de ocupar el deseo adolescente.

Al igual que con otros proyectos, HYBE pensó en voces y coreografías, pero también tuvo buen ojo para curar estereotipos de belleza, contrastes físicos y fantasías regionales.

Drew tiene esa vibra más oscura y de chico malo, reforzada por los tatuajes visibles y cierta actitud de filo. Kauê, con maquillaje notorio y una sensualidad más ambigua, proyecta una belleza menos rígida, más andrógina y performática. Kenneth ocupa un registro más tierno, casi de encanto juvenil siendo el menor del grupo, con una suavidad que conecta bien con el público. Alejandro es quizá el más hegemónicamente guapo del grupo, pero en Lima su plus era evidente: era el peruano, el local, el que podía convertir cada guiño nacional en una descarga desenfrenada. Gabi, por su parte, resulta particularmente contradictorio: uno lo ve rubio, de apariencia anglosajona, pero apenas habla se le sale entero el Caribe. Ese desfase entre imagen y acento lo vuelve más interesante dentro del diseño del grupo. No es solo “el rubio”; es el rubio que habla con cadencia puertorriqueña, el que parece desmontar su propia etiqueta cada vez que abre la boca.

Un fandom que llegó antes que la historia

Cuando las luces se apagaron, el grito fue casi físico. Algunos adultos, probablemente padres acompañantes, se sorprendieron ante ese primer estallido mientras se llevaron las manos a los oídos. Santos Bravos apareció con estética del manual pop tradicional con coreografía precisa, actitud luminosa, sensualidad calculada y a veces enérgica y una puesta en escena que por momentos recordaba al K-pop, pero traducida a un idioma latinoamericano. Todos llevaban una pañoleta en el ojal del pantalón. Era un detalle pequeño, pero quien conoce a grandes rasgos este mundo, sabe que dentro de ese universo nada es accidental.

“Lima, ¿cómo estás? Nosotros somos Santos Bravos”, dijo Alejandro Aramburú. El público respondió como si no hubiera esperado otra cosa en todo el día. Luego vino la dinámica de llamada y respuesta: ellos decían “Santos” y el público completaba “Bravos”. No fue espontáneo, claro. Ellos lo pidieron. Pero funcionó.

El primer tramo fue directo: 0%, MHM y Suave, el cover de Luis Miguel, abrieron una noche donde el grupo mostró pronto su fórmula. Bailan, cantan, sonríen, se presentan, piden gritos, vuelven a pedirlos, agradecen, miran al público como si cada sector necesitara sentirse elegido. Santos Bravos pregunta mucho. Demasiado, quizá. Pero nadie los puede culpar, porque su espectáculo depende de una respuesta permanente. El grito es combustible. La validación forma parte del beat. Por momentos, el show parecía una relación con matices insanos que pide confirmación cada cinco minutos: ¿me quieres?, ¿estás conmigo?, ¿puedes gritar más fuerte por mí?

Y las chicas gritaban. Gritaban con la intensidad de quien tal vez al día siguiente tenía colegio o universidad y debía economizar la voz en clase. Ese dato no es menor. La hora temprana del concierto, el tipo de público, la presencia de madres, padres y adolescentes, todo construía una escena particular. Obviamente no era la noche canónica del adulto que va a tomar cerveza y escuchar una banda.

Una fórmula combustible

VELOCIDADE marcó uno de los momentos más reveladores. Como ocurre con algunos grupos de K-pop que se apoyan en canciones en otros idiomas para ensanchar su atractivo, Santos Bravos usa el portugués como parte de su identidad regional. La coreografía, además, no escondía su intención: encender al público, sobre todo a las chicas, desde una sensualidad calculada. Todo parecía haber sido calibrado: colores, gestos, pausas, sonrisas, acentos, expresiones de deseo juvenil aptas para viralizarse.

Luego llegó el bloque de solos, que también explicó algo del proyecto. Con un catálogo propio todavía breve, Santos Bravos convirtió la falta de repertorio en dispositivo escénico. Donde aún faltan canciones, sobra show.

Kenneth tomó el centro para cantar Canta corazón, de Gian Marco. Era el mexicano tierno interpretando una canción compuesta por una insignia musical del Perú, y conectó muy bien con el público. También apareció una pequeña escena familiar: Kenneth le dijo a su madre, esa noche de cumpleaños, que era su “Dual número uno”. Dual, por cierto, es el nombre del fandom. Más tarde, el público terminó cantándole “Cumpleaños feliz” a la mamá del mexicano. El momento tuvo algo de sketch cuando uno de los integrantes preguntó quién cumplía años y el público, entre risas, le aclaró que era la mamá de Kenneth.

Alejandro apareció después con guitarra para interpretar Me estoy enamorando, de Pedro Suárez-Vértiz. La elección pesaba porque la fallecida estrella del pop rock nacional es un ícono que traspasa generaciones y está muy bien posicionada dentro de la identidad musical del país. Alejandro tocó decentemente. En YUKON, el cover de Justin Bieber que interpretó Drew, volvió a intervenir con una guitarra eléctrica. El gesto funcionaba más por carácter que por técnica: era el único con tatuajes visibles, un posible “bad boy” dentro de un grupo donde cada personalidad parece diseñada para ocupar un lugar específico en el imaginario de las fans.

