Hay errores que se corrigen. Hay errores que se lamentan. Y hay errores que, por la naturaleza del daño que producen, no pueden despacharse con un “perdón” frente a las cámaras.
Lo que hizo Milagros Leiva al revelar en televisión el nombre del adolescente víctima de una presunta agresión sexual en el bus del Liceo Naval pertenece a esta última categoría. No estamos hablando de una cifra mal leída, de un nombre erróneo o de una fuente que resultó equivocada. Estamos hablando de identificar públicamente a un menor de edad involucrado en un caso de violencia sexual, desde un canal de televisión abierta con una audiencia masiva.
Después vino el ritual conocido: “Ha sido un imperdonable error de mi parte y pido perdón de rodillas a la familia”. Y es que no es la primera vez que Leiva protagoniza un episodio periodístico grave que termina convertido en una disculpa. En 2019 difundió una carta falsa que involucraba a Martín Vizcarra en un supuesto acto de corrupción y reconoció después que no había contrastado adecuadamente la información. Su explicación fue que había confiado en una fuente. En 2020 volvió a protagonizar errores en televisión, esta vez al leer cifras de la pandemia, y también terminó disculpándose.
Pero este ‘error’ no se puede pasar por alto. Esta vez la persona expuesta es un chico de 16 años que acaba de pasar por una experiencia traumática. El Poder Judicial ha dictado cuatro meses de internamiento preventivo para seis adolescentes investigados y, entre otras medidas de protección y mientras jueces, fiscales y autoridades intentan proteger su identidad, una periodista se la entrega al público desde un estudio de televisión como si nada. ¿No conoce las reglas elementales de su oficio? ¿Fue negligencia? ¿Imprudencia? No me compro esos cuentos y, en cualquier caso, debería asumir las consecuencias de sus actos.
El artículo 6 del Código de los Niños y Adolescentes es clarísimo: cuando un niño o adolescente está involucrado como víctima, autor, partícipe o testigo de una infracción, falta o delito, no se puede publicar su identidad ni su imagen a través de los medios de comunicación.
Esta vez no se trata de una discusión ética o deontológica, se trata de un delito y como tal, la Fiscalía ha abierto una investigación preliminar contra Leiva por el presunto delito de revelación indebida de identidad en agravio del menor, delito que se sanciona con 4 a 6 años de prisión. Ha trascendido que la familia del chico no va a tomar ninguna medida (¿con qué fuerzas?), pero según el doctor Raúl Canelo, exdecano del Colegio de Abogados de Lima y además uno de los autores del Código de niños y adolescentes, la Fiscalía TIENE que actuar de oficio. “Y esta norma se debe concordar con lo establecido en el código penal, porque en conjunto la prohibición de revelar la identidad de un menor no solo existe, sino que además está tipificada. Esto aparte de las sanciones civiles que podrían darse contra ella y contra Panamericana Televisión que también es responsable”, asegura el abogado.
Y no me vengan con que es víctima de un linchamiento mediático, estamos hablando de responsabilidad, de consecuencias, de entender que trabajar en televisión no es tener licencia para decir cualquier cosa y después limpiar el desastre con un “sorry, se me escapó”.
El caso Liceo Naval exige que protejamos al menor, no que se lo revictimice. Y también exige que dejemos de aceptar como normal que en televisión todo se arregla diciendo “perdón”. Después nos preguntamos por qué a los periodistas nos llaman “buitres”. Por gente como Leiva, pues.
Porque si cada nuevo desastre termina exactamente igual: -error, disculpa, lágrimas y golpes de pecho y después: listo, a otra cosa- quizá la pregunta ya no sea cuántas veces puede equivocarse Milagros Leiva, sino ¿cuántas veces más vamos a aceptar que, haga lo que haga, nunca pase nada? Y entonces empezar a llamar las cosas por su nombre: no son errores, es impunidad.