Drew, el estadounidense, cantó Justin Bieber. Gabi, el puertorriqueño rubio de aire caribeño, cantó Salomé, de Chayanne, y tuvo uno de esos accidentes que humanizan un concierto perfectamente producido: se equivocó en una parte, pero lo recuperó bien. Kauê, el brasileño, interpretó Human Nature, de Michael Jackson con una sensualidad propia de su vibra marcada por el maquillaje y la delicadeza.

El Perú es clave y también código

Después vino Cariñito, de Los Hijos del Sol, y allí Santos Bravos terminó de activar el código local. La gente aplaudió. Ellos bailaron. Más adelante incluso soltaron un “Chimpum Callao”, frase tan random como eficaz, y quedó una sensación curiosa. Alguien había estudiado muy bien los fenómenos pop del país. La camiseta 9 de Lapadula bajo la casaca de Alejandro, el Cariñito, la bandera peruana del final y el guiño al Callao. Nada parecía puesto al azar. Eran pequeñas llaves para abrir al público limeño. Y funcionaban.

Alejandro pidió el grito más fuerte de la noche y lo consiguió. Ensordeció gente. Algunas chicas del staff se acercaron disimuladamente a mirar el concierto para no perderse la oportunidad. Una madre cargó a su hijo pequeño en hombros para que pudiera ver al público, no solo al escenario. Santos Bravos no era únicamente lo que ocurría arriba, sino el fenómeno que se estaba formando abajo.

El concierto siguió con FE y Lloviendo estrellas, de Cristian Castro. Esta última no tuvo tanta coreografía, pero sí gritos finales. Luego pusieron un clip de ellos en París y se fueron. El público, lejos de rendirse, empezó a corear Cuando pienses en volver de Pedro Suárez Vértiz. Esa iba para Alejandro: un peruano integrado a una boy band latinoamericana, regresando simbólicamente a casa, mientras el público le cantaba una canción de retorno.

El encore llegó con WOW. Usaron una pistola de humo y dieron varios disparos al aire. Hubo un “yeah, yeah, yeah” sincronizado con la descarga, y después bromearon sobre la propia pistola, diciendo entre risas que fue una de sus mejores compras. Luego leyeron el cartel de “Piedra, papel o tijera por un abrazo”, jugaron y Kenneth ganó. Probablemente alguien no pudo dormir pensando en el resultado de este juego.

La recta final tuvo otro giro interactivo. Subieron al escenario los chicos de Zaca TV. Hasta entonces, el concierto había jugado con los códigos habituales del fandom: gritos, carteles, covers, lágrimas y guiños locales. Con ellos, la noche pasó a otra cosa: ya no solo se trataba de mirar a Santos Bravos, sino de participar en la construcción de su propio fenómeno viral. Dijeron “el Perú es…” esperando que el público completara “clave”. Según contaron, querían romper el récord mundial de VELOCIDADE y grabar un video con el público peruano bailando la coreografía.

Una noche hecha para gritar antes del colegio

Pero lo más curioso de Santos Bravos es que, incluso cuando uno advierte el diseño, la emoción aparece. Kauê se puso a llorar. Lloró mucho. La gente lo aplaudió y él respondió haciendo un corazón con las manos. Luego lloraron otros. Alejandro también se quebró al decir que el público era la razón por la que estaban allí. Gabi, el puertorriqueño rubio que durante buena parte de la noche parecía jugar con esa ambigüedad entre apariencia gringa, actitud imponente y dejo caribeño, comentó que los demás siempre lloraban y él todavía no. Luego dejó una frase de manifiesto: querían demostrarle al mundo que no importaba el idioma, el color ni el estereotipo; todos eran latinos y eso era lo que Santos Bravos representaba.

La frase podría sonar prefabricada. Y quizá lo era. Pero esa noche encontró receptor. Esa es la paradoja interesante. ya que Santos Bravos se ve como un producto minuciosamente diseñado por HYBE, una maquinaria que entendió los gustos diversos de las chicas, la expresividad sexual dosificada, el valor del acento, los colores, la ternura familiar, el guiño nacional, el llanto, los trends y el humor de internet. Sin embargo, esa ingeniería no anuló la emoción. La produjo. La ordenó. La volvió compartible.

El concierto terminó con Kawasaki, mucho beat y energía física. Antes de irse, pidieron una foto final. Alejandro solicitó una bandera peruana. Era la postal esperada: cinco jóvenes formados para parecer inevitables, una multitud adolescente gritando como si ya estuviera viendo el nacimiento de algo, y un peruano en medio de una maquinaria latina global, recibiendo en casa el tipo de ruido que no se olvida fácilmente.

A la salida, quedaba una certeza corporal: dolían un poco los oídos. Poco, soportable. Pero varias de las chicas que lo habían dejado todo esa noche seguramente tendrían que economizar palabras al día siguiente. Santos Bravos había llegado a Lima como un producto pop de laboratorio. Saliendo casi escondidos del aeropuerto Jorge Chávez tras una acogida de más de 400 personas. Pero se fue con lo genuino que es tener a una multitud convencida de haber estado allí desde el comienzo. ¿Estudiado? Totalmente ¿Logrado? Sin duda. Es cuestión de meses para ver si su fandom también crece a VELOCIDADE y si se pueden volver fenómenos interculturales como otras boy bands.

